Eduardo Mateo fue para muchos el genio musical más grande que dio Uruguay. Su caso fue el clásico del “músico que influencia a músicos.”

Como sucede en la mayoría de los países latinoamericanos, y especialmente en Uruguay, no se le reconoció como el gran creador que fue hasta mucho después de su muerte, siguiendo un orden preestablecido que parece ir de esta manera: primero se hace eco de los reconocimientos dados a los que triunfan fuera del país, luego se sigue con los muertos, cuanto más años lleven enterrados, mejor; y por último, si queda tiempo, se recuerda a los vivos. A esta actitud se le llama “sentimiento colonialista,” o, en su defecto, lo que todavía nos queda de cuando llegaron los conquistadores hace 500 años trayendo la idea de que lo bueno venía únicamente de Europa.
Eduardo Mateo nació el 19 de setiembre de 1940 en la ciudad de Montevideo, y desde muy pequeño tuvo contacto con la música. Su padre era amante del carnaval uruguayo, su madre una apasionada del canto y su tío tocaba en un grupo de música brasileña. Mateo creció en un ambiente musical dominado por el candombe (estilo uruguayo de origen africano que consiste en percusión y danza) y la samba, aprendiendo a tocar la percusión y el cavaquinho a muy temprana edad.

Durante 1960 comenzó a perfeccionarse como guitarrista y se convirtió en una fiel seguidor de la bossa nova, y especialmente de Joao Gilberto. En 1964 recibió una propuesta para unirse a un Show Bailable que se desarrollaría por el sur de Brasil y para el que necesitaban un guitarrista. La experiencia resultó muy fructífera, no sólo por la amplia experiencia que adquirió estando de gira y tocando con músicos mucho más experimentados que él, sino por la retribución económica gracias a la que pudo comprarse su primer guitarra eléctrica.
Según Guilherme de Alencar Pinto, músico y musicólogo brasileño, responsable de la biografía Razones Locas/ El paso de Eduardo Mateo por la música uruguaya, Mateo fue “el mejor guitarrista de bossa nova después del mismísimo João”.
Durante 1964 el fenómeno de The Beatles llegó al Uruguay y los músicos que antes tocaban bossa nova, jazz o tango comenzaron a pasarse a la nueva propuesta. Mateo no quedó ajeno a este cambio y fue reclutado para formar el grupo Los Malditos. El trabajo le sirvió económicamente (en esta época aun era redituable trabajar como músico en Uruguay) pero musicalmente siguió su inclinación hacia la bossa nova. The Beatles lo convencieron con el rock gracias al álbum Revolver, de 1966.

En 1967, luego de unas cuantas idas y venidas con Los Malditos, fracaso discográfico en Argentina de por medio, Mateo formó, junto a Rúben Rada, otra figura fundamental de la música uruguaya, El Kinto Conjunto, nada menos que el mejor grupo uruguayo de todos los tiempo. El nombre, que alude al quinteto que sumaban los músicos y al instrumento percutivo de nombre “quinto” que integraba la sección de percusión, terminó acortándose a El Kinto. La banda fue pionera al incluir a un percusionista como miembro permanente del grupo y mezclar ritmos africanos al rock and roll del momento. De la misma manera y al mismo tiempo que Santana lo hacía en el hemisferio Norte, sucedía también en Uruguay, sin que alguno de los dos supiera de la existencia del otro.
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En la década del 70 Mateo sufrió una transformación y poco quedó del joven prolijo, simpático y profesional de años anteriores. Se lo veía siempre taciturno, extravagante y, muy a menudo, malhumorado. También había aumentado su consumo de drogas a un nivel casi diario (su primer contacto había sido con anfetaminas en 1964). Incorporó la marihuana y el hachís a su vida cotidiana y se habituó a consumir anfetaminas o cualquier clase de psicoestimulantes accesibles. Usualmente, cuando no conseguía este tipo de sustancias, recurría a antigripales o a jarabe para la tos.
Para el año 1971 Mateo se volvió, musicalmente, más intransigente. Por fuera de cualquier consideración económica, comenzó a tocar estrictamente lo que quería y el tiempo que quería: si no tenía ganas de tocar, simplemente faltaba. Su objetivo era que tanto él como su música fuesen absolutamente auténticos a costa de cualquier fracaso comercial o problemas personales derivados de su no disposición a aceptar compromisos, o de su obsesión por expresar cualquier cosa que sintiera.
En el mismo año, Diane Denoir, amiga de Mateo, graba su primer disco para el sello De La Planta en Buenos Aires. El disco contenía ocho canciones de Mateo y éste fue invitado a la grabación para que hiciera arreglos en tres de ellas. Aprovechando el viaje, y previendo que una oportunidad así no volvería a repetirse, desde el estudio le pagaron el pasaje a la novia de Mateo, Nancy, para que hiciera de mediadora emocional y así poder finalmente comenzar con la grabación de su primer y tan esperado álbum.

