Me topé en YouTube con una película pretendidamente de terror llamada El Vampiro y el Sexo, con El Santo. No pude controlar la tentación de verla porque las películas de El Enmascarado de Plata me matan de risa, a pesar de haber sido hechas en su tiempo para provocar otras emociones distintas al humor, así que le di clic y me puse a verla. La cinta está clasificada con la letra “C”, sólo para adultos, y eso sólo me atrajo más. Los actores son, desde luego, El Santo en el papel de El Santo, Aldo Monti es el Conde “Alucard”, nada menos que el mismísimo vampiro; Noelia Noel es la actriz quien aceptó filmar en pelotas las mejores escenas; Alberto Rojas (El Caballo), jovencísimo, la hace de imbécil sin ningún trabajo. El resto del elenco son ocho damas pechugonas que el Conde se va desayunando en las noches de Luna, siempre que no esté cerca El Santo.

La trama es de lo más ilusa: el enmascarado y un profesor inventan una máquina del tiempo; Noelia, hija del profesor, se ofrece a probarla a pesar de los riesgos, así que la envían cien años atrás. La muchacha, después de hundirse en una espiral de tiempo proyectada burdamente en la pared del cuarto que simula ser un laboratorio, cae parada en la cama que está en el mismo sitio pero cien años atrás, en una antigua casona familiar donde asola el conde Alucard. El entorno del lugar es siniestro, situado cerca de un cementerio, todo el tiempo hace frío y corre una densa neblina que no deja ver más que siluetas de tumbas y árboles retorcidos, pero Noelia duerme con la ventana abierta y algo despechugada. Las dos primeras noches el Conde sale de su féretro, se echa una botana con las encueradas que velan su sueño y les marca el pescuezo con su anillo emblemático, todo eso filmado sin remilgos. Luego emprende el vuelo mientras levanta la capa con los brazos, pasando de la estatura de Aldo Monti al tamaño de un títere de carpa en forma de murciélago que pega siempre un chillido característico y vuela erráticamente a chuparse a Noelia Noel, quien ya está hipnóticamente dormida sin reparar en el ruido del aleteo del murciélago.

El Conde la desnuda hasta la cintura, igual que ha hecho antes con las chicas de su caverna, y cuando el espectador cree que se irá derecho a succionar la leche Alpura de Noelia, nomás le hace un cariñito en los senos y se le va al pescuezo, dejándole dos marcas muy lejanas una de la otra, como si los colmillos los trajera por los premolares.

Al día siguiente, Noelia muestra síntomas de haber sido chupada por el vampiro: pálida, anémica, trastabillante, entonces aparece el doctor de la familia, escribe el nombre del Conde Alucard en un papel y lo pone frente al espejo, para darse cuenta de que dice “Drácula” al revés. El profesor y El Santo ven todo esto desde su laboratorio, 100 años en el futuro, por medio de una pequeña televisión casera con una antena de conejo que les permite sintonizar el pasado. Así que deciden echar a andar al revés la espiral del tiempo y traerse de nuevo a Noelia antes de que Drácula la encuere y chupe por tercera vez, y quede convertida en vampiresa para la eternidad. Echan a andar el trebejo invirtiendo la rotación de la espiral, con tan mala suerte que se traen no sólo a la muchacha, sino al vampiro y a sus encueradas; pero ya en este tiempo (1968) El Santo y el papá de la muchacha se sienten como en casa y son ayudados por Carlos Agosti que la hace de jefe de la policía. Desde luego no falta la organización de luchas de compromiso que siempre gana El Santo; finalmente éste salva a la muchacha a trompada limpia y con la insoslayable intercesión de la cruz que para los vampiros es como la kriptonita para Superman. En el colofón, el enmascarado le clava en el pecho una estaca de palo blanco a Aldo Monti, quien se vuelve esqueleto para la eternidad; el resto del elenco, incluyendo a las chichonas, se vuelve ceniza.

