Durante su show en San Antonio, el reguetonero El Malilla, denunció haber sido tocado sin consentimiento por una asistente mientras interactuaba con el público desde el escenario. Lo que siguió en redes no fue apoyo, fue la misma lógica de siempre, aplicada esta vez a un hombre del género urbano. Y justamente por eso vale la pena hablarlo.
Lo que pasó en el escenario con El Malilla
El artista lo contó sin eufemismos a través de sus canales oficiales, “Hoy me agarraron la v*rguita en un show”, escribió, y agregó que se sentía “chato”, triste, por lo ocurrido. No hubo ambigüedad en su denuncia ni en el impacto que le dejó el momento. Una persona lo tocó sin pedirle permiso, en pleno trabajo, frente a su público.
Este tipo de incidentes en conciertos no son nuevos, y tampoco lo es la normalización que los rodea. Hay una idea persistente de que la cercanía física entre fan y artista durante un show forma parte del “trato”, de la energía del evento, del intercambio tácito entre quien sube al escenario y quien paga el boleto. El Malilla dejó en claro, con su propia voz, que eso no es así.

La revictimización que llegó puntual, como siempre
En redes una parte de la conversación no fue de solidaridad sino de justificación. Los argumentos, que cómo se viste en sus presentaciones, que el contenido de sus videos, que “para eso está en el género urbano”. La misma fórmula que durante décadas se usó para minimizar el acoso a mujeres, aplicada ahora sin pudor a un hombre.
El caso expone algo que el debate sobre consentimiento en conciertos lleva años intentando instalar, la ropa, el baile, la letra de una canción o la estética de un artista no son contratos de contacto físico. Son expresión. No son invitación. Y eso aplica sin importar el género de quien está sobre el escenario ni el género musical en el que se mueve.
Lo que más incomoda del episodio no es solo el tocamiento, que ya de por sí es inaceptable, sino la velocidad con la que internet buscó distribuir la responsabilidad entre la víctima. Fernando Hernández Flores tuvo que defender su derecho a sentirse violentado, algo que ninguna persona debería tener que hacer. Eso dice más sobre nosotros como audiencia que sobre él como artista.
