La nueva versión live action de Lilo y Stitch ha generado incomodidad entre quienes crecieron con la original. Y no, no es solo por nostalgia o por el diseño de Stitch. Lo preocupante es lo que la película dice —o deja de decir— bajo esa capa de nostalgia cuidadosamente empacada por Disney. Una historia que antes celebraba la resistencia, la comunidad y la ʻohana, ahora parece alinearse con un discurso conservador, institucional y hasta militarista.
¿Lilo y Stitch es propaganda? Sí. Y no es exageración.
En esta versión, Nani —la hermana mayor de Lilo— ya no pelea contra el sistema para quedarse con su hermana. En cambio, es convencida por un trabajador social de que no está preparada para criarla, y termina entregando la custodia. Lilo pasa a vivir con una vecina (Tutu), mientras Nani se va a estudiar biología marina. Suena noble… hasta que lo piensas dos veces.
¿Qué nos está diciendo Disney con esto? Que rendirse y dejar que las instituciones decidan por ti es lo correcto. Que separarte de tu familia para “mejorar” es una muestra de madurez. Que si el sistema dice que no puedes, quizá no deberías intentarlo.

Este cambio no es menor. En la película original de 2002, dos hermanas hawaianas luchaban por mantenerse juntas en un entorno atravesado por el turismo, el racismo y las políticas coloniales. Ahora esa fuerza se diluye, y lo que queda es un relato donde la obediencia al sistema reemplaza a la rebeldía, y la ʻohana ya no es lo que te sostiene, sino lo que puedes dejar atrás “por tu bien”.
El chiste del ejército que no da risa
Uno de los running gags de la película es que Lilo le insiste a Nani que “debería unirse a los marines”. Lo repite tanto que parece un chiste… hasta que dejas de reírte. En el contexto actual de Estados Unidos —donde figuras como Donald Trump impulsan discursos sobre orden, familia y “volver a las raíces” que suelen traducirse en políticas antiinmigrantes, antiindígenas y profundamente conservadoras—, este tipo de mensajes no son inocentes.
Y no termina ahí.
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Deportaciones disfrazadas de ciencia ficción
En esta versión, Jumba, el creador de Stitch, se convierte en el principal villano, con la misión de capturar a Stitch y devolverlo a “su lugar de origen”. Si eso no suena a alegoría de deportación, no sabemos qué lo haría.
Stitch —el diferente, el migrante, el inadaptado— ya no es un ser que encuentra su lugar en una comunidad amorosa y disfuncional. Ahora es una amenaza que debe ser contenida. El mensaje es claro: lo que no encaja, se elimina o se controla. Lo raro, lo “extranjero”, lo salvaje… no pertenece.

El borrado cultural también duele
Y como si todo esto no fuera suficiente, Disney tampoco eligió a una actriz hawaiana para interpretar a Nani. En su lugar, eligieron a una actriz filipina. ¿Cuál es el problema? Que no es un simple error de casting: es parte de una tendencia sistemática en Hollywood de tratar a las culturas indígenas como intercambiables, bajo la lógica de “mientras se vea morena, funciona”.
Esto borra identidades específicas, invisibiliza luchas locales y convierte la diversidad en un disfraz, no en una herramienta de representación.
Lo que está en juego
Lilo y Stitch ya no es una historia sobre cómo la ʻohana —esa red de afectos y comunidad que resiste al sistema— salva a los suyos. Es una historia sobre cómo el sistema gana. Cómo se normaliza la separación familiar, el sometimiento institucional y la exclusión de lo diferente como un acto de “madurez”.
Y sí, es solo una película. Pero las películas no son solo entretenimiento. Son herramientas narrativas poderosas que moldean imaginarios, que educan, que normalizan. Si desde niños nos enseñan que lo correcto es obedecer, ceder, abandonar lo propio y desconfiar del que no se parece a nosotros, ¿qué estamos construyendo?
Este remake no solo le quita el corazón a una historia que nos enseñó a resistir. Lo reemplaza con un mensaje alineado con los valores del control, el orden y la institucionalización. Y eso no debería darnos ternura. Debería darnos miedo.
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