Decía Nietzsche que el hombre debe pasar por tres diferentes etapas para alcanzar la cima de su proceso creativo. La primera transformación es la del camello, la cual se caracteriza por cargar peso (problemas) sobre los hombros; después llega el León, quien cansado de ser una bestia de trabajo, impone su voluntad. La fiera tiene mucha fuerza pero hay que canalizarla hacia el acto de crear y consigo llegar al último paso de la carrera: la del niño. ¿Por qué el punto más alto de la pirámide es un infante? La respuesta es obvia, los niños olvidan y crean siguiendo las voz de su corazón.
En la larga historia de la música hay muchos seres que, sin darse cuenta, pasaron por las diferentes etapas nietzscheanas para convertirse en un superhombre. Por lo general son personas que con una canción revolucionaron la sociedad, la cultura y el pensamiento del público. Algunos ejemplos, más allá de los géneros, podrían ser David Bowie, Miles Davis o Bob Marley. Por desgracia hay uno en específico que estaba destinado a la gloria, pero un accidente aéreo le quitó la vida. Él fue Otis Redding, uno de los cantantes de soul más importantes de toda la historia.
“Su muerte privó al público de una personalidad digna de venerar y amar. De un hombre de extrema humildad y de inmensa creatividad musical”.
La familia Redding vivía en un barrio popular de Georgia llamado por sus habitantes como Hellviw, una metáfora de las condiciones precarias e infernales que debían enfrentar todos los días. Muchas noticias sobre la vida de Otis llegaron a través su hermano menor Rodgers quien tras la muerte de Otis mantuvo unidos los fragmentos de su memoria: “Otis comenzó a cantar desde temprana edad, se presentaba en la iglesia con pequeños grupos de soul y de gospel. Mientras tanto, había comenzado a tocar la batería con la banda de su escuela. Más tarde probó también con el piano y fue sobre el teclado que compuso sus primeras canciones. Era muy vivaz, por lo que prefería tocar canciones rápidas, sobre todo composiciones de Little Richard”.

Otis Redding trabajó durante cierto tiempo en una gasolinera para ayudar a su familia, pero su gran pasión era la música. Little Richard y James Brown eran los ídolos locales, muchachos que habían tenido éxito y se habían hecho famosos. Él quería ser así de grande y se entregó por completo a la música. Su hermano recuerda que siempre que tenía la oportunidad agarraba un micrófono y se ponía a cantar.
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El momento de compartir su talento se presentó. Una estación radiofónica realizó un concurso para encontrar al nuevo músico promesa. Fue entonces cuando Redding acaparó la atención del público y otros representantes musicales que al poco tiempo lo conducirían a la gloria. Otis pasó de ser el camello de carga al feroz león que rugía en cada composición de soul. Su primer éxito fue ‘These Arms of Mine’, tema para los enamorados. En 1965, Redding colocó tres canciones en el Top 11 de Billboard, su agenda se llenó de conciertos, comenzó a ocuparse de la formación de otros cantantes y se convirtió en un experto en las cuestiones legales y administrativas vinculadas al mundo de la música.
Según los críticos, Otis Redding conquistó a las masas gracias al estilo suave e intenso, vibrante y enérgico. 1967 estaba siendo un buen año para Otis Redding; la revista musical Melody Maker le concedió el título de mejor cantante masculino, desplazando al mismísimo Elvis Presley después de ocho años consecutivos. En esa época escuchó el álbum “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” de the Beatles y dijo que su música debía evolucionar.

En una parada durante su gira de agosto con los Bar-Keys, su nuevo grupo de acompañamiento, Redding escribió el primer verso de una canción. Se encontraba en una casa barco en el puerto de Waldo Point, en Sausalito (California). Aquella panorámica frente al mar era el ambiente que necesitaba para reflexionar sobre la dirección de su nueva música. Redding fue completando versos para la canción anotando ideas en servilletas y en hojas de papel de la habitación del hotel en turno. Cuando por fin la idea se ordenó, el maestro de soul se metió al estudio a grabarla.
“La revista musical Melody Maker le concedió el título de mejor cantante masculino, desplazando al mismísimo Elvis Presley después de ocho años consecutivos”.
El resultado fue la maqueta de ‘(Sittin’ On) The Dock of the Bay’, la cual carecía de la última estrofa dado que Otis no había terminado de escribirla cuando entró a la cabina. Para no dejar el espacio vacío comenzó a silbar de una forma juguetona. Así se grabó, esperando que en la siguiente sesión el maestro del soul la terminara.
Aquí es donde viene la tragedia, el punto de inflexión que paralizó al mundo de la música. Tras grabar ‘The Dock of the Bay’, Otis tomó un avión junto con su grupo para presentarse en un concierto. Por desgracia, a tres minutos de su destino, la avioneta se estrelló. Murieron todos los pasajeros, incluyendo a Redding. Así terminó la historia de un joven de 26 años que estaba conquistando Estados Unidos con un sonido elegante y motivador.

Otis fue el superhombre del soul. Su infancia fue de extrema pobreza y vivía como un camello. Afrontó cientos de problemas pero nunca perdió de vista su principal objetivo. Cuando llegó el momento decisivo se transformó en el león e impuso su voluntad. Alcanzó a ser un niño de suma creatividad, creó temas tan importantes que figuras como Stevie Wonder y Marvin Gaye lo colocan como su mayor influencia. El único pecado que cometió fue no acabar su última canción, ésa que se convertiría en un éxito rotundo tras su muerte. De haberse demorado un par de horas más en el estudio, el avión que tomó se habría retrasado y quizás el desenlace estaría lejos de la tragedia.
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Su muerte privó al público de una personalidad digna de venerar y amar. De un hombre de extrema humildad y de inmensa creatividad musical. Gracias a él ahora tenemos una de las 10 canciones para llevar el ritmo perfecto al hacer el amor.
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Fuente: Historias de rock

