Lo sucedido el día de ayer en el CCH Sur de la UNAM no es simplemente un caso más, es la confirmación de que los espacios educativos no están siendo un lugar seguro para los estudiantes y de que necesitamos más y mejor seguridad.
El 22 de septiembre de 2025, la tranquilidad del plantel del CCH Sur se rompió cuando Jesús Israel, de apenas 16 años, fue atacado en el estacionamiento mientras estaba con su novia. El agresor, identificado como Lex Ashton, de 19 años, utilizó una guadaña para herirlo mortalmente en el cuello. Tras el ataque, también hirió a un trabajador y luego intentó quitarse la vida lanzándose desde un edificio. Este hecho no solo dejó una víctima fatal, sino que también sembró el miedo y la indignación entre la comunidad estudiantil.
La UNAM y todos los casos de violencia que han terminado en tragedia
El caso ha generado exigencias de justicia dentro de la UNAM. Y no es para menos: se trata de uno de los episodios más violentos registrados en el CCH Sur en años. Aunque la Universidad ya ha enfrentado incidentes previos, como desapariciones o muertes accidentales, no se recuerda un acto de violencia con esta brutalidad.
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Sin embargo, este no es un hecho aislado. Entre 2002 y 2020 se documentaron 96 casos graves en la comunidad UNAM, incluyendo 44 homicidios, 25 feminicidios y 12 desapariciones en distintos planteles de los CCH. Tan solo en mayo de este año, durante un evento cultural en el CCH Naucalpan, se reportaron desapariciones y la muerte de un estudiante por infarto. Estos antecedentes muestran que, aunque el nivel de violencia varía, la inseguridad ha estado presente durante años.
El ataque de ayer es una llamada de auxilio para todos. Ningún estudiante debería temer por su vida al ir a clases, ni los padres deberían despedir a sus hijos con la incertidumbre de si volverán a casa. La universidad es un espacio que debería garantizar aprendizaje, desarrollo y comunidad, no miedo y desconfianza.
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Estudiantes de la UNAM, maestros y familiares han exigido a las autoridades universitarias y gubernamentales medidas concretas, no solo comunicados. La seguridad en los planteles necesita reforzarse, pero también es indispensable un acompañamiento psicológico y emocional que permita detectar señales de alerta y prevenir tragedias como esta.
Este asesinato no puede quedar como una estadística más. La violencia que golpeó al CCH Sur es el resultado de años de omisiones y de minimizar problemas que estaban a la vista. Cada incidente ignorado, cada desaparición sin resolver y cada queja no atendida ha contribuido a que lleguemos a este punto. La comunidad universitaria merece algo mejor.
