“Así que supongo que somos lo que somos por un montón de razones. Y quizá nunca conozcamos la mayoría de ellas. Pero aunque no tengamos el poder de elegir de dónde venimos, todavía podemos elegir a dónde vamos desde ahí. Todavía podemos hacer cosas. Y podemos intentar sentirnos bien con ellas”.
Stephen Chbosky
El acto de elegir está presente a lo largo de nuestra vida, todos los días nos enfrentamos a un gran dilema: cómo vestir, qué comer, pertenecer o no a un grupo social, adoptar una religión, qué estudiar, tener hijos o no, etc.; sin embargo, nadie puede elegir los lazos sanguíneos, en este caso, el azar se encarga de decidir quiénes son más afortunados.
Los hogares fracturados en los que los niños son violentados es una situación que el séptimo arte ha retratado en muchas películas, pero, ¿qué pasa con esos niños que tiene un pasado tormentoso? “La vida de Calabacín”, del cineasta suizo Claude Barras, nos comparte un relato sobre este sector marginado; desde la primera secuencia nos presenta un entorno solitario y hostil para el pequeño protagonista, aunque también brinda la evolución de un ser que conoce el valor de la amistad, el amor y el verdadero significado de “familia”.

La historia se centra en un niño de nueve años de nombre Ícaro, quien adopta el seudónimo de “Calabacín”, vive sólo con su madre que tiene alcoholismo y tras sufrir un accidente, su hijo es trasladado a un orfanatorio. A través del personaje principal, comenzamos a ver las dificultades de adaptación a su nuevo hogar, la interacción entre los niños que recién conoce, pero sin imaginar que los une el hecho de haber sufrido violencia y abandono, incluso uno de los pequeños afirma: “todos somos iguales, no hay nadie que vaya a querernos”.

De acuerdo con un informe la INEGI de 2015, en México se reporta que existe 1.6 millones de niños en condición de orfandad. También reveló que más de 30 mil niños y adolescentes habitan en orfanatos de todo el país, pero la Red por los Derechos de la Infancia advirtió que existen otros 29 mil menores sin cuidados familiares ni institucionales. Aunque desde 2010 no se tiene un conteo actualizado, nuestro país ocupa el segundo lugar en abandono infantil en América Latina.
Claude Barras comparte créditos en el guión con Céline Sciamma; el filme es una adaptación de la novela “Autobiografía de un Calabacín” (2001) de Gilles Paris. El director realiza una propuesta arriesgada para su primer largometraje al filmar en stop motion, pero esto no es un impedimento para que cada uno de los personajes con grandes ojos creados en plastilina, nos transmitan emociones como tristeza, soledad, ansiedad y enojo sin dejar a un lado la inocencia que caracteriza a los niños.
La cinta fue nominada a Mejor Película de Animación en la pasada entrega de los Oscar (2017), galardonada a la Mejor Película Europea de Animación en el Premio del Cine Europeo (2016) y ganó un César a Mejor Adaptación y Diálogo (2017).

En sólo 66 minutos, “La vida de Calabacín” trata con delicadeza el tema de la orfandad e impacta sin llegar a dramatizar, conmueve sin dejar el realismo y ofrece una esperanza ante la tragedia para los menos afortunados.

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Cuando la vida hace que nos enfrentemos a los momentos más difíciles, tener a alguien cerca nos ayuda a superar las adversidades, pero cuando no hay nadie, a veces lo único que necesitamos es la siguiente película animada que debes ver si tienes depresión y necesitas un amigo.
