Hubo un momento en que elegir una estética en TikTok o encontrar tu ‘tribu’ en Twitter se sentía suficiente para saber quién eras. Pero una tendencia que está creciendo en newsletters y ensayos de julio 2026 plantea algo distinto: construir tu identidad como si fuera un jardín, un proceso lento y artesanal que requiere cuidado activo, no solo curaduría. No es nueva age ni autoayuda de Instagram —tiene décadas de respaldo en la psicología de la personalidad y un nombre preciso: identidad narrativa.
Por qué el algoritmo no puede construir tu historia
Un estudio publicado en Frontiers in Psychology en marzo de 2025 encontró que la naturaleza curada de las redes sociales —los likes, los comentarios, las métricas de validación— puede distorsionar el yo narrativo y aumentar la ansiedad interpersonal, fragmentando especialmente la identidad de quienes crecieron dentro de esas plataformas. El problema no es solo el tiempo de pantalla: es que los algoritmos ofrecen identidades prefabricadas que parecen propias pero responden a lógicas de engagement, no de coherencia personal.
El psicólogo Dan P. McAdams de la Universidad Northwestern lleva décadas estudiando cómo los adultos construyen su historia de vida. Su concepto de identidad narrativa la define como ‘la historia de vida internalizada y en evolución de una persona, que integra el pasado reconstruido y el futuro imaginado para dar a la vida cierto grado de unidad y propósito’. Dicho de otro modo: no somos la suma de nuestros posts, somos la historia que nos contamos sobre nosotros mismos, y esa historia necesita tiempo, contradicción y autoconocimiento real para crecer.
Qué significa construir una mitología personal
El término ‘mito personal’ tiene origen académico, no espiritual. Ernst Kris lo introdujo en la literatura psicoanalítica en 1956 para describir las narrativas profundas sobre uno mismo que determinan cómo una persona procesa y da sentido a su experiencia. Décadas después, investigadores como Feinstein y Krippner lo desarrollaron como práctica clínica concreta. La idea no es inventarse un relato heroico; es reconocer que ya tienes uno operando en ti, consciente o no, y decidir si quieres tener agencia sobre él.
El ensayo ‘Cultivating the Garden of the Self’ (Substack, julio 2026) que detonó la tendencia propone una imagen que funciona mejor que cualquier marco teórico: la identidad como una ‘ecología laberíntica de interconexión’ construida desde la literatura que lees, el arte que te mueve, la filosofía que te interpela, la ciencia que te asombra y la experiencia vivida que no se puede curarse para Instagram. La metáfora del jardín es poderosa exactamente porque implica lo contrario al scroll: proceso, paciencia, convivencia con lo silvestre, tolerancia al caos.
La psicología positiva lleva ese marco más lejos con una imagen concreta: si la identidad es un jardín, hay un diseño general formado por distintas plantas. Algunas llegaron solas, otras las elegiste tú. Hay espacio para lo cultivado y para lo silvestre. Ningún jardín real es perfecto ni simétrico, y el informe de tendencias de Garden Media Group 2026 lo confirma desde un ángulo inesperado: los consumidores de jardinería y paisajismo están abandonando el jardín impecable y adoptando la resiliencia y el optimismo práctico. El zeitgeist es coherente en todos lados.
Cómo se empieza a cultivar
McAdams identifica tres capas en la construcción de la personalidad: los rasgos que traemos de serie, los valores y metas que elegimos, y las historias de vida que internalizamos en la adultez. Es en esa tercera capa donde la agencia importa más. Y la agencia se ejerce con decisiones pequeñas y continuas: qué lees, con qué te quedas, qué conversaciones buscas, a qué experiencias dices sí aunque den miedo.
Construir una mitología personal no requiere aislarse de las influencias externas —ese sería el error—. El jardín también necesita lluvia, sol y polinizadores. La identidad se construye siempre en diálogo con otros, con la cultura, con el contexto. Lo que cambia no es la fuente del material sino quién tiene el criterio editorial sobre qué entra y qué no. Ese criterio, en la era del algoritmo, es el recurso más escaso y más valioso que tenemos.
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