Si bien la Noche Triste –que ocurrió el 30 de junio de 1520– es uno de los episodio más relevantes cuando se trata del desarrollo de la conquista española dado que es considerada como la batalla que los mexicas lograron ganar después de que Hernán Cortés ordenó la retirada y de acuerdo con el mito llorara al pie de un ahuehuete; la batalla en Otumba cambió el curso del combate en el territorio americano. De tal forma, se describe que en cuestión de días, Hernán Cortés pasó del llanto de la derrota de la Noche Triste a la victoria y la conclusión de la conquista de México-Tenochtitlán.
El historiador mexicano Nazario Sánchez Mastranzo declaró para Efe, sobre la batalla de Otumba que ocurrió el 7 de julio de 1520:
«Otumba es importante porque determina la conquista».
Y de forma inadvertida además de la conquista en el sentido bélico, también determinaría la futura relación entre ambas culturas, en la que algunos de las evidencias y conocimientos más importantes sobre la vida prehispánica se perderían con el paso de los siglos como puede serlo la música prehispánica –pues hay que recordar que actualmente los ritmos de este estilo se tratan de acercamientos a lo que pudo haber sido–, al tiempo que en diversos lugares de lo que hoy se constituye como México códices serían quemados y los indígenas atravesarían un proceso de evangelización que años después resultó en los sincretismos religiosos que se mantienen hasta la actualidad como la mera existencia de la Virgen de Guadalupe.
En ese sentido, Israel Lazcano, cronista de Otumba, ubicada en el actual Estado de México, también declara para Efe que esta batalla
«“definió el futuro de México, se decidió si se quedaban los mexicas o los españoles» con sus aliados indígenas».
Huída de Cortés, sus tropas y los tlaxcaltecas, Lienzo de Tlaxcala, Texto de Alfredo Chavero, Litografías de Genaro López. 1892. / Foto: Noticonquista
Lo que ocurrió después de la Noche triste y antes de la batalla de Otumba
Cuando se trata de los embates entre los españoles (y sus aliados como los tlaxcaltecas) y los mexicas (y sus respectivos aliados) no existe un consenso sobre los números de cada uno de los bandos, ni de sus bajas, por lo cual es sencillo encontrar que algunos estimaban que el ejército indígena contaba con hasta 100 mil guerreros, aunque los estimados más conservadores creen que en realidad eran alrededor de 20 mil guerreros.
Al abandonar México-Tenochtitlán y con el duelo de la derrota en la que perdió unos 400 soldados, Cortés toma la determinación de bordear el lago por el norte para refugiarse en Tlaxcala, para entonces sus principales aliados en tierras hostiles.
Sin embargo, su retirada y posterior avance no estuvo libre de problemas: tras la muerte (que algunos tildan de misteriosa) de Moctezuma Xocoyotzin, Cuitláhuac queda al mando y es él quien envía a Matlatzincátzin, su cihuacóatl (que quiere decir jefe militar) a hostigarlos, perseguirlos y a organizar a los poblados para combatirlos, lo cual derivó en que las tropas españolas en todo su transcurso se vieran asediadas por los guerreros indígenas.
«Los mexicas se envalentonaron después de haber expulsado de su ciudad a los españoles y en Otumba pudieron acabar con ellos pero no aprovecharon el momento, se replegaron», dice Sánchez Mastranzo, experto del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) de Tlaxcala.

Ruta de escape de los españoles y sus aliados hacia Tlaxcallan, después de la Noche Triste (30 de junio de 1520). Fuentes: Sitios mencionados en De Sahagún, Bernardino (2006). Historia general de las cosas de la Nueva España. Ciudad de México: Porrúa. Caps. 25-28. / Foto: Wikimedia Commons.
Señala que los tlaxcaltecas no pudieron llevar a los españoles ni refuerzos ni alimentos y se cuenta que incluso muere el caballo de Cortés por lo que tiene que cambiar de caballo, “un elemento simbólico porque (el equino) es la otra parte de la fuerza del conquistador”, resalta.
El desarrollo de la batalla de Otumba, 7 de julio de 1520
Matlatzincátzin reunió a un numeroso contingente cuya cifra depende de las fuentes consultadas –200 mil según Fernando de Alva Ixtlilxóchitl o 3 mil de acuerdo a Alfredo Chavero– y dio alcance a los españoles en las llanuras de Otompan (Otumba en náhuatl cuyo significado es lugar de otomíes).
Las fuerzas de Cortés estaban integradas por entre 400 a 600 expedicionarios españoles y un par de millares de aliados tlaxcaltecas. Según los relatos, ellos pudieron ver el enorme ejército que se aproximaba a ellos y de la ardua batalla que les esperaba, puesto que a diferencia de los combates en Europa, en América y contra los indígenas, estaba claro que sólo había dos opciones: pelear o morir.
Esto después de que los españoles comprobaran que cuando se trataba del combate, los indígenas tenían como costumbre de tomar prisioneros para después sacrificar a los rivales, contrario a otras tradiciones del viejo continente en el que un ejército era capaz de clamar su derrota sin la necesidad de perder la vida… o incluso contrario al estilo español en el que entrar en combate significaba darle muerte a sus contrincantes de manera inmediata.
Batalla de Otumba. Petzicatla Temalacatitlan. Lienzo de Tlaxcala. 7 de julio de 1520 Se adentran al Valle de Otompan. / Foto: Noticonquista
De tal forma, la batalla de Otumba se desarrolló durante más de cuatro horas, sin la posibilidad de ser auxiliados y frente a un ejército que los superaba en números, aunque las espadas, escudos y caballos españoles eran herramientas superiores en combate.
