De repente, como si nada y sin invitación previa a la interacción, abre sus labios. Desearías que la voz se le cortara, desapareciera por completo o la afonía hiciera de las suyas aunque fuese por un instante. Pero no. Sus palabras son más fuertes que nunca y taladran tu cabeza; peor aún, solidifican el aire y hacen que la atmósfera se torne pesada, impenetrable. El aire es demasiado áspero para ser respirado y la temperatura muy alta como para ser disfrutable. Te has planteado mil veces cómo pedirle que se detenga. Que le ponga un alto a su vómito narrativo y que no acapare la conversación, no incomode a nadie con su protagonismo ni mate la vibra del momento; lo peor es que como no calla, jamás has tenido la oportunidad de usar tus lancetas de verdad. Prefieres asentir condescendiente –justo como los demás– e ir huyendo a cuentagota hacia otro espacio seguro. Si no uno donde la interacción sea recíproca, por lo menos donde exista el silencio ocasional.

Si al leer las líneas anteriores pensaste con transparencia en alguien específico, he ahí el primer sujeto de nuestro tema. Un personaje en tu vida que no para de mover los labios, maximizar sus recuerdos, enaltecer su presente y tener un ejemplo (siempre mejor) para todo. Un ser humano que destruye toda gracia en la sociabilidad. En todo caso, un individuo que poco a poco desprecias y desearías no tener cerca en muchos escenarios; entonces, si ya contamos con la caracterización inicial, ¿quién es el segundo sujeto en la trama? Probablemente tú.
¿Te has escuchado? ¿Poco o demasiado? Probablemente y también seas uno de esos seres que hablan, hablan, hablan y hablan como si fueran a morir por verborrea crónica. Y ya estamos cansados de ti. Pero tu megalomanía no te permite abrir los ojos, el volumen de tu opinión nubla tu propio pensamiento. Simplemente no lo notas o quizá no lo soportas. Porque, ¿quién podría hartarse de lo que dices?

Sabemos que no lo tenías planeado; incluso debemos reconocer que ese sujeto a quien quisieras ponerle cinta adhesiva en los labios tampoco ha decido ser así. De acuerdo con una investigación desarrollada en Harvard, este problema de carácter psicológico encuentra sus raíces en una necesidad por aprobación, autoestima exacerbada, constante búsqueda por la diversión (gratuita) y un entretenimiento basado en el egocentrismo adictivo.
Según los resultados de esta indagación, quienes actúan de esta manera no lo perciben con facilidad pues se consideran súper sociables, elocuentes, enigmáticos y el alma de cualquier situación. Cuando en realidad son sujetos antisociales, poco comunitarios, que desintegran grupos y suplantan las ideas del resto; todo siempre con un tono amable o erudito que esconde sus fines últimos hasta para sí mismo. Una pena, en verdad.
Entonces, ¿cómo identificar que te has sumado a la lista de los habladores compulsivos en el mundo? Esos individuos que, en su trastorno, desestabilizan al resto de la humanidad. Sencillo, si cumples con alguno de los siguientes síntomas, perteneces al grupo.

–
10. Después de un largo periodo de silencio sientes ansias y no puedes parar de hablar ante la menor provocación.
9. Te alteras al estar en una conversación donde no estás participando activamente.
8. No puedes detener tus comentarios hasta haber contado todas tus intimidades, incluso.
7. Rechazas la confrontación a tus ideas en cualquier diálogo.

6. No importa cuántas ocupaciones tengas enfrente, si sientes que hay algo muy importante por decir buscas a la primera persona que se te cruce para “soltarlo”.
5. Crees frecuentemente que el uso del humor en tus comentarios hacen que éstos se procesen con mayor facilidad.
4. Notas el hastío de tus escuchas en sus rostros e intentas recapturar su atención con giros o tonos de voz llamativos.

3. Aunque después lo reconoces y una pequeña culpa se asoma en tus pensamientos, haces comentarios que no aportan nada o no fueron bien pensados. Sólo necesitabas algo qué decir.
2. No recuerdas alguna anécdota que no sea tuya.
1. Terminas de hablar y no hay quien haga comentario alguno o tenga ganas de seguir con la charla.
–
La próxima ocasión que hables con alguien trata de observar cuánto dura la conversación y cuánto tiempo hablaste durante la misma; lo ideal es que escuchemos con igual intensidad que con la que hablamos, pero escuchar es una habilidad complicada de encontrar en cualquiera de nosotros. No obstante, si descubres que pasaste más de la mitad hablando en tu última charla quiere decir que parloteas demasiado y pronto comenzarás a ser la presencia repudiada en las tardes de café –si no es que ya ha sucedido–.

Específicamente, ¿por qué (te) sucede esto? Gracias a investigaciones se ha descubierto que gente con desórdenes o síndromes similares al Asperger, ansiosa y que habla por nervios, además de narcisistas o que piensan que son demasiado importantes cuando no entretenidos, son las principales categorizaciones de quienes presentan estas conductas. Si quieres continuar un poco más con este tema, consultas estas 8 formas de convertir la ansiedad cotidiana en poderosa creatividad y otras 10 estrategias para lidiar con la ansiedad y la depresión de todos los días.
