La leyenda del Charro Negro es un clásico de la Revolución mexicana, cuando el oficio de minero era un trabajo próspero que podía mantener a una numerosa familia, claro, en condiciones de explotación cercana a la esclavitud. El protagonista de esta leyenda se llamaba Juan, un minero ambicioso y pesimista que regularmente se quejaba de su condición.
Un día, al terminar su jornada laboral, se dirigió a la cantina más cercana y comenzó a beber con sus amigos, después de varios tragos, al calor de la noche, Juan comentó al aire «La vida es muy injusta con nosotros. Daría lo que fuera por ser rico y poderoso» acto seguido un charro alto y vestido de negro entró a la cantina, se aproximo a la mesa de Juan y le susurro al oído «Si quieres, tu deseo puede ser realidad». Al escucharlo, los amigos de Juan se persignaron y otros se retiraron desconcertados.
El misterioso hombre le dijo a Juan que esa misma noche debía ir a la cueva del Coyote, una vieja mina abandonada. Juan, envalentonado por el alcohol asintió con seguridad y se dirigió a la mina. Al llegar, espero un buen rato pero no se percató de nada extraordinario, tan pronto decidió retirarse cuando descubrió un agujero en el cual había una víbora que lo observaba fijamente. Juan se impresionó al ver el enorme tamaño de ese animal, así que decidió llevárselo a su casa para poder venderlo al otro día. Al llegar a su casa, el hombre decidió encerrar al animal en un viejo pozo seco y lo tapó con tablas muy pesadas para que la serpiente no se fuera a escapar.
Al intentar conciliar el sueño, el hombre tuvo varias visiones y pesadillas que no lograba distinguir debido a las fuertes cantidades de alcohol que aún circulaban por su cuerpo; soñó que la víbora que había capturado hablaba y le decía: «Gracias por darme tu hogar y aceptar que entre en las almas de ustedes. Al despertar encontraras en tu granero el pago por tu alma. Si decides aceptarlo, tendrás que darme a tu hijo varón».
Al despertar por la mañana, el hombre se dirigió al granero, donde encontró entre el maíz desgranado unas bolsas repletas de monedas de oro. El hombre se encontraba completamente perplejo cuando el llanto y los gritos de su mujer lo llevaron devuelta a la realidad: su hijo menor había desaparecido, mientras que su otro hijo señalaba al pozo sin agua. Al retirar Juan las tablas, encontró a su pequeño despedazado, sin rastros de la serpiente.
La avaricia del hombre ayudó a que el dinero lo distrajera de la pérdida de su hijo, Juan compró algunos terrenos y construyó una hacienda. Algunos años después, la serpiente volvió a manifestarse en sueños y le hizo nuevamente otra propuesta a cambio de su otro hijo.
Para el hombre esto ya no representaba ningún problema, su avaricia lo había cegado tanto que la familia o la vida de inocentes no tenia ningún valor. A partir de su inesperada riqueza, Juan tenía muchas mujeres, todas en pueblos lejanos y diferentes, la mayoría con hijos de Juan, así que el desdichado hombre escogió uno al azar para llevarlo con él como sacrificio. Con tal de enriquecerse más y más, repitió esta cobarde hazaña sin misericordia con cada uno de sus vástagos, hasta el día de su muerte, cuando Juan ya no tenía nada o más bien dicho a nadie para ofrecerle a la muerte.
Al funeral de Juan, entre rezos y murmullos, asistió el misterioso y elegante charro negro, gritando y exigiendo por su pago, tan pronto cesó el escándalo, el charro desapareció dejando un extraño olor a azufre, la gente atónita optó por abrir el ataúd para descubrir con desconcierto que donde horas antes se encontraba el cadáver de Juan, ahora estaba un esqueleto.

