
Apenas tenía 21 años cuando decidió irse a Nueva York dejando a su familia y su pasado en Santa Bárbara. Ahí, con toda su fe puesta en su belleza y elegancia, Edie Sedgwick intentó frecuentar clubes de moda, conciertos y galerías. Todo ello le costaba trabajo porque no era adinerada, pero sí muy sociable y pronto se convirtió en amiga de músicos y artistas.
Su obsesión por ser perfecta se reflejó en una mujer llena de tristeza, anorexia y trastornos mentales que transformaba en un arma de seducción durante los 60. Lentamente comenzó a adoptar el look de la Gran Manzana y su pelo largo y femenino se convirtió en un pixie, mientras que sus ojos delineados le dieron un aire enigmático y único a su look.


De pronto, todas las mujeres de la época y el círculo intelectual de NY la asediaban puesto que era una especie de role model. La pequeña niña menuda y sencilla era fabulosa, pero hubo alguien que vio más allá de la imagen que proyectaba y encontró un enorme potencial en su figura, Andy Warhol.


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Edie Sedgwick conoció al artista en una fiesta poco después de llegar a la ciudad y el “flechazo” fue instantáneo. Él la invitó a The Factory, el estudio del artista que le brindó la oportunidad de pararse frente a la cámara y posar, para después dejarla crear su propio estilo y protagonizar cintas independientes como Chelsea Girls o Vynil. Fue entonces que conoció la magia y el poder de la industria, pero ambos eran personas intensas y muy fáciles de seducir por las adicciones y el poder.


Edie, siendo una incipiente modelo y actriz era la portada de revistas como Vogue y la protagonista de filmes de culto que le abrieron la puerta a las adicciones y la anotaron en la lista negra de celebridades. Su fama empezaba a reescribirse y no de buena manera, sino de forma frenética, desequilibrada y antinatural que la llevó a la obsesionarse con la figura de Warhol, mientras que él sólo quería nuevos talentos y mejores relaciones.


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Entonces, la modelo comenzó a frecuentar nuevos amigos sin despegarse del todo del artista. Fue Bob Dylan aquel que la ayudó —y del que se enamoró— y le escribió canciones denominándola “muñeca rota”, pero ella seguía enamorada del estilo y vida de el artista pop, por lo que se hundió más en las drogas señalando el rechazo de Warhol y el desinterés amoroso de Dylan los culpables de su caída.


Aún con todo ello, su vida era sinónimo de estilo. Poseía una idea de moda mucho más acertada que otras de sus contemporáneas y su forma de vestir inspiró a diseñadores y artistas. De este modo, buscó a Warhol para que la ayudara y la sacara del hoyo en el que ya se encontraba, pero él, cansado de sus adicciones se deslindó haciendo que, casi sin querer, Dylan y otros amigos de la modelo hicieran lo mismo. Por ende, la editora de Vogue, Gloria Schiff, quien la había apoyado desde sus inicios, la despreció por ser protagonista de las peores noticias y escándalos en la industria.


“The Factory Girl” como se le conocía, regresó con su familia para rehabilitarse, pero eso sólo la llevó a la muerte causada por una supuesta sobredosis con sólo 28 años de edad. En la moda neoyorquina ella ya no era relevante, en The Factory tampoco y ni hablar de la guitarra de Bob Dylan. Cuando Warhol se enteró del fallecimiento de la modelo, sólo lamentó haberla hecho su musa por tanto tiempo sin sentido y se preocupó por el destino de su herencia, la cual fue para su familia. Esa fue, sin duda, la peor de las traiciones a la modelo.


Warhol, el mundo y la moda la borraron de la historia, pero fue rescatada tiempo después por modelos y diseñadores que le otorgan el lugar que merece, ya que sabían que poseía un estilo peculiar, único y fabuloso. Hoy es una de las mujeres más admiradas el mundo de la moda y, claro, es una musa que no pasa inadvertida, es una leyenda, así que honrémosla como lo que fue, aunque la hayan querido enterrar en el olvido.
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