El tiempo estipulado para esta grabación había sido de una semana, pero se extendió a dos meses de improvisación debido a las constantes ausencias de Mateo: si despertaba sin ganas de ir a grabar no iba, y había que esperarlo todas la mañanas en la puerta de hotel para que no se escapara a ningún otro lugar que no fuera el estudio.
Existieron días en los que llegaba a la cabina de controles, preguntaba si mañana tendrían grabación, y luego de que le contestaran que sí, como todos los días, se despedía y no volvía hasta el otro día. Al estudio había que pagarle por las horas reservadas, se usaran o no.
Una tarde cualquiera Mateo dijo ir por un café hasta el bar de la esquina y ya no regresó. Lo próximo que supieron de él fue que había vuelto a Uruguay.
Tras su publicación, Mateo solo bien se lame, el primer álbum de Eduardo Mateo, tuvo una trascendencia y éxito extraordinarios, generalizándose la idea de “Mateo genio” y envolviendo al músico en un halo de misticismo romántico que lo acompañaría hasta el final. Mateo solo bien se lame no sólo fue un éxito en sí mismo, sino que sirvió de excusa a la prensa especializada para por fin hablar acerca de la importancia de Mateo en la música uruguaya.
Hacia 1973 Mateo tomó contacto con las ideas del Guru Maharaji, se rapó la cabeza, abandonó por un tiempo el consumo de alcohol y drogas, y se recluyó en su casa con objeto de practicar la meditación.
En 1976, ya con la mayoría de sus amigos músicos en el exilio por la dictadura militar que reinaba en el país desde 1973, Mateo grabó su segundo disco, Mateo y Trasante, con el percusionista Jorge Trasante. En el resultado final se destacan la influencia de la música hindú, así como una nueva forma de canto de Mateo.
En 1977, durante una de sus actuaciones, se prohibió la entrada a un grupo de amigos de Mateo y como consecuencia éste se negó a tocar, por lo que fue despedido. Desde este momento comenzó a desmoronarse la relativa estabilidad económica en la que había vivido durante los últimos años. Se vio obligado a vagar de pensión en pensión por no poder pagarlas y perdió sus pertenencias ante la exigencia de retribución por parte de los sucesivos dueños; por otra parte, lo que no perdió de esta manera lo vendió, llegó incluso a pedir guitarras prestadas para venderlas luego. Empezó a presentarse de madrugada en casa de amigos en busca de techo y comida, a pedir limosna, y fue encarcelado frecuentemente. En febrero de 1978 lo apresaron bajo el cargo de “falsificación de documentos privados” luego de encontrar en sus pertenencias recetas para la compra de psicofármacos, y pasó en un calabozo varias semanas.

