Nunca me había dado tanto miedo algo como pensar en quedarme sin nada. El dinero, o más bien, la falta de él, era ese monstruo invisible que siempre estaba al acecho, vivía con la idea de que si fallaba, no solo iba a perder tiempo, también iba a perder estabilidad, y tal vez hasta la confianza que tenía en mí misma. Y aún así, con todo ese miedo encima, decidí dar el salto.
No fue inspirador al inicio, fue más bien caótico. Tenía noches en las que no podía dormir porque me preguntaba si estaba tomando la peor decisión de mi vida, escuchaba voces que repetían: “¿y si no funciona?”, “¿y si te arrepientes?”, “¿y si fracasas?”. Lo peor de todo es que me lo creía, tenía un pie en mis sueños y el otro amarrado al miedo de fracasar.
Pero hubo un día en el que entendí que la incertidumbre nunca se va, siempre está. Incluso la gente que parece tenerlo todo seguro vive con dudas y si de todos modos iba a sentir miedo, al menos quería que valiera la pena, fue ahí cuando dejé de preguntarme qué pasaba si fracasaba y empecé a pensar qué pasaba si no lo intentaba.

Perseguir mis sueños no fue una historia de éxito inmediato, al contrario: hubo tropiezos, deudas, errores que me hicieron sentir ingenua, pero poco a poco, cada pequeño logro se fue convirtiendo en una prueba de que sí podía. Que tal vez no iba a ser fácil, pero era posible, aprendí a abrazar el miedo como parte del proceso y a dejar de esperar el momento perfecto, porque nunca iba a llegar.
Hoy miro atrás y me doy cuenta de que la incertidumbre me enseñó más que cualquier plan seguro. Me enseñó a confiar en mí, a valorar cada paso y, sobre todo, a entender que el fracaso no es el fin, es parte del camino. Y aunque sigo teniendo miedo, porque sí, el miedo nunca desaparece del todo, ahora sé que puedo vivir con él y seguir avanzando.
Si estás leyendo esto y todavía no te animas a dar el salto, quiero decirte algo que me hubiera gustado escuchar antes: nadie tiene todo resuelto. El miedo y la incertidumbre no son señales de que no debas intentarlo, son parte de estar vivo y sí, duele arriesgarse, pero duele mucho más quedarse con la duda de lo que pudo ser.
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