Muchas personas están acostumbradas a dotar de sentido ciertas cosas que quizá para otros parezcan insignificantes. Algunos tienen un vínculo especial con objetos, personas, animales e incluso hacia plantas. En ocasiones, el significado no se otorga por el valor monetario que pueda tener tal cosa, sino por algo más profundo y complejo. Es tal el caso del peyote, la planta sagrada que, según una leyenda, salvó de la hambruna a un pueblo.
Los tarahumaras son un grupo étnico que conciben que las plantas y los animales encierran un alma que les permite vivir y sentir, es decir: creen en la existencia de seres anímicos. Los rarámuri —como el mismo pueblo indígena se autodenomina— habitan la Sierra Madre Occidental, la cual comprende los estados de Chihuahua y el suroeste de Sonora y Durango.
Los rarámuri son una de las comunidades que más ha perpetuado su legado cultural. La religión dentro de este pueblo indígena es fundamental, pues rige y marca las normas políticas, los valores y las costumbres sociales. En relación con ello, desde el siglo XVIII —incluso un poco antes— se tiene registro de una actividad bastante peculiar y que sigue vigente: la recolección y veneración del jículi o jícuri.

Las cactáceas de tamaño pequeño reciben un culto particular dentro de la comunidad tarahumara y también entre otros grupos étnicos, como los huicholes, considerados los últimos guardianes del peyote. Las principales especies a las cuales se les da un trato especial son la Lophophora Williamsii y su variación, Lewinii, cuyo nombre común en México es “peyote”.
El uso de este tipo de plantas es limitado entre la población, pues para el pueblo rarámuri, éstas representan a deidades menores. Para los tarahumaras, las propiedades de la cactácea ayudan a purificar el cuerpo y el alma; a brindar salud y larga vida.
La recolección de la planta se lleva a cabo en la región de Chihuahua. Las cuadrillas que salen en su busca son formadas por ocho o doce hombres que se encuentran liderados por un chamán. Antes de dirigirse a la expedición, los hombres tienen que purificarse con incienso y copal. Al llegar al lugar, se erige una cruz cerca de las primeras plantas que se alcanzan a percibir para que ellas mismas puedan mostrar el camino a los hombres para poder encontrar más.

Las cactáceas no pueden ser tomadas con la mano directamente. Para ello los recolectores usan algunos objetos que les permiten manipularlas sin maltratarlas; de lo contrario sería una ofensa para la planta o, en este caso, para el semidiós. Posteriormente las guardan en los costales que cargan en la espalda para poder emprender el viaje de regreso. Cuando los llamados “peyoteros” retornan a casa, la comunidad los recibe con alegría y celebran con una gran fiesta, que fundamentalmente se trata de un ritual. En el evento, llamado Napitshi Noligura, que significa “moviéndose alrededor del fuego”, se sirve comida a base de carne de res y bebidas típicas. El acto principal consiste en hacer una fogata y una cruz enfrente del jículi, con el objetivo de que sirva como escenario para ejecutar una danza en honor a la cactácea. Durante este baile ritual, el jículi es molido en un petate y acto seguido se ofrece a las personas que ejecutan la danza, entre los que se encuentran hombres y mujeres.

Una vez finalizadas las diversas fiestas en honor al jículi, las cactáceas deben de ser cuidadas como una persona. Sin embargo, por tratarse de un semidiós —el hermano del Padre Sol, principal deidad rarámuri—, este tipo de plantas no puede permanecer dentro de los hogares. Los rarámuris tienen la creencia de que a los cuatro años la planta ha llegado a su etapa final de vida y el jículi se considera viejo. Tras un ritual de preparación, la cactácea se entierra en una cueva o en un rincón de la casa, lo que representa un regreso a su origen.
Como se mencionó anteriormente, el jículi es sinónimo de buena suerte y de vida. Todo el recorrido que se hace por la búsqueda de la planta simboliza el encuentro de los tarahumaras con sus antepasados. Actualmente esta planta se utiliza como protectora de las enfermedades y del alma de las personas, pero principalmente refleja y significa el origen cosmogónico y cosmológico de toda una comunidad que sigue luchando por mantener vivas sus tradiciones.
Bibliografía
Lumholtz, Carl. El México desconocido: cinco años de exploración entre las tribus de la Sierra Madre occidental; en la tierra caliente de Tepic y Jalisco, y entre los Tarascos de Michoacán. Nueva York: Charles Scribner’s Sons, 1904
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Sin duda el autodescubrimiento es un objetivo fundamental para alguien que quiere consumir esta planta alucinógena. En ese caso tal vez también te interese leer sobre la guía definitiva para comer peyote.
