Hay momentos que deberían quedarse como lo que son: bonitos. Aitana Derbez, de 12 años, subió por primera vez a un escenario junto a su mamá Alessandra Rosaldo durante una presentación de Sentidos Opuestos. Una niña bailando al lado de su madre frente a un público. Punto. Pero internet decidió que eso no era suficiente y convirtió el momento en un juicio sobre el cuerpo y la cara de una menor de edad.
La pregunta que vale la pena hacerse no es qué le pasó a Aitana. La pregunta es qué nos pasa a nosotros.
Por qué nos cuesta tanto dejar crecer a las niñas en paz
Aitana creció en cámara. Desde que era bebé, su vida ha sido documentada, compartida y consumida por millones de personas que sienten que la conocen. Ese tipo de exposición genera una ilusión de propiedad: la audiencia cree tener derecho a opinar sobre cada centímetro de su desarrollo.
El problema es que ese «derecho» se ejerce con una crueldad que no se aplicaría en ningún otro contexto. Nadie le diría a una niña de 12 años en la calle que su cara «ya no es la misma» o que su cuerpo «cambió demasiado». Pero detrás de una pantalla, con el anonimato como escudo, esos comentarios se vuelven comunes, incluso normalizados.
Lo que está pasando con Aitana no es un fenómeno aislado. Es el patrón de siempre: las niñas que crecen en el ojo público son sometidas a un escrutinio físico que los niños raramente enfrentan con la misma intensidad. Y cuando su cuerpo cambia —como cambia el de cualquier persona en la pubertad— la audiencia lo vive como una traición, como si hubieran perdido algo que nunca les perteneció.
El hate disfrazado de opinión
Una parte del problema es que mucha gente no percibe sus comentarios como hate. Los disfrazan de «observación», de «nostalgia» o, peor, de «preocupación». «Es que ya no parece la misma niña», «qué raro se ve», «antes era más bonita». Frases que suenan casi inocentes pero que, dirigidas a una menor, son una forma de violencia simbólica.
El cuerpo de una niña de 12 años no está ahí para ser evaluado por extraños en internet. No es un producto que deba mantener cierta estética para seguir siendo válido. Y sin embargo, el sistema de la farándula —y la audiencia que lo alimenta— opera exactamente bajo esa lógica: te presentamos, te consumimos, y si cambias, te cuestionamos.
Qué dice de nosotros como audiencia
La reacción al momento madre-hija en el escenario es un espejo incómodo. Refleja que, como audiencia, a veces somos capaces de arruinar algo genuino con tal de ejercer el músculo del juicio. Refleja también que la cultura del espectáculo nos ha entrenado para ver cuerpos —especialmente cuerpos femeninos, especialmente jóvenes— como objetos de opinión pública.
Vale la pena preguntarse: ¿qué gana alguien criticando el físico de una niña de 12 años? ¿Qué necesidad cubre ese comentario? Porque desde afuera, la respuesta parece clara: ninguna necesidad legítima. Solo el hábito de opinar sin medir el daño.
Alessandra Rosaldo y Eugenio Derbez han elegido criar a Aitana con cierta exposición pública. Eso es una decisión familiar que puede debatirse. Pero lo que no tiene debate es que una niña en pleno desarrollo merece que el internet, al menos por una vez, se calle.
El momento que sí importa
En medio de todo el ruido, hay algo que se perdió: el momento en sí mismo. Una madre y su hija compartiendo un escenario por primera vez. Eso es lo que Aitana va a recordar. No los comentarios. No el hate. El escenario, la música y su mamá al lado.
Ojalá nosotros también pudiéramos quedarnos con eso.
