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Home Historia

El Rey León en Gaza: cuando una película devuelve la infancia

Irinea Funes by Irinea Funes
septiembre 7, 2026
in Historia
El rey león en gaza: cuando una película devuelve la infancia

Hay imágenes que no necesitan explicación, pero sí necesitan contexto. Un grupo de niños sentados entre escombros, con los ojos fijos en una pantalla improvisada, viendo cómo Simba aprende que puede regresar a casa. Afuera del cuadro: desplazamiento, pérdida, trauma acumulado durante casi tres años. Adentro del cuadro: risas, asombro, unos minutos de infancia recuperada a la fuerza. Eso ocurrió en Sheikh Radwan, Gaza, y vale la pena detenerse a pensar por qué una escena así nos detiene.

El cine como acto de resistencia cotidiana

La iniciativa de cine móvil que llevó la proyección a ese rincón de Gaza no es un gesto simbólico vacío. Responde a una comprensión muy concreta de lo que la guerra le hace a la infancia: no solo destruye cuerpos y hogares, sino que borra la posibilidad de ser niño. Borra el aburrimiento, el juego sin propósito, la distracción inocente. Borra, en suma, el tiempo que los niños necesitan para no convertirse prematuramente en adultos que carguen con todo el peso de lo que han visto.

El cine —incluso proyectado en una pantalla rudimentaria, incluso en medio de ruinas— tiene la capacidad de suspender el tiempo real y sustituirlo por otro. Es una tecnología emocional antigua: desde que los humanos contamos historias alrededor del fuego, la narración ha funcionado como refugio temporal. Una película de Disney en un campo de desplazados no trivializa el sufrimiento; lo rodea por un momento, lo hace respirable.

Por qué El Rey León y no cualquier otra película

No es un detalle menor que la película elegida haya sido El Rey León. Es una historia sobre la pérdida de un padre, sobre el exilio, sobre la culpa de haber sobrevivido y el miedo a regresar a lo que uno conocía. Para cualquier niño del mundo es una aventura con leones parlantes. Para un niño que ha perdido familiares y ha sido desplazado de su hogar, esa misma historia resuena en frecuencias que ningún adulto organizó conscientemente, pero que el cine entrega de todas formas.

Eso es lo que hace la ficción cuando funciona bien: habla en varios idiomas al mismo tiempo. El niño que ríe con Timón y Pumba no sabe que también está procesando algo. Y eso está bien. Ese es exactamente el punto.

Lo que revela un momento así sobre la normalidad

Que ver una película pueda sentirse como un privilegio extraordinario en lugar de una tarde ordinaria dice algo incómodo sobre el estado del mundo. La normalidad —esa cosa que damos por sentada— es, para millones de personas, un lujo que se mide en horas contadas. Una tarde de cine al aire libre en Sheikh Radwan no es entretenimiento: es un recordatorio de lo que existe más allá del conflicto, una prueba de que todavía hay algo que preservar.

Las iniciativas de este tipo —cine móvil, bibliotecas itinerantes, espacios de juego en zonas de emergencia— parten de una premisa que la ayuda humanitaria tradicional tardó en abrazar del todo: que la dignidad no es solo comida y techo. Es también belleza, juego, historia. Es también poder reírse de un jabalí y un suricato sin que nadie te pida que justifiques esa risa.

La infancia no espera

Los niños no pueden pausar su desarrollo emocional hasta que llegue la paz. Crecen en tiempo real, con o sin guerra, y lo que experimenten durante estos años formará la arquitectura de quiénes serán. Por eso cada hora de normalidad robada al conflicto importa de una manera que trasciende lo sentimental: es, literalmente, construcción de futuro.

La imagen de esos niños viendo El Rey León entre escombros no es solo conmovedora. Es urgente. Nos recuerda que hay formas de ayudar que no aparecen en los titulares de geopolítica, pero que se instalan para siempre en la memoria de quienes las reciben. Y que a veces, lo más poderoso que alguien puede ofrecerle a un niño en medio del caos es exactamente esto: dos horas en las que el mundo puede esperar afuera.


Irinea Funes

Irinea Funes

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