El día que Hitler visitó París para robar la belleza de la ciudad y construir un nuevo Berlín

Viernes, 4 de agosto de 2017 10:56

|Rodrigo Ayala Cárdenas



PARÍS, FRANCIA, 23 DE JUNIO DE 1940

 

5:30 am. Adolf Hitler pocas veces había sentido tal emoción en su vida. No sólo Francia se había rendido a su país sino que ahora podía celebrar el hecho dando el paseo de sus sueños por una de las ciudades más hermosas del mundo. Desde que era un jovencito había soñado con conocer el Sena y la Casa de la Ópera de París, lo cual haría precisamente en unos minutos. Descendió del avión Fw 200V-1 (Cóndor) al mando del Capitán Hans Baur con el corazón palpitante en el aeropuerto Le Bourget, saludó a las personas que lo estaban recibiendo y se metió en uno de los autos pertenecientes a su séquito. Respirar el aire parisino no sólo era respirar el aire de las victoria, sino el aire de todo un proyecto de vida.


Le dijo a uno de sus asistentes suspirando:


La Ciudad de la Luz, al fin llegamos…


El asistente sonrió. Después Hitler le dijo a sus principales acompañantes, los arquitectos Albert Speer y Herman Giessler y el escultor Arno Becker:


—Tomen nota de lo más hermoso que vean.


Los hombres asintieron mientras el auto avanzaba para salir del aeropuerto y tomar rumbo al centro de la ciudad. Los demás acompañantes eran el fotógrafo particular Heinrich Hoffmann, el camarógrafo Walter Frentz y una veintena de generales de las SS.


6 am. Casa de la Ópera. El Führer no podía creer que el anhelo de su juventud se hiciera realidad. Ahí estaba plantado frente a ese hermoso edificio, uno de los principales centros de cultura europea. Si las fachadas le parecieron a Hitler lo más extraordinario que había visto en su vida, el interior simplemente le pareció celestial. Estaba casi al borde de las lágrimas. El líder nazi avanzaba acompañado por su séquito a través de los pasillos del lugar; admirando las pinturas, las columnas, los candiles, los ventanales y el suelo del lugar. Todo era una maravilla para él.


¡Mi ópera! ¡Desde mi primera juventud he deseado ver este símbolo del genio arquitectónico francés! -exclamó. Sus acompañantes se sentían emocionados de ver a su Führer tan excitado.


7 am. Cuando salieron del lugar, la sonrisa de Hitler era notoria. Ascendió a uno de los Mercedes que lo estaban trasladando y le dijo a sus acompañantes que en Berlín se debía de tener un edificio tan magnífico como aquél.



7:15 am. Centro de París. El auto donde viajaba el líder alemán paseaba por los magníficos Campos Elíseos, una de las avenidas más célebres de todo el continente. Todos se fijaban en que el Führer no dejaba de voltear de una ventana a otra intentando abarcar todo el paisaje parisino. A la distancia comenzaba a dibujarse la negra silueta de la Torre Eiffel contra el cielo claro de la capital gala. Los autos se detuvieron a unos 50 metros de aquel coloso de metal y hierro. Todos descendieron de ellos. Debido a su corta estatura, Adolf Hitler tenía que dar una especie de salto para bajar. Trataba de hacerlo con disimulo para que los demás no lo notaran; sin embargo, su séquito lo sabía y procuraba dirigir su vista hacia algún rincón de la Ciudad Luz cuando tal acción ocurría.


A Hitler le agradó la Torre pero no fue algo que le impresionara en demasía. Aún no se sacudía el impacto de la Casa de la Ópera. Pese a ello quiso subir para admirar desde arriba el espectáculo de París. Tal vez recelosos por la derrota sufrida, los encargados le dijeron que el elevador no funcionaba y que tendría que usar las escaleras. Sus acompañantes le dijeron que no contaban con demasiado tiempo para hacer el recorrido a pie y el Führer estuvo de acuerdo. Aun así permaneció con su séquito cerca de media hora recorriendo las inmediaciones y admirando el tamaño del máximo símbolo de París, en cuya punta había una bandera alemana.



