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ESTILO DE-VIDA

Fuimos una historia breve pero no hay día que no deje de pensar en ti

Nos invadió el tiempo, la lluvia, una marea que creímos controlar… pero no lo hicimos.

Te vi aquella noche de otoño; lucias nervioso, tímido y encerrado, pero también brillante, tierno y vibrante. Me acerqué y sin que tú dijeras una sola palabra me di cuenta de que no quería alejarme jamás. A partir de ese instante nos hicimos inseparables, tomabas mi mano con fuerza y con confianza dando por hecho que ni una tormenta las podría desenlazar. Hablabas todo el tiempo, la mayoría de las veces de hecho; me compartías tu música y yo mis libros, pero también tus sueños y anhelos, tus miedos y tus tristezas, tu luz y tu oscuridad. Lo compartías todo conmigo, hasta tu libertad.

Después susurraste que me amabas durante aquel concierto con el que siempre soñamos ir mientras sonaba una de nuestras canciones favoritas. Levantaste mi brazo para girarme y, con un beso en los labios, lo soltaste. Lo dijiste con prisa porque ni tú estabas listo para lo que tu boca iba a decir, o tu corazón. Es aquí, pensamos. No queríamos estar en otro lugar ni en otro momento. Era ahí. Fue ahí. La felicidad que creíamos no merecer, o que creíamos nunca tener, era ahí.

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Todo era hermoso como una tarde de otoño en la que las hojas caen y rozan tus hombros, y la paz invade tu cuerpo. Como una tarde comiendo un helado en cualquier banca del centro. Como la novena sinfonía de Beethoven. Como lo que sea que fuera hermoso. Así éramos nosotros. Hasta que, después de aquellas tardes, llegó la oscuridad y, con ella, la angustia y el tormento. Nos invadió el tiempo, la lluvia, una marea que creímos controlar… pero no lo hicimos.

Tus ojos ya no brillaban al verme ni tu corazón vibraba cuando me tenía cerca; tus labios ya no morían por besarme y tus dedos por acariciarme. Ya no teníamos momentos de otoño ni de primavera, sólo un frío invierno que permanecía en todos nuestros días. Ya no habían charlas, tampoco abrazos, ni música ni libros. Sólo un silencio que invadía nuestro cuerpo y, junto con él, a nuestro corazón.

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Sabíamos que había terminado, que todo aquello que juramos procurar se había desmoronado, esfumado como si fuera el simple humo de un cigarrillo, como los recuerdos que se van con el mar, como algo ajeno que quisieras desechar. Ya no había nada más, ni siquiera una esperanza, un motivo para revivir el sentimiento de aquel día bajo la tarde de otoño: la mirada de aquel hombre tímido había desaparecido, en su lugar, quedaba un profundo desconsuelo y un vacío que mis ojos no podían llenar más.

Fue una historia breve, algo fácil de leer pero no de recordar. Fue algo tan cortito como su nombre, pero tan profundo como su alma. Todo lo contrario al dolor que dejó; éste es largo, permanente y duradero. Aquella tarde de otoño no duró mucho, es verdad, pero la recuerdo todos los días, sobre todo los de invierno, para sentirle cerca. Fue corta, pero duele como si hubiese durado la vida. Fue corta pero no hay día que deje de pensar en qué habría pasado al superar los días nublados. Fue corta pero no hay día que deje de pensar en ella.

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Me fascinas, somos compatibles, eres perfecta, pero no te amo.
Me duele el corazón, pero debo aceptar que no eres para mí.
Si te vas a enamorar de mí, que no sea a medias.

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