Hay momentos en un concierto que dejan de ser espectáculo para convertirse en algo más parecido a un ritual. Eso fue lo que ocurrió cuando ROSALÍA detuvo su LUX Tour en el Palacio de los Deportes de Ciudad de México para hablarle, frente a más de 16 mil personas, a una mujer que ya no está: Paquita la del Barrio.
El gesto no fue ensayado como coreografía ni diseñado como golpe de marketing. Fue una declaración de deuda artística. La cantante catalana reveló que ‘La Perla’, su dueto con Yahritza y Su Esencia, no habría existido sin ‘Rata de dos patas’. Y al decirlo en tierra mexicana, meses después de que Paquita falleciera en febrero de 2025 a los 77 años, el agradecimiento adquirió una dimensión que ningún comunicado de prensa podría haber fabricado.
El mismo grito, distinto idioma
Para entender por qué ese reconocimiento importa, hay que entender qué tienen en común el flamenco y la ranchera más allá de la guitarra. Ambos géneros nacieron como lenguaje de los que no tenían otro recurso que la voz. Ambos convirtieron el dolor, la traición y el orgullo herido en una forma de poder. Ambos exigen que quien los interpreta lo haga sin red, con el cuerpo entero.
Paquita la del Barrio entendió eso mejor que nadie. Durante décadas, sus canciones funcionaron como un tribunal popular donde las mujeres podían, por fin, dictar sentencia. ‘Rata de dos patas’ no es solo una canción de despecho: es un acto de justicia poética que el público mexicano adoptó como propio porque nombraba algo que muchas vivían pero pocas se atrevían a decir tan alto.
ROSALÍA viene de una tradición que también sabe de eso. El flamenco jondo no consuela: confronta. Y cuando la artista catalana dice que el flamenco y la ranchera nacen del mismo lugar, no está siendo diplomática. Está siendo precisa.
Por qué ‘La Perla’ necesitaba ese linaje
‘La Perla’ es uno de los cortes más directos del catálogo reciente de ROSALÍA. Sin los laberintos sonoros de Motomami ni las capas conceptuales de El Mal Querer, la canción va al grano: despecho, dignidad y la decisión de no quedarse callada. Esa frontalidad tiene un nombre y un apellido en la música mexicana, y ROSALÍA lo dijo en voz alta.
Que haya elegido a Yahritza y Su Esencia como colaboradoras también habla de una búsqueda consciente. El regional mexicano contemporáneo y sus nuevas voces no son un accesorio exótico en la carrera de ROSALÍA: son un diálogo que ella ha cultivado con seriedad. El homenaje a Paquita es, en ese sentido, también un reconocimiento a toda una genealogía de mujeres que cantaron con las cartas sobre la mesa.
Un agradecimiento que ya no puede ser recibido
Lo que hace que el momento en el Palacio de los Deportes duela de una manera particular es su carácter póstumo. Paquita no pudo escuchar ese reconocimiento. No supo, al menos no de esta forma pública y masiva, que una de las artistas más influyentes de su generación la citaba como fuente.
Pero el público mexicano sí lo escuchó. Y ese público es, quizás, el único que puede entender en toda su profundidad lo que significa que alguien venga desde Barcelona a decir gracias por una canción que durante años fue el himno de las que no se dejaron. Hay algo en ese intercambio, entre una artista viva y el recuerdo de una que ya no está, que trasciende la anécdota del tour.
No todos los homenajes llegan a tiempo. Los que llegan tarde, a veces, pesan más.
