Colombia: Ser un ciudadano en un estado de guerra

Miércoles, 24 de octubre de 2018 11:54

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ser ciudadano en colombia

¿Cómo es ser ciudadano en Colombia? No es fácil, más cuando es el campo el que en ocasiones impide el reconocimiento político y social, así como la falta de visibilización de las necesidades de sus pobladores.

Por Tuto Flórez

@tuto201333


Mi nombre es Eduardo Abril Galán, nací el 16 de noviembre de 1944, en la Ceja Antioquia. Yo me crié en el campo, desde muy pequeño, recuerdo que trabajaba en la finca de mi padre. Yo no estudié porque en ese tiempo no había quien me diera un cuaderno y además mi papá insistía en que para el trabajo de campo los libros no son necesarios. Me acuerdo que cuando él salía al pueblo, aprovechaba para jugar con mis hermanitos.


Siempre nos levantaban a las cuatro de la mañana porque teníamos que ir a revisar el ganado, a ordeñar las vaquitas y a mirar que los cultivos estuvieran bien. Cuando llegaba la hora del almuerzo teníamos que rezar el rosario todos juntos y evitar la risa, porque si no mi mamá o mi papá nos cascaba, eso de irrespetar a Diosito era muy delicado en la casa. Después con ese sol que golpeaba fuerte la nuca y la cara, tocaba ir arriar el ganado otra vez, yo me acuerdo mucho cuando llegaban los diciembres que me gustaba mucho ir a la casa de una tía que tenía en la ciudad de Medellín; pero como éramos muy pobres, mandaban uno cada año porque éramos 8 hijos, ¿mis papás no perdían el tiempo cierto? 


Cuando cumplí 15 años no me aguanté más las pelas de mi papá, entonces me fui de la casa y me dieron trabajo en Santa Rosa de Osos, por allá todo era muy duro, no es como ahora que todo es plata, pero la pasé bueno por esa tierra. Yo era muy buen mozo, tenía novias y me vagabundee mucho, tomaba aguardiente, como me pagaban bien invitaba a las mujeres a salir, luego el patrón me llevó para Uraba; por allá me quedé trabajando administrando unas bananeras pero eso era selva y no tenía las carreteras. Mijo, usted no sabe todo lo que viví allá.


Lo que siguió después fue la tragedia, como queriendo no dar tregua, la guerrilla se tomó muchas zonas; en los 90 se agudizó la violencia y a uno lo mataban hasta por decir hola. A mi mujer la mataron malarios, yo no sé si guerrilla o paras, la cosa es que está ya muerta, eso fue muy duro, tuvimos sólo un niñito y cuando recién cumplía 6 años se me murió de paludismo. Quedé destrozado y aburrido, algo cansado y piedro con el destino. Después de unos años más de trajinar en Antioquia, decidí que lo mejor era mirar nuevas tierras y me viene a los Santanderes, me gustó mucho el municipio de Piedecuesta y de ahí me instalé definitivamente hacia el año 1996 en el municipio de los Santos. En esta tierrita encontré la paz y la tranquilidad, no me quise volver a casar y le bajé un poco al trago, en parte me viene escapando de la violencia, decir que uno es colombiano y no sentirse ciudadano es muy verraco.


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Como Eduardo Galán, miles de colombianos más, o tal vez cientos de miles, migran todos los días desde hace ya más de 40 años; a través de todo el territorio nacional, es un éxodo que pareciera nunca acabar y que al final solamente es atestiguado por los senderos, por las trochas y la vías improvisadas de arena, donde estos olvidados, donde estos individuos dejan de ser ciudadanos y se transforman en marginados. Vivir en Colombia no es fácil, más cuando es el campo el que en ocasiones impide el reconocimiento político y social, así como la falta de visibilización de las necesidades de sus pobladores, es decir, de los campesinos. 


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El investigador Hugo Quiroga, quien es el Director del Centro de Estudios Interdisciplinarios de la Universidad Nacional de Rosario y Profesor de Teoría Política en la Facultad de Ciencia Política de la misma Universidad, desarrolló un texto titulado: El Ciudadano y la Pregunta por el Estado Democrático. Dicho escrito puede ser un referente imprescindible para entender porqué en Colombia persiste una asimetría que no es únicamente política, social, económica o cultural, sino que apunta ante todo, hacia la comprensión de las fronteras invisibles, donde sólo unos pocos adquieren el atributo de ciudadanos. 


Hablar de ciudadanía y hacerlo en un espacio que sea sostenible respecto a un estado democrático, como se conceptúa en el caso de Colombia, donde se reitera bajo la constitución que somos un estado social de derecho, implica desarrollar una visión que medie entre las tensiones que se derivan de la democracia para un estado social de derecho y aquello que se denomina ciudadanía incompleta.


