Por: Luis Palmeros
Los álbumes dobles son muy riesgosos. Primero, porque es difícil mantener una línea compositiva coherente entre tanto material. Segundo, porque al tratar de mantener esa coherencia, se puede caer en repetición y entonces se pierde el sentido de trabajar en dos discos. Si agregamos como factor el propósito conceptual, los álbumes dobles son muy, muy riesgosos. Pero existen, y hay quienes los han ejecutado con maestría, como Pink Floyd en The Wall, la fuente de inspiración detrás de Mellon Collie and the Infinite Sadnes.
La diferencia fundamental entre estas dos obras, es que la de Pink Floyd es un universo conceptual con una narrativa específica, mientras que la de The Smashing Pumpkins es una explosión creativa que no pudo ser contenida por sólo un CD, sino por 28 canciones esparcidas en dos discos que conforman una pequeña galaxia.

Aquí no hay una narrativa coherente, sino emoción y creatividad. El álbum de 1995 no cuenta una historia, sino transmite sentimentalismos que construyen a un personaje. Ya en varias instancias se ha catalogado a este material como “self-indulgent” y así es, no tarda mucho Billy en cantar “I’m in love with my sadness”. Escuchar en una misma sesión todo Mellon Collie, es dejarte caer en el abismal agujero del conejo, en dónde sí, reina la melancolía y la tristeza infinita; pero éstas son musicalizadas por una abrumante cantidad de sonidos y géneros que aplastan cualquier sospecha de monotonía y conformidad.
Sigamos con la juerga espacial. El disco, musicalmente, contiene todo lo que hace a una galaxia: estrellas y polvo cósmico en baladas como “Tonight, Tonight”, “Take Me Down” e inclusive en el glam que decora “Here is No Why”. Materia oscura y ásperos asteroides en temas demoledores como “Tales of a Scorched Earth”, “X.Y.U.” y “Fuck You (An Ode To No One)”. Los planetas serían los géneros que podemos visitar en el álbum: dream pop, hard rock, metal, rock alternativo y hasta un poquito de shoegaze. Absorber todo de golpe es imposible, como es imposible descubrir los límites del espacio exterior, pero ese es el punto, visitar con frecuencia y maravillarse con lo que hay en el recorrido; la calidad de tanto producción (Alan Moulder/Billy Corgan) y ejecución hacen muy difícil el no querer regresar. La infinita tristeza se convierte en un hogar fuera de casa.

Mellon Collie empieza con un frágil Believe in me… y termina con un definitivo The sun shines but I don’t. Nos sumergimos en la galaxia fantástica de un personaje, pero mientras más visitas esta fantasía, te das cuenta que la galaxia es una vida, y el personaje, en muchos sentidos, es una representación de aspectos sumamente innatos en la juventud.
En retrospectiva a 20 años de haber visto la luz, este es el disco que mantiene con excelentes argumentos a The Smashing Pumpkins como una joya de los noventas. Comparte la misma extrema ambición con clásicos del rock. Su expansiva naturaleza se desenvuelve a la perfección. Mellon Collie and the Infinite Sadness posee un lugar dentro de los mejores álbumes dobles de los últimos veinte años.
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