Las mujeres que fueron humilladas y utilizadas como consoladores por el ejército japonés

Martes, 11 de abril de 2017 10:42

|Rodrigo Ayala



En 1973, Mario Vargas Llosa escribió “Pantaleón y las visitadoras”. En esta historia narra la vida del general Pantaleón Pantoja, quien recibe la encomienda de llevar al ejército del Perú un servicio de mujeres, denominadas “visitadoras”, para mantener relaciones sexuales con los soldados. Este proyecto nace debido a los altos índices de violaciones cometidas por soldados en las zonas más apartadas de la Amazonía del Perú. Pantoja lleva a cabo con alta eficacia este servicio y se gana con rapidez la admiración de sus superiores.

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Es un hecho: la realidad supera a la ficción. Así ocurrió décadas antes de la ficción de Vargas Llosa durante la Segunda Guerra Mundial en uno de los hechos menos mencionados de este turbulento periodo. La realidad hace palidecer el relato del autor peruano…

Se estima que más de 200 mil mujeres fueron raptadas para servir como esclavas sexuales para los soldados del Ejército de Japón durante la Segunda Guerra Mundial. El objetivo era que los soldados permanecieran fieles a la causa y evitar un posible enfado de su parte que provocara una rebelión en contra de su propio país. El hecho que provocó esta decisión fueron las elevadas cifras de violaciones cometidas por soldados nipones en las ciudades y provincias por las que pasaban.

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A la par que Japón avanzaba en su expansión territorial, una gran cantidad de mujeres de Corea, Indonesia, Taiwán, Filipinas y China eran engañadas bajo falsas promesas de empleos bien remunerados o raptadas de sus villas bajo amenazas de muerte tras alguna batalla que dejaba destrozos. Después eran conducidas a “estaciones de servicio”, como nombraron a lo que en realidad eran prostíbulos. Hasta allí eran llevadas mujeres de todas las edades: algunas apenas tenían 15 años de edad. Se les conocía con el despreciable nombre de “mujeres consuelo”.

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Un ejemplo de la forma en que las mujeres eran engañadas ocurrió en Corea. A muchas mujeres se les ofreció la posibilidad de trabajar como lavanderas para el ejército japonés a cambio de un salario digno. Las mujeres que aceptaban estas ofertas rápidamente se daban cuenta de la realidad de su situación, aunque demasiado tarde. En cuanto arribaban a las estaciones de servicio, eran puestas a disposición de los soldados.  

En las estaciones de servicio, las esclavas eran maltratadas física y mentalmente. Recibían palizas, insultos e incluso heridas que les dejaban cicatrices de manera permanente. Los generales y soldados se servían de estas mujeres para cometer sus fantasías más depravadas: orinaban o defecaban sobre ellas, o les tomaban fotografías que más tarde usaban en los descansos de las batallas para masturbarse.

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Muchas de ella tenían que soportar horarios y condiciones de “trabajo” realmente agónicas: veinte o treinta hombres por día desde temprana hora de la mañana hasta el anochecer. Las condiciones de higiene eran escasas y muchas de ellas sufrían infecciones o enfermedades. Si alguna se negaba a hacer lo que los soldados le pedían o intentaba escapar era brutalmente castigada (a veces hasta la muerte). La frialdad de los números nos da una idea de la magnitud de este hecho:

Se calcula que hubo un total de 400 burdeles repartidos entre los territorios ocupados por los japoneses. La mayoría ubicados en China (cerca de 300). Un aproximado de 80 mil mujeres murieron en los burdeles a causa de enfermedades contraídas por culpa de los soldados o por la escasa higiene.  

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Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, el caso fue cobrando cada vez mayor magnitud hasta llegar a los Tribunales de Tokio y años después a organizaciones de Derechos Humanos. No se sabe si los responsables fueron castigados, sin embargo, Japón fue obligado a ofrecer una disculpa pública a las naciones que padecieron este siniestro acontecimiento, entre las cuales se cuentan China y Corea en primer lugar, seguidas por Indonesia, Birmania, Vietnam, Malasia, Singapur, así como el mismo Japón.

El 1 de marzo de 2014, en el Museo de Historia Contemporánea de Corea se llevó a cabo una importante exposición en torno al tema. Constaba de 22 piezas en formato de cómic en el que se ilustraba el sufrimiento de las mujeres que fueron esclavas sexuales de los soldados japoneses. En el evento estuvieron presentes algunas de las sobrevivientes de este crimen, en un intento de abrir los ojos a la sociedad en torno a uno de los acontecimientos más negros en la historia de la humanidad.

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“Nuestro Gobierno hará todo lo necesario para instar al Gobierno japonés a entregar a ustedes a la brevedad posible una compensación que sirva para subsanar el daño que les fue ocasionado”.

Declaró el entonces primer ministro de Corea del Sur, Chung Hong-won, presente en el evento. Una de las imágenes presentaba a una adolescente de 13 años empuñando una espada, dispuesta a apuñalar a la bandera de Japón.  Su rostro reflejaba el evidente coraje y dolor en contra del país que le robó la niñez.

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Finalmente, en 2015, en un hecho histórico, ambos países llegaron un acuerdo para ayudar a las mujeres que sufrieron de este abuso.  Fumio Kishida, ministro de asuntos exteriores de Japón, declaró que su país daría 1.000 millones de yenes (8,3 millones de dólares) a un fondo creado para ayudar a las afectadas. Mencionó también que “el primer ministro japonés, Shinzo Abe, expresa de nuevo sus más sinceras disculpas y remordimiento a todas las mujeres que fueron sometidas a inconmensurables y dolorosas experiencias y sufrieron incurables heridas físicas y psicológicas como mujeres de confort".


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Nada se podrá hacer para resarcir el dolor y la injusticia que las mujeres tuvieron que vivir en aquellos años. Éste es uno de los hechos más negros de la Segunda Guerra Mundial, mismo que nos recuerda que, en la actualidad, el tema de los feminicidios y demás abusos contra las mujeres sigue siendo tarea pendiente de nuestra sociedad.


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Referencias:

Eurasia 1945

Korea

Código Nuevo

CNN

 

REFERENCIAS:
Rodrigo Ayala

Rodrigo Ayala


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