Hay una imagen que se repite en cada desastre natural y que pocas veces encabeza los titulares: un perro esperando junto a los escombros de lo que alguna vez fue su casa. No entiende qué pasó. Solo sabe que el olor familiar ya no está, que nadie volvió, que el suelo tembló y el mundo cambió sin explicación. Eso es exactamente lo que ocurre ahora en Colombia, donde el terremoto no solo dejó a familias sin hogar, sino a casi dos mil animales domésticos navegando una crisis que nadie eligió.
Una emergencia dentro de la emergencia
Cuando ocurre un desastre de esta magnitud, la atención humanitaria se concentra, con razón, en las personas. Pero los animales domésticos forman parte del tejido de esas comunidades: son compañía, son familia, son en muchos casos el único vínculo afectivo de personas que viven solas. Separarlos de esa ecuación no es solo un problema emocional; es también un problema logístico y de salud pública.
Los refugios de animales en zonas de desastre enfrentan una presión brutal: instalaciones dañadas, falta de suministros, personal desbordado y una llegada constante de animales asustados, heridos o desnutridos. Muchos de esos perros y gatos llegaron solos, sin ningún dato que permita rastrear a sus familias. Otros fueron dejados temporalmente por personas evacuadas que esperaban volver pronto y no pudieron hacerlo.
Por qué los animales importan en la reconstrucción
Existe evidencia sólida de que las mascotas juegan un papel central en la recuperación emocional de las personas tras un trauma colectivo. Reunir a una familia con su animal no es un lujo: es parte del proceso de sanar. Organizaciones de rescate en distintas partes del mundo han documentado cómo la búsqueda y reunificación de mascotas acelera la estabilización emocional de las víctimas, especialmente en adultos mayores y niños.
Por eso, cuando hablamos de reconstruir Colombia tras este sismo, la conversación tiene que incluir también a estos animales. No como una nota al pie, sino como parte integral de la respuesta humanitaria. Algunos países ya han incorporado protocolos específicos para la gestión animal en emergencias; otros, como México tras los sismos de 2017, aprendieron sobre la marcha que ignorar esta dimensión tiene costos reales.
Qué se puede hacer desde lejos
La distancia no tiene que ser sinónimo de inacción. Cuando se trata de crisis animales en zonas de desastre, hay formas concretas de contribuir sin estar físicamente presente:
- Donar a organizaciones locales verificadas que estén operando en la zona y que tengan transparencia sobre el uso de los recursos.
- Amplificar la información sobre animales perdidos o en adopción temporal, especialmente en redes donde las comunidades afectadas puedan verla.
- Apoyar la adopción responsable si en tu ciudad hay campañas vinculadas al rescate de animales provenientes de zonas de desastre.
- Presionar institucionalmente para que los protocolos de emergencia en tu país incluyan a los animales domésticos como parte de la respuesta oficial.
La historia que no termina con el sismo
Los terremotos duran segundos. La recuperación dura años. Y en esos años, los animales que sobrevivieron al desastre siguen necesitando atención, seguimiento y, en el mejor de los casos, el reencuentro con las personas que los amaban. Hay algo profundamente revelador en cómo una sociedad trata a sus animales en los momentos más difíciles: habla de sus valores, de su capacidad de empatía, de qué tan amplio es su círculo de cuidado.
Colombia está en ese proceso ahora mismo. Y esos casi dos mil perros y gatos que esperan entre los escombros no son una historia paralela a la reconstrucción humana: son parte de la misma historia. Una que todavía no tiene final escrito.
