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Home Historia

El mural que Diego Rivera construyó piedra por piedra a los 66 años

Irinea Funes by Irinea Funes
agosto 1, 2026
in Historia
El mural que diego rivera construyó piedra por piedra a los 66 años

Hay una diferencia entre pintar un muro y construirlo. Diego Rivera lo sabía, y por eso cuando llegó al Estadio Olímpico Universitario a mediados del siglo XX no llevó pinceles: llevó canteros, albañiles y toneladas de piedra. El resultado es una de las obras más singulares del muralismo mexicano y, paradójicamente, una de las menos discutidas.

Un cráter con memoria prehispánica

Rivera no concibió el estadio como un simple encargo arquitectónico. Lo leyó como un paisaje: una cuenca volcánica que resonaba con la lógica constructiva de Teotihuacán. Desde esa lectura, cualquier intervención pictórica convencional habría sido una contradicción. El fresco, la pintura al óleo, incluso el acrílico, son medios que envejecen, que se desprenden, que necesitan manos que los sostengan en el tiempo. Rivera quería otra cosa: una obra que sobreviviera sin restauración, que fuera tan permanente como la roca misma.

La elección de materiales no fue decorativa. El tezontle, el mármol y la piedra de río no se aplicaron sobre el concreto: se incrustaron en él. Cada fragmento fue colocado de forma manual, integrándose a la estructura del talud como si siempre hubiera estado ahí. Era, en términos técnicos y conceptuales, más cercano a la arquitectura que a la pintura.

Setenta personas construyendo una visión

Para ejecutar La Universidad, la familia y el deporte en México, Rivera coordinó un equipo de alrededor de setenta obreros, canteros y albañiles, además de pintores y arquitectos. La escala del proyecto hacía imposible el trabajo solitario del artista-genio que el imaginario popular suele asociar con el muralismo. Aquí la autoría era colectiva en la práctica, aunque la visión fuera de uno solo.

Rivera tenía 66 años cuando trepó los andamios. No era un dato menor: el esfuerzo físico que implicaba supervisar y participar en una obra de esas dimensiones, a esa altura literal y metafórica de su vida, dice algo sobre la importancia que él mismo le otorgaba al proyecto. Según sus propias palabras, consideraba este alto relieve lo mejor que había hecho. Una declaración que, viniendo del autor de los murales de la Secretaría de Educación Pública y del Palacio Nacional, no es menor.

Lo que quedó inconcluso y lo que eso significa

El proyecto nunca se terminó. Rivera murió en 1957 y el alto relieve quedó suspendido en un estado que no es ruina pero tampoco es obra cerrada. La versión oficial suele atribuir el abandono a la muerte del artista, como si fuera simplemente una cuestión de tiempo. Pero las circunstancias que rodearon el encargo, los debates sobre el papel del arte en la universidad pública, las tensiones entre el muralismo como proyecto político y las nuevas corrientes estéticas que comenzaban a disputarle espacio, todo eso forma parte de un contexto que la narrativa del «artista que no alcanzó a terminar» tiende a simplificar.

Lo inconcluso también es una forma de significado. El talud del Estadio Olímpico Universitario lleva décadas recibiendo a miles de personas que van a ver partidos, graduaciones, conciertos, sin necesariamente detenerse a mirar lo que tienen al costado. Una obra monumental que se volvió fondo, paisaje, contexto. Quizás eso también diga algo sobre cómo tratamos la herencia visual que nos rodea.

Por qué importa revisitar esta obra hoy

El muralismo mexicano suele reducirse a sus íconos más reproducidos: la historia en Palacio Nacional, el hombre en la encrucijada, los frescos de Chapingo. Pero Rivera experimentó durante toda su vida con formatos, materiales y escalas que desafían esa versión compacta de su obra. El alto relieve del Estadio Olímpico es uno de esos experimentos que merece una lectura más atenta.

No porque sea «desconocido» en el sentido del dato curioso, sino porque plantea preguntas que siguen siendo relevantes: ¿qué significa hacer arte público en un espacio de uso masivo? ¿Cómo se relacionan los materiales con la permanencia y la memoria? ¿Qué pasa con las obras que quedan a medias?

El estadio sigue ahí. La piedra también. Y las preguntas que Rivera dejó incrustadas en el concreto todavía esperan que alguien se detenga a leerlas.

Tags: UNAM

Irinea Funes

Irinea Funes

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