
No tengo idea de si en las colonias más adineradas se les ve.
A eso de las 6 de la tarde, con la puesta de Sol se oye el silbato que anuncia la llegada de un carro de camotes acompañado del hombre que los prepara. Parece que lo piensan de forma premeditada: los últimos minutos de luz, esa negrura casi angustiante y llegan.
No los imagino en un barrio rico, son endémicos del barrio humilde (aunque podría estar equivocado).
Les caracteriza un olor fuerte a leña barata, a plátano casi quemado y a camote seco que busca tapar sus deficiencias con caramelos baratos rebajados y precios cada vez más altos.
Pero no me malentienda lector. Jamás se atreva a pedir que bajen el precio de uno de los oficios que están sucumbiendo ante la más marcada de las globalizaciones.

Ante productos más baratos y (ultra)procesados el camotero es un personaje de barrio que se va, se extingue poco a poco, de esas cosas que algún día, sin avisar ni registro biográfico dejarán de aparecer y probablemente pocos recordarán.
La última vez que vi uno en mi barrio tenían de dos precios: 25 y 40 pesos. ¿Fui estafado?, quién sabe. Tampoco el sabor era bárbaro pero en cuanto lo escuché decidí colaborar a que, al menos exista la posibilidad de -una vez más- verlo por mis rumbos después.
La variedad gastronómica del carro de camotes es escasa pero suficiente.
La dulzura del plátano macho contrasta con la también fálica figura del camote colorido, rosa en la cáscara y casi ámbar al interior.
La anatomía del carro camotero
El carro de camotes es una quimera. Muchos instrumentos en uno: al ensamble le acompaña el carro, casi siempre de un azul cielo y un tubo metálico que se hace maña de principios de física para sonar como la característica flauta.

El carro-instrumento es también una tercera herramienta: un horno andante. Con leña mantiene la brasa viva en su interior y cuece al vapor a los frutos que cuenta la historia, antes también contenían nopales.
Camote y plátano
Al camotero también se le dice platanero en algunos estados en el sur del país. Sin embargo, el oficio adquirió el nombre en la Ciudad de México.
Los ingredientes se cubren de cáscara del propio plátano para facilitar la cocción al vapor de los mismos. La velocidad del movimiento también aviva el fuego, todo se relaciona.
Llegará el día en que no volvamos a verlos. Un último silbido, la lenta e inevitable extinción de otra costumbre más. Si quieres escucharlo -no sabemos si una última vez-, da click aquí.