Resulta entonces imperativo encontrar una postura o, mejor aún, hallar un término medio, que concilie las preguntas en torno a si existe o es viable y legítimamente deseable hablar de una democracia real, cuando a través del estado de hechos en Colombia, se manifiesta solamente una suerte de democracia ideal, que tiene un fuerte respaldo teórico mas no una considerable articulación práctica; es decir, se habla de democracia continuamente, se alude a formas de organización democrática en algunos estados latinoamericanos, siendo Colombia un referente y un claro ejemplo de ello, y sin embargo sigue operando la asimetría socio-económica que es tan sólo una de las formas en que se expresa la desigualdad. La guerra todavía persiste.


Sumado al anterior problema, esto es; el de la democracia fallida o fracturada dirá Vargas Llosa, es posible observar, que de forma interrelacionada emerge la pregunta por la existencia de la igualdad ciudadana, es decir, se plantea la cuestión de si en efecto dentro de un estado llamado democrático como en el caso colombiano realmente son los ciudadanos iguales entre sí. De ahí que se ponga en evidencia por qué con justa razón la noción de democracia y junto a esta de ciudadanía contienen en sí mismas cierto grado de tensión, en tanto que aquello que está en juego en última estancia es el papel y la función que cumple un ciudadano dentro de un estado democrático sitiado por la guerra, y por vía inversa cual es el fundamento y el rol de la llamada democracia al interior de un estado y del colectivo de ciudadanos que le configuran.


En este orden de ideas, se reconoce fundamentalmente el carácter problemático del asunto en torno a la democracia y el concepto de ciudadanía en un contexto como lo es el colombiano, debido en parte a la complejidad misma que se deriva de tal tema y a la cantidad de factores que intervienen en el proceso mismo de construcción de la ciudadanía y la democracia como un efecto del estado organizado e institucionalizado bajo preceptos de igualdad y equidad. Para ello es entonces necesario reconocer que existen cuatro nociones básicas que se hallan inextricablemente relacionadas y que son explicadas de forma interdependiente. Dichos conceptos o mejor aún categorías son: igualdad, derecho, ciudadanía y democracia.


Pues bien, uno de los aspectos problemáticos de la democracia, en Colombia al menos, es justamente su carácter polisémico, lo que le de gran variedad de matices interpretativos según sea también el contexto, sin embargo, a juicio del autor Quiroga es necesario puntualizar aquella noción que apunte a empatar la resignificacion de la democracia bajo el precepto de libertad e igualdad, con el de ciudadanía o ciudadano, como instrumento de integración en el colectivo. 


Para dirimir el asunto de la democracia y el ciudadano inserto en un estado democrático, es necesario considerar que las sociedades actuales en especial en Latinoamérica y como caso puntual Colombia, exhiben a ciudadanos denominados nominales o incompletos, aquellos ciudadanos que no pueden ejercer plenamente los atributos correspondientes a la condición y categoría de ciudadano, y la existencia de esos ciudadanos incompletos se debe a las condiciones imperantes que son en sí mismas deficientes a nivel económico, cultural y social. Esto es lo que agudiza la pregunta por el estado democrático, pero a su vez es el punto de inflexión a partir del cual es posible una reinterpretación del ciudadano y la democracia como proceso participativo y, de acceso deliberativo en un estado como el nuestro.


Así pues, al considerar lo que implica ser un ciudadano colombiano en un estado de guerra, surge una interpelación no sólo en un sentido socio-económico o simplemente político, sino también filosófico respecto a la democracia como un proceso dinámico y rico en posibilidades, donde la configuración de una forma de organización social debe ir más allá del mero ejercicio político y apuntar hacia un proceso de trasformación del colectivo, donde se reivindique el papel activo del ciudadano y la trasformación del mismo por medio de la reinterpretación y revaloración de sus derechos humanos. Así pues las categorías, de campesino, indígena, o marginado, deben ser reformuladas para poder romper esas barreras invisibles, que permanecen en el imaginario de los colectivos colombianos, donde les cuesta aceptar que aun impera el clasismo y el arribismo en muchos sectores de la sociedad.


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Ahora bien, sumado a lo anterior, se debe reconocer que la sociedad colombiana se encuentra sumida hoy por hoy, bajo un estado coyuntural, en el cual al margen de polarizaciones por parte de su población y la comunidad internacional, en torno al posconflicto como proceso y realidad alcanzable, se debate de fondo un conjunto de factores y circunstancias que determinarán el nuevo rumbo de la sociedad nacional en su conjunto. A efectos prácticos y sin pretender incurrir en reducciones simplistas respecto al tema político, social y cultural, resulta totalmente procedente, hablar de transición política en el país, y más de un proceso de transformación sustancial respecto del estado colombiano, el cual pese a ser conceptualizado como un estado social de derecho, aún no logra sus objetivos trazados de equidad, inclusión social y estabilidad nacional, debido en parte, claro está, al conflicto armado.


De ahí, que sea más que imperativo llevar a cabo interpelaciones en torno a una cuestión tan sensible sobre como es que en un contexto de posible transición política del conflicto armado en Colombia, (tal cual es el caso del tiempo presente) y atendiendo el derecho a los procesos de verdad, ¿qué papel debe tener la sociedad en el proceso de reparación y transición política y social?


