Ivet Playà, una creativa catalana que trabajó en la gira de Alejandro Sanz, está en el centro de un debate incómodo pero necesario. El pasado 15 de junio subió un video titulado “Y ahora yo”, donde narra la relación que mantuvo con el cantante desde que tenía 18 años. Aunque no lo acusa de un delito, sí lo señala por haber aprovechado su posición de poder cuando ella era una fan adolescente, con todo lo que eso implica. Las redes, como era de esperarse, se dividieron entre quienes la creen y quienes la culpan por “haberlo permitido”. Pero ahora, con su aclaración en Instagram, su testimonio empieza a entenderse con otros ojos.
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¿Qué pasó con Ivete Playa y Alejandro Sanz?
Playà era fan de Sanz desde que era adolescente. En 2015, cuando tenía 18 años, comenzó a interactuar con él por redes. A los 19, trabajaba como dependienta y se gastó el sueldo en ir a 10 conciertos en un mes y medio. Sanz, según ella, no solo lo sabía: lo alentaba, compartía sus fotos y le daba atención. Esa ilusión la llevó a dejar todo y mudarse a Madrid para trabajar con él a los 22.
En su video, Ivet cuenta que lo que comenzó como admiración terminó siendo una relación profesional e íntima, marcada por lo que ella llama manipulación emocional, vigilancia y humillación. Dice que sus conversaciones eran espiadas, que se sintió vulnerable, y que la diferencia de edad (31 años) no fue solo numérica, sino simbólica: “Yo era una niña, él era una figura de poder”, resume.
“No es el qué, es el cómo”: lo que realmente quiere decir Ivet
En su aclaración en Instagram, Playà insiste en que nunca lo acusó de cometer un delito, sino de haber ejercido un poder emocional y simbólico sobre alguien que no estaba en condiciones de cuestionarlo. Dice que su intención no es dañar, sino cerrar una etapa, contar su historia y visibilizar dinámicas que siguen normalizadas. Y enfatiza que lo importante no es si era legal o no… sino si fue ético.

La frase “yo era una niña de 19 años” fue una de las más criticadas. Muchos usuarios en redes le recordaron que a esa edad ya era mayor de edad. Pero lo que ella está diciendo no es sobre legalidad, sino sobre madurez emocional, sobre cuánto pesa la palabra de una celebridad frente a una fan joven que lo idolatra desde la adolescencia.

¿Y si no se trata de pruebas, sino de patrones?
Una de las críticas más comunes en redes fue que Ivet no mostró pruebas ni inició un proceso legal. Pero no todos los testimonios buscan eso. Algunos solo quieren contar cómo se sintió algo, por qué dolió, cómo cambió la percepción con el paso del tiempo.
Y eso también puede ser poderoso. En su video, Playà menciona una entrevista reciente donde Sanz se describe a sí mismo como alguien “peligroso” que “puede llevarse a la gente por delante”. Para ella, esa frase encapsula justo lo que vivió: no fue que él hiciera algo ilegal, sino que lo hizo todo con una naturalidad que normaliza lo que no debería ser normal.

Uno de los elementos más comentados fue que en 2023, Ivet subió un post agradeciendo a Sanz por las giras vividas, llamándolo “canallita” y celebrando los conciertos. Para muchos, eso desacredita su testimonio. Pero para ella, solo muestra cómo cambian las cosas cuando uno gana perspectiva.
“Yo también me creí la historia”, parece decir. Pero con el tiempo, lo que parecía un sueño terminó viéndose como una experiencia profundamente desigual. No es contradicción: es evolución emocional. Y lo que hoy quiere visibilizar es cómo ese “sueño” fue sostenido por dinámicas que ahora reconoce como dañinas.
La discusión que sí deberíamos estar teniendo
Detrás del escándalo, hay una conversación que vale más que las pruebas legales o los comentarios en redes: ¿cuánto poder tiene una figura pública sobre sus fans? ¿Puede una relación empezar con consentimiento si parte del deseo nace de la admiración, del desequilibrio, del “yo te admiro y tú lo sabes”?
La historia de Ivet Playà no es un caso judicial (por ahora), pero sí una señal de alerta sobre cómo entendemos el consentimiento, la reciprocidad y la ética cuando hay poder de por medio. Y también es una oportunidad para dejar de culpar automáticamente a quienes deciden hablar, aunque sea tarde, aunque sea en TikTok.
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