Frente a tal posición en desventaja, Cortés demostró su valor como estratega al saber que para poder ganar aquella batalla necesitaba acabar con el líder de sus enemigos –es decir Matlatzincátzin, el cihuacóatl– para provocar su desorden y dispersión.
Cortés relata en uno de los documentos1 que el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM recopila:
«Y viendo que de cada día sobrevenía más gente y más recia, y nosotros íbamos enflaqueciendo, hice aquella noche que los heridos y dolientes, que llevábamos a las ancas de los caballos y a cuestas, hiciesen muletas y otras maneras de ayudas como se pudiesen sostener y andar, porque los caballos y españoles sanos estuviesen libres para pelear. Y pareció que el Espíritu Santo me alumbró con este aviso, según lo que a otro día siguiente sucedió; que habiendo partido en la mañana de este aposento y siendo apartados legua y media de él, yendo por mi camino, salieron al encuentro mucha cantidad de indios, y tanta, que por la delantera, lados ni rezaga, ninguna cosa de los campos que se podían ver, había de ellos vacía. Los cuales pelearon con nosotros tan fuertemente por todas partes, que casi no nos conocíamos unos a otros, tan revueltos y juntos andaban con nosotros, y cierto creíamos ser aquel el último de nuestros días, según el mucho poder de los indios y la poca resistencia que en nosotros hallaban, por ir, como íbamos, muy cansados y casi todos heridos y desmayados de hambre. Pero quiso Nuestro Señor mos- [101] trar su gran poder y misericordia con nosotros, que, con toda nuestra flaqueza, quebrantamos su gran orgullo y soberbia, en que murieron muchos de ellos y muchas personas muy principales y señaladas; porque eran tantos, que los unos a los otros se estorbaban que no podían pelear ni huir. Y con este trabajo fuimos mucha parte del día, hasta que quiso Dios que murió una persona tan principal de ellos, que con su muerte cesó toda aquella guerra».
De tal forma, por intervención divina o ingenio humano, Hernán Cortés, junto a sus capitanes avanzaron sobre el campo de batalla hasta Matlatxincátzin; Cortés lo derribó, mientras que Juan Salamanca le da muerte y toma el estandarte del líder indígena, provocando el efecto deseado: que los indígenas se dispersen y los españoles salgan victoriosos a pesar de todo.
En la crónica2 de Antonio de Solís y Rivadeneyra, también recopilada por el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM se lee:
«Apenas le vieron aquellos bárbaros en poder de los españoles, cuando abatieron las demás insignias, y arrojando las armas, se declaró por todas partes la fuga del ejército. Corrieron despavoridos a guarecerse de los bosques y maizales: cubriéronse de tropas amedrentadas los montes vecinos, y en breve rato quedó por los españoles la campaña. Siguióse la victoria con todo el rigor de la guerra, y se hizo sangriento destrozo en los fugitivos. Importaba deshacerlos para que no se volviesen a juntar; y mandaba la irritación lo que aconsejaba la conveniencia. Hubo algunos heridos entre los de Cortés, de los cuales murieron en Tlascala dos o tres españoles; y el mismo Cortés salió con un golpe de piedra en la cabeza tan violento, que abollando las armas le rompió la primera túnica del cerebro, y fue mayor el daño de la contusión».
Foto: Twitter.
Los mitos y significados de la batalla de Otumba
Aunque Cortés no hace referencia al hecho, después de este embate, surgieron todo tipo de mitos que de alguna forma intentaron explicar y racionalizar la victoria española más allá de la gran decisión estratégica de Cortés, además de atender a la fe cristiana de los españoles –pues no hay que olvidar que España misma había atravesado un largo proceso en el que los moros fueron envangelizados, en el mejor de los casos, o perseguidos; un proceso que se repitió cuando España mostró su dominancia sobre el imperio mexica y en la conformación de la Nueva España.
De esta batalla se dice que se apareció el Apóstol Santiago a caballo para salvarlos del asedio de los mexicas, aludiendo así al concepto milagroso, y «de ahí surge la imagen del Santiago mata indios», comenta a Efe Sánchez Mastranzo.
En Otumba chocaron dos formas de concebir la guerra. Para los españoles es aniquilar al enemigo, para el mexica no, lo que importa es tomar prisioneros y llegar con ellos ante los sacerdotes para ser sacrificados como alimento a los dioses y ser reconocido como guerrero noble, explica. Y fueron estas dos formas de concebirla lo que marcó la diferencia y pudo modificar el transcurso de la conquista española, en la que además de los deseos de expansión españoles, también se sumaron nuevos significados y prejuicios hacia la cultura dominada, en el que el sacrificio y otras formas fueron motivos para negar y acabar con las expresiones culturales no sólo de sus rivales mexicas, sino que eventualmente de los grupos indígenas que los apoyaron en un principio.
Diego Rivera, detalle “De la Conquista a 1930” de Epopeya del pueblo mexicano, 1929-1931. / Foto: Wikimedia Commons.
Finalmente, la victoria en la batalla de Otumba permitió que las tropas de Cortés pudieran reagruparse y retornar en Tlaxcala y por lo tanto, para 1521 volver a dirigirse hacia México-Tenochtitlán y presenciar la caída de la capital el 13 de agosto de 1521.
Con información de EFE.
En portada: detalle de la escena de la batalla de Otumba de Juan Aunion – Shutterstock.
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