Lo que se trata de exponer aquí es, aunque sea someramente es ¿cuál es el papel de la población civil colombiana en el proceso de reparación de víctimas a la luz de la transición política del conflicto armado? Dicha formulación, precisa de aportes y análisis bastante específicos en torno a lo que como rol y función, está llamado a desempeñar la sociedad colombiana, respecto al proceso de reparación de las víctimas, derivadas del conflicto armado. Colombia todavía se halla sumida bajo la figura de un estado en guerra y como si esa situación fuere insuficiente, miles de colombianos son invisibles, miles son los olvidados, los que no son reconocidos como ciudadanos.


En efecto, se habla de violencia y perspectiva del estado respecto al conflicto armado en Colombia. Como quiera que sea se trata de dos puntos angulares, que se hallan interrelacionados, para poder entender de qué va el sentido y alcance que el conflicto adquiere. A su vez, tanto la violencia y sus diversas y reprochables formas de expresión y manifestación, confluyen precisamente en el marco de la sociedad. Es decir, es en el ámbito de la sociedad donde se desarrolla y desenvuelve el drama de la violencia general o sistematizada, y a su vez, es donde el estado centra su atención, para desarrollar apreciaciones y juicios de orden estratégico, en torno a cómo desarrollar la lucha contra con los grupos armados, al tiempo que emergen bandas delincuenciales en zonas urbanas. Y sin embargo, resulta paradójico a la luz del tema aquí planteado, que tal y como el autor Nicolás Espinosa, advierte, en su texto; titulado: Política de Vida y Muerte. Etnografía de la violencia diaria en la Sierra de la Macarena:


"La perspectiva que tiene el estado colombiano sobre el conflicto, no distingue entre campesinos, guerrilleros y narcotraficantes. La retórica oficial es fuerte, y la respuesta militar lo es de manera proporcional, afectando de forma directa a los campesinos. La vinculación de la lucha antidrogas, en la lucha antisubversiva ha implicado, para los campesinos, según testimonios que he reunido, detenciones masivas, cuando no, arbitrarias, allanamientos sin orden judicial, ni acompañamiento, bombardeos, bandas criminales, constantes señalamientos y atropellos. Las acciones oficiales, se traducen en, el descredito de la institucionalidad y en términos de la violencia de todos los días, implican nuevos marcos reguladores de las relaciones sociales". (Espinosa, 2010, p. 71).


Con acierto se puede, colegir de las observaciones expuestas por Nicolás Espinosa, que en relación con el papel de la población civil colombiana en el proceso de reparación de víctimas a la luz de la transición política del conflicto armado, resulta imperativo y por lo demás deseable, tratar de comprender que el estado debe ser incluyente dentro de su marco interpretativo, para poder lograr de forma eficiente el transito político, requerido para abordar y comprender en términos más dúctiles el conflicto armado.


Lo que significa que, no será mediante la lucha frontal, pero tampoco del desistimiento tácito, como se logrará un nuevo marco regulatorio. Sino que, será la población civil de Colombia a través de un ejercicio de inclusión donde se reconozca además la ciudadanía de todos por igual; ya sea que se trate de actores directos e indirectos, para poder cohesionar las relaciones entre el estado y la sociedad, lo cual a su vez permitirá otorgar una nueva voz, donde sea la comunidad, la población misma (en especial aquellos que han sido olvidados o marginados), la que formule, postule y proponga, un nuevo marco programático, para abordar el conflicto armado, por medio de la generación de espacios críticos y condiciones de posibilidad, para que el estado reconsidere su tradicional y sesgada postura de amigo y enemigo, evitando así incurrir en señalamientos que pudiesen resultar lesivos para la población civil. 


Finalmente, se puede argüir que a la pregunta por el ¿cómo superar las contradicciones de los ciudadanos incompletos? al interior de un Estado Democrático como el colombiano, se debe apuntar señalando tal cual lo refiere el autor Hugo Quiroga, hacia aquello que se denomina el espacio público civil, pues es en este ámbito donde tiene lugar la esfera de afirmación democrática, no únicamente en el sentido primero del término y en su aspecto teórico, sino más a un nivel elemental que se funde con la praxis, donde el ejercicio de la ciudadanía ha de volverse una realidad del todo constatable. Sólo en este punto, habrán de surgir las prácticas solidarias y los espacios plurales de deliberación y control; y siendo así el resultado expresado, se busca entonces que la democracia se convierte ante todo en la expresión de un proyecto de vida tanto público como colectivo. 


Cabe añadir entonces, que solamente hasta el momento en que la sociedad colombiana se concientice en torno al carácter fundamental de los tres pilares de trabajo necesarios para lograr la transición política, los cuales son justicia, verdad y reparación, será posible reconocer y dar el sentido y valor que amerita, el proceso mismo desde lo social junto a un claro marco jurídico, al tema de reparación víctimas, pero para ello igualmente resultara necesario, la articulación y el establecimiento de un dialogo más directo y sin ambages entre el estado y la población civil.


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