7:45 am. Dirigieron sus pasos al Arco del Triunfo en donde Hitler volvió a recuperar la emoción. Estar en ese monumento era la culminación de su triunfo sobre Francia. Una victoria que se había dado en el plano material pero que necesitaba tener una respuesta simbólica del mismo peso. Los nazis lucían contentos, orgullosos de estar en una urbe que consideraban suya. Sin embargo, Hitler sentía que nada estaría completo si no dirigían sus pasos al Monumento al Soldado Desconocido y sobre todo, a la Iglesia de los Inválidos donde se hallaba la tumba del gran Napoleón II. 


8:15 am. Iglesia de los Inválidos. No podía despegar la vista de la tumba. Sabía que estaba ante uno de los grandes generales de la historia y quería saborear el momento. Su historia y la de Napoleón se escribía en los libros de la grandeza. El séquito de Hitler disfrutaba del momento, sin embargo, preferían partir lo antes posible para seguir recorriendo la ciudad. Los ojos del Führer decían otra cosa; él quería permanecer la mayor cantidad de tiempo ante la tumba. Pero sabía muy bien que tenían los minutos contados. Cuando iban rumbo a los automóviles, el Führer se acomodó su gorra y exclamó emocionado a su fotógrafo:


—Ha sido el momento más bello de mi vida.


Cámara en mano, el fotógrafo sonrió y apretó el botón de su dispositivo una vez más.



Hitler de visita en la tumba de Napoleón II

 

8:30 am. Vieron de lejos Notre Dame, Sainte Chapelle y el Louvre. Tal vez en otra ocasión regresara a Louvre, pues el recinto ameritaba un recorrido especial para admirar con tranquilidad sus bellezas. Los dos primeros sitios no le impresionaron demasiado. Alemania tenía catedrales igual o más hermosas que Notre Dame. Albert Speer, Herman Giessler y Arno Becker tomaban notas de aquello que más agradaba al Führer y de lo que lo dejaba indiferente. En términos generales sabían que Hitler carecía de buen gusto, sin embargo, ellos cumplían con su trabajo. El pequeño dictador se dirigió a ellos:


—Caballeros, esta ciudad es hermosa, pero con todas las reformas que haremos en Berlín, nuestra capital será la belleza andando. La ciudad más sorprendente, maravillosa y soberbia del mundo.



9:00 am. Sacre Coeur. Este fue el último punto en su recorrido, una de las iglesias más famosas y emblemáticas de la Ciudad de las Luces. Sin embargo, fue lo que menos le gustó al líder alemán de todo París, con la cual terminó hechizado. Diría a sus acompañantes como un niño emocionado:


—Poder ver París ha sido el sueño de toda mi vida, no puedo expresar lo feliz que soy.


Algunos palmearon al Führer en la espalda, otros le estrecharon la mano y lo felicitaron por todo lo que había logrado hasta el momento. Algunas personas reconocieron a los nazis y pasaban a su lado con cierto desprecio o indiferencia. Hitler los observó con mirada fría.


En el horizonte, París comenzaba a despertar.


Hitler tenía en mente transformar por completo el aspecto que tenía Berlín en aquel entonces, y convertirla en una ciudad mucho más moderna, impresionante y con una arquitectura que dejara estupefactos a propios y extraños. Entre los proyectos figuraban un bulevar de 5 kilómetros de longitud que comenzara en una especie de Arco del Triunfo. En las orillas de esta colosal avenida se levantarían los edificios más importantes del régimen nazi. La culminación de éste sería en el llamado Foro del Pueblo: una construcción de 200 metros de altura coronada con una cúpula de dimensiones sorprendentes. Los conflictos posteriores impedirían el inicio de las obras. 



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Resulta impresionante la cantidad de información que con el pasar de los años se va descubriendo o redescubriendo en torno a los nazis, la Segunda Guerra Mundial, Hitler y otras anécdotas como la oscura historia detrás de las marcas que no sabías que eran nazis. No sólo París estuvo dominada en cierto momento por el Tercer Reich, conoce el día que Nueva York fue la capital del nazismo y no de la moda para que te des cuenta del amplio dominio que los comandados por Hitler tuvieron a lo largo del mundo. 


Rodrigo Ayala Cárdenas

Rodrigo Ayala Cárdenas


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