Los primeros años de la nueva década tampoco lo vieron en su mejor momento. Para 1981 estaba internado en un hospital psiquiátrico, y para el año 1983 había perdido a sus padres y a su abuela.
Luego de interminables sesiones un nuevo álbum vio la luz en 1984, Cuerpo y Alma, que tuvo una excelente repercusión en el ambiente musical pero muy pocas ventas.
El resto de la década la pasó preparando ciclos de recitales debido a la pobre situación económica en la que se encontraba. Tanto con músicos más jóvenes con los que improvisaba grupos para determinadas presentaciones o siendo invitado para tocar en shows de nuevos artistas, Mateo estuvo hasta el final de los años ochenta de un escenario a otro tratando de hacer algo de dinero para sobrevivir.
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Hacia el año 1990, Mateo no pudo disimular mas el cáncer abdominal que escondía y fue internado de urgencias en el Hospital de Clínicas, donde murió dos semanas más tarde. El velorio se realizó a la mañana siguiente con poco más de veinte personas. Durante la quincena posterior a su muerte la prensa le dio al hecho un espacio notable, apenas menor al generado en ocasión de la muerte de Alfredo Zitarrosa, un año antes, siendo éste último un personaje muchísimo más popular en Uruguay.
El estilo de Eduardo Mateo se nutre de diversos géneros como el samba, la bossa nova, el candombe, el rock, la música tradicional de diversos orígenes (en particular de India), y desde su época como estudiante de guitarra clásica, elementos puntuales de la música clásica de origen europeo.
Eduardo Mateo es generalmente considerado como uno de los precursores del candombe-beat, mezcla de ritmos propios del candombe con pop y rock psicodélico, bossa nova, samba y otros géneros de gran riqueza rítmica.
El músico, musicólogo, periodista y docente uruguayo Coriun Aharonian define a Mateo de esta manera: “Lo fascinante del caso de Mateo es que sin tener la resonancia de otros artistas mucho más populares que él, llega a tener una influencia muy grande en los músicos. Y yo creo que ese es el punto, o el eje de la valoración histórica de Mateo. Es decir, no todas las figuras, de las figuras que importan históricamente como creadores, son figuras que importan por lo que hacen en sí. Hay figuras que importan por lo que hacen que otros hagan o por lo que provocan en otros. Y Mateo creo que pertenece más a esta segunda categoría que a la primera.”

De una u otra manera, buena cantidad de músicos lo señalan como un personaje muy importante en la historia de la música popular uruguaya. Daniel Viglietti, perteneciente a la vertiente del canto popular, destaca en él el “mestizaje de vertientes culturales”; Federico García Vigil, compositor, profesor y director orquestal, lo considera “un individuo absolutamente necesario en la música”; Hugo Fontana, escritor y periodista, lo considera sencillamente un “genio”; Rubén Rada lo ve como “el creador de la idea de lo que hoy en día es la música nacional uruguaya”; Jaime Roos lo hace en términos similares; Alberto Magnone, pianista, compositor y director de orquesta, realiza una comparación entre la importancia de Mateo en la música popular uruguaya y la de Charlie Parker en el jazz; Osvaldo Fattoruso considera que Mateo abrió “una veta para todos nosotros mamar”; el conocido músico Popo Romano destaca que “la música que están haciendo ahora está, en un porcentaje altísimo, parada sobre los hombros de Mateo”; Verónica Indart es categórica, para ella “todo se reduce a un antes y un después de Eduardo Mateo”; Daniel Magnone, por su parte, lo considera “el músico más importante de Uruguay.”
Con todo lo dicho, la obra de Mateo tuvo obviamente una difusión considerable, pero solamente en un “círculo restringido”. Lejos de alcanzar popularidad, Mateo ni siquiera logró vivir económicamente cómodo y, en muchos casos, se encontró incluso sin casa ni trabajo, en la total miseria. Esta relación entre el impacto de Mateo en tantos músicos populares y la falta de popularidad propia es una de las mayores paradojas del genio de Eduardo Mateo como “fenómeno social.”
Fuente: Razones Locas/ El paso de Eduardo Mateo por la música uruguaya

