La historia de la asesina serial que se hizo pasar por una diosa azteca y creó una secta

Sábado, 4 de noviembre de 2017 13:15

|Alejandro I. López
magdalena solis

Ignorancia, pobreza y ambición. La mente de Magdalena encontró inspiración en aquellos actos y desarrolló una psicosis que la llevó a creer el papel de Coatlicue a cabalidad.



Los primeros años de vida de Magdalena Solís son confusos: se cree que nació en algún momento de la década de 1930 en Tamaulipas. Su infancia estuvo marcada por la pobreza que caracteriza a toda población rural en México: caminos enlodados que dejan incomunicado a un pueblo perdido entre las montañas, sin escuelas ni servicios básicos y en ocasiones, sin siquiera alimentos suficientes para subsistir. Tal era el panorama en la década de los 30 para las miles de comunidades alejadas de los centros urbanos, un escenario lleno de precariedad que no ha cambiado demasiado y cuyos ecos aún resuenan en la actualidad.


A muy temprana edad, las circunstancias acercaron a Magdalena a la prostitución, que practicó durante años como su único sostén económico. Es muy probable que la crudeza de este contexto llevara a Solís a un estado permanente de vulnerabilidad y fantasía como mecanismo para escapar de la realidad, en especial cuando se cruzó en el camino de los hermanos Hernández, quienes habrían de marcar en definitiva el rumbo de su vida.


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En 1963, Magdalena conoció a Santos y Cayetano Hernández, dos estafadores que solían montar distintos escenarios para aprovecharse de la ignorancia de la gente y obtener recursos monetarios. A pesar de su experiencia en el "negocio", el último fraude de los Hernández poco a poco escapaba de sus manos: establecidos en Yerba Buena, un minúsculo poblado enclavado en la Sierra Madre Oriental en el límite de Tamaulipas y Nuevo León, se presentaron a los locales como profetas y sumos sacerdotes enviados por dioses prehispánicos incas y aztecas.


Conscientes de la pobreza extrema y el analfabetismo imperante en el lugar, los Hernández convencieron a las menos de 50 personas de Yerba Buena que su presencia era la de mensajeros de dioses de otra época que exigían su adoración y tributo. A cambio, las deidades volverían para señalar tesoros que se escondían en los alrededores del pueblo y castigarían a todo aquel que dudara de su poder. De esta forma, conseguían alimento y dinero fácil que reinvertían en marihuana para ofrecer a los habitantes y mantener en pie la farsa.


Después de meses de éxito, algunos pobladores manifestaron su inconformidad y desesperación ante las falsas promesas de los “sumos sacerdotes”, como se hacían llamar. Es en ese instante donde su destino se unió al de Magdalena Solís, prostituta de 16 años que alternaba su trabajo entre Monterrey y Apodaca.


Mientras algunas crónicas aseguran que la menor los conoció en un viaje que hicieron a Monterrey, otras afirman que fue Eleazar, hermano de Magdalena, quien los presentó. Lo cierto es que los Solís se unieron a los Hernández en el "negocio" y lo que en principio se gestó como una fuente de ingresos a través del engaño, poco a poco se convirtió en un culto que se salió de control.


La "presentación" de Magdalena frente a los adeptos se inspiró en un ritual mexica en el que aseguraba ser la reencarnación de Coatlicue, diosa madre en la mitología azteca. Como tal, exigía ofrendas y adoración, además de un tributo impensado hasta entonces: favores sexuales.


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La mente de Magdalena encontró inspiración en aquellos actos y desarrolló una psicosis que la llevó a creer el papel de Coatlicue a cabalidad. Poseída por sus problemas psiquiátricos, la joven experimentaba constantes delirios religiosos que combinaba con sadismo, pedofilia y fetichismo, una condición que llevó a sus tres cómplices a conformar una secta de crímenes sangrientos con Solís a la cabeza.


Las orgías eran una práctica común en las que incluso los más pequeños debían participar a petición de la diosa azteca. Impulsados por el consumo de peyote promovido por los “sumos sacerdotes”, estos actos pronto devinieron en rituales que obligaban a la gente de Yerba Buena a participar en ellos; sin embargo, ninguno alcanzó un grado de sadismo similar al llamado "ritual de sangre", en el que Magdalena, en su papel de Coatlicue, pedía la participación de un voluntario para la causa.


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Una vez que alguien se ofrecía, el ritual daba inicio: el elegido era colocado sobre una base mientras los “sumo sacerdotes” se reunían alrededor y, detrás de ellos, los demás adoradores. El peyote y la marihuana inundaban el lugar y Coatlicue extraía el corazón de los voluntarios para beber su sangre y ofrecerla a los demás presentes. Una vez que todos habían bebido, Magdalena preparaba la carne humana para ser consumida por ella misma.


Todo llegó a su final en mayo de 1963, cuando un joven de nombre Sebastián Guerrero dio aviso a la policía de lo que sucedía en Yerba Buena. Tras la desaparición de Guerrero y el policía que lo acompañaba, el gobierno del estado decidió montar un operativo que irrumpió violentamente en uno de los rituales. Impactados por la escena, distintos oficiales abrieron fuego, asesinando a un grupo de pobladores que participaban en el acto.


Cayetano, que se hacía pasar por el sacerdote que oficiaba las ceremonias, fue asesinado por un miembro de la secta ante el desconcierto, mientras que Eleazar y Magdalena Solís fueron aprehendidos y condenados a 50 años de prisión por el homicidio de tres personas.


Con el paso del tiempo, testigos y habitantes de Yerba Buena que habían formado parte de la secta rindieron declaración y al menos otros 12 asesinatos salieron a la luz. El caso fue abandonado rápidamente y las huellas quedaron instaladas en la memoria de pobladores, oficiales de policía y otros testigos que vivieron en carne propia la historia de la farsa que se convirtió en una secta sangrienta.


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Alejandro I. López

Alejandro I. López


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