Para el escritor Jules Renard, lo ideal era comer bien, dormir bien, ir donde se desea, permanecer donde interese, no quejarse nunca y, sobre todo, huir como de la peste de los principales monumentos de la ciudad. En resumen, una filosofía de vida que augura una plenitud existencial a las personas de espíritu libre y con alma bohemia. No obstante, hay cierto tipo de viajero que comparte esas características y podría encontrar todo eso en una sola ciudad, incluso en sus principales monumentos. Una ciudad capaz de inspirar la historia perfecta para los amantes del jazz y en la que puedes encontrar uno de los 10 mejores hostales que todo mochilero debe conocer.

Lisboa es uno de esos rompecabezas enormes cuyas piezas se confunden fácilmente entre ellas. Es un salpicón de azulejos aduraznados, anaranjados, con tintes de amarillos pasteles y rojos quemados por el mar. Olores impregnados por el río Tejo y flores maceteras colgando de los cientos de balcones que adornan la urbe. Es el lugar ideal para escuchar fado y una ruta gastronómica obligada para quienes aman las sardinas, el bacalao, las aceitunas y los vinos.

La capital de Portugal no es sólo preciosa por lo que puede ofrecer a los ojos. También lo es porque los lisboetas son amables, serviciales y no dudan en demostrártelo con su amabilidad y buen humor. Se trata de ese tipo que lugares que te hacen sentir como en casa, que te invita a quedarte a vivir y aprender de una cultura que, en su dinámica y calidez, no se aleja demasiado de la latina.

Mercado de Campo de Ourique
Una parada obligada es el mercado gastronómico Time Out o el Mercado de Campo de Ourique. En estos lugares el banquete es extenso y se pasean entre los sabores, olores, típicos del Atlántico europeo, experiencias directas a las papilas gustativas que son difíciles de olvidar. No sólo conseguirás productos de calidad a mejor precio, sino que puedes sentarte a degustar algo típico. Pulpo o atún crudo como entradas o platos fuertes estilo mouse de maracuyá y pavlova acolchonada de crema y fresas.

Las noches no desentonan con el tour gastronómico. En Barrio Alto o Barrio de Estrela existen restaurantes que se mueven entre comida tradicional y gourmet. Algo que se pone a favor de los comensales son los precios bajos y la buena calidad de los productos que se ofrecen. De Lisboa se puede salir rodando. No es fácil resistirse a probar todo. Las opciones son variadas y diversas: cerveza artesanal, vino verde de O Porto, caracoles, conejo al horno, pasteles de bacalao, especialmente los de la Casa Portuguesa do Pastel de Bacalhau.

Otra cosa que todo viajero debe hacer en Lisboa es tomar el famoso tranvía 28, que recorre gran parte del casco histórico e incluso se sube a las faldas del Castelo de São Jorge. Este recorrido se asemeja al de un pequeño vagón de tren en un parque de diversiones, zarandeado y meneado por las calles adoquinadas de la ciudad, y recorrer lugares emblemáticos del centro. Aunque puede llegar a pensarse que esa cajita de madera va a desarmarse en cualquier momento, es el método más sencillo, divertido, económico y rápido para desplazarse por el circuito histórico de Lisboa.

Pequeña, amontonada y vibrante. Lisboa tiene varias cartas bajo la manga. Quienes deseen sentir de cerca el mar, simplemente debe tomar el tren de larga distancia, que es bastante económico y eficaz, y disfrutar de un recorrido costero inolvidable por sitios a Cascais o Sintra, paraísos surf de Portugal.
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Y si pasas por Lisboa estarás cerca de otro lugar que encierra muchos mundos. Santiago de Compostela, un pequeño pero fascinante lugar, destino del camino que todo aventurero en busca de sí mismo debe recorrer.

