Bien reza el proverbio: Roma locuta est, causa finita est (Roma ha hablado, la causa está finita). La historia de la civilización occidental se forjó en una península transalpina bordeada por el Mediterráneo, entre la ribera del Tíber y siete colinas que terminaron por definir en buena forma las costumbres, la raíz lingüística, las tradiciones e incluso la forma de pensar de todos los pueblos del mundo donde su influencia llegó por medio del intercambio cultural, la religión o las armas.

La composición social en la ciudad eterna era variada y multicultural. Más de 60 lenguas diferentes eran habladas por patricios, plebeyos, campesinos, comerciantes, ciudadanos y esclavos. En los grandes mercados era habitual escuchar una mezcla de idiomas dominada por el latín entre las especias de Medio Oriente, los jamones y aceites de Hispania o los perfumes de Capua; lo mismo ocurría en los baños públicos, el único espacio relativamente democrático donde el grueso de la población romana podía convivir sin el rasero del esclavismo. Con la aceleración de la romanización, poco a poco las lenguas autóctonas habladas en Roma desaparecieron y cedieron su sitio al latín. Bajo este dominio, las letras clásicas florecieron en nombres como Virgilio, Cicerón, Horacio u Ovidio.
Con la caída del Imperio Romano, el latín siguió su curso por medio del cristianismo, pero dejó de ser la lengua oficial de cualquier parte del mundo. En su lugar, distintos idiomas tomaron sus raíces lingüísticas y las incorporaron a su habla común. En la Edad Media, el latín se encerró junto con las artes y el mínimo progreso de la ciencia. Considerado como un idioma culto, fue utilizado por los humanistas del Renacimiento que precedieron al medievo, cuyos textos aún se conservan en la lengua oficial de Roma.

El latín se consolidó en el siglo XVII y XVIII como la lengua en que se escribían la ciencia y la filosofía. Grandes pensadores de la modernidad, de la talla de Descartes, Spinoza, Kant, Kepler y el mismo Newton escribieron sus obras principales en esta lengua; sin embargo, esto no significa que el latín sea en realidad una lengua de prosapia, sin una jerga auténtica para insultar y maldecir como debió haber sido entre los romanos. La importancia del latín está presente casi detrás de cada palabra del español, pero esto no significa que este idioma no guarde ningún secreto digno de compartir. Si quieres aprender a insultar como los clásicos, de una forma poco común y original en estos tiempos, trata con estas 15 vulgaridades en el “idioma docto” por excelencia:
Cinaedus: sodomita.
Fraudulens: fraudulento.
Fraus populi: timador del pueblo.
Fur: ladrón, de donde el castellano hurtar (furtar).
Furcifer: pícaro, ladrón.
Impudicus: deshonesto.
Impurus: impuro.
Leno: mercader de mujeres esclavas, alcahuete.

Parricida: con el mismo valor que actualmente.
Pathicus: cabrón.
Periurus: mentiroso, perjuro, sobre el sustantivo ius, iuris: derecho.
Pernicies adulescentum: perdición de los adolescentes, corruptor de menores.
Scelestus: Bribón, granuja, del sustantivo scelus: mala acción.
Sociofraudus: “traicionamigos”, formado sobre socius: aliado, socio y fraus: fraude.
Verbero: Merecedor de azotes, del sustantivo verbe: vara con la que se azota, látigo.

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Aprender un nuevo idioma es una actividad que refuerza las conexiones neuronales y crea vínculos entre culturas y personas. Algunas frases en latín han pasado a la posteridad por su importancia histórica y son irreemplazables aún en nuestros días, descubre cuáles son las frases en latín que no pueden morir. Muchas de las raíces del español vienen directamente de esta lengua, de forma que si la estudias mejorarás notablemente tu ortografía. Mira cuáles son los errores ortográficos más comunes que los mexicanos tienen al escribir para que nunca más vuelvas a cometerlos.
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Fuente:
Historias de la historia

