
Ni siquiera sé cómo iniciar estas líneas. Aún no puedo creer que te has ido. Te he soñado, te extraño demasiado y me hace falta tu compañía cada día de mi vida. Es duro, en realidad es el golpe más cruel y despiadado que he recibido hasta ahora. Te prometo que viviré lo que me queda de vida intentando mantener siempre presente tus lecciones, recuerdo y legado. Esto es para tí, amigo que te has ido demasiado pronto.
Tenías tanto por vivir, tu historia aquí en la tierra fue muy breve pero intensa. Nadie disfrutaba más de los pequeños detalles como tú. Desde sentir la brisa en tu piel, el pasto en tus pies descalzos y una buena cerveza el domingo caluroso. Siempre tu rostro tenía una sonrisa que contagiaba a cualquiera que se cruzaba a tu paso.
Fuiste magia para muchos caminos pero para mí fuiste mucho más. No sé cómo definirlo, ni siquiera sé si alguien más podría hacer lo que tú, pero definitivamente eras una luz radiante para mi vida que iluminó y acompañó muchos de mis pasos. Disfrutamos de tardes de risas, varios chistes locales y complicidad en momentos crudos. Siempre que caía me levantabas poniendo tu mano en mi hombro y diciéndome que creías en mí y lo mucho que podría hacer en la vida. Un acto sencillo para muchos, breve y quizá insignificante pero de verdad para mí era gasolina. Un golpe de adrenalina y buena vibra para no darme por vencido que me hacía tomar fuerza y levantarme para seguir luchando.
Conocí a tu familia, grandiosos y amables. Conociste a la mía y te ganaste el cariño de todos al instante. ¿Salir? solo había permisos si ibas tú. Le dabas paz a muchas personas, incluso a mi mamá.
Tenías muchos planes a futuro. Una pareja, hijos, casa propia, ganar mucho dinero, comprarte un gran auto, envejecer fumando y jugar físico o en videojuegos pero nunca abandonar el futbol. Los fines de semana eran nuestros, hubo muchas personas que se unieron y alejaron pero nosotros siempre estábamos. Querías crecer, querías aprender, querías subir lo más posible hasta llegar a la cima. Estaba seguro que lo harías y ahí estaría yo para aplaudir cada escalón, para arriba o para abajo, pero siempre junto a ti intentando animarte hasta alcanzar tus sueños.
Habías cumplido unos cuantos. Tenías todo: juventud, ganas, energía coraje… hasta que tu luz se apagó de forma repentina. Recuerdo cómo me enteré. Un hueco en el estómago, presión baja y un sonido incómodo, fuerte y repetitivo en mi oído. No podía ser cierto, no podrías dejar este mundo, no tú.

¿Qué sería de mí? sentí cómo ‘caí’ a un agujero frío y obscuro. No tú. No podrías ser tú. Tenías tantos planes, eras tan feliz, tenías mucha energía y sí, eras una columna importante en mi vida. No podías apagarte.
Maldije el día de tu final. Perdí la cuenta de cuántas veces me culpé por no evitar que estuvieras ahí. Te fuiste pero inconscientemente seguía escribiéndote, llamándote y necesitándote. Dejé de comer, mis energías cayeron al suelo y no quería siquiera respirar. Fueron meses horribles de enorme dolor. Cuestionando todo, maldiciendo la vida.
Entonces apareciste en mi sueño con el acto más dulce que me regalabas en vida. Sí, sabías que estaba mal, sabías que necesitaba energía y llegaste mientras dormía para tomarme del hombro y con tu calidez decirme que creías en mí y tú estabas bien. Desperté llorando, sudando y temblando. Tú creías en mí. Tú crees en mí. Me di cuenta que no iba a gastar un día más sin honrar tu vida, tu nombre y legado.
Me levanté de la cama, tomé un baño, un buen desayuno y empecé a planear cómo se mantendría tu brillo aquí en la tierra, aunque tu cuerpo ya no estuviera en ella.
Desde entonces me sigue doliendo el corazón por tu ausencia pero sin duda me he fortalecido recordando cómo creías en mí y mi futuro. He intentado en cada acto recordarte y mantener tu legado siempre vivo. Porque para mí lo sigues estando. Me haces mucha falta, muchísima, y hubiera deseado seguir compartiendo a tu lado grandes momentos.
El día de tu partida ha sido el peor de mi vida, sin duda, pero también el que más lecciones me ha dejado. Te fuiste tan en silencio, tan repentinamente. Algo de mí te acompañó y se fue conmigo. Pero sigo aquí, respirando y viendo el mundo. Intentando disfrutarlo tanto como tú lo hacías.
Sé que sigues aquí guiando mis pasos como lo hiciste siempre. Yo también estoy para ti, querido amigo, aplaudiendo cada peldaño que subo honrando tu vida e historia. Quédate tranquilo, yo velaré por tu familia que también te extraña. Entregaré a tu hija en el altar y abrazaré a tu mamá cada que se entristezca al recordar que ya no estás.
Te quiero, te respeto y te agradezco por el camino – largo o corto – que nos tocó recorrer juntos en vida. Aquí se te extraña mucho y jamás, jamás tu recuerdo será olvidado.

