La Revolución Mexicana fue una etapa en México de muchos cambios, de agitación política, de inestabilidad social y económica que dejó al país en una situación crítica. En el caso de las mujeres, éstas se volvieron soldaderas, lucharon a la par que los hombres pero también tuvieron el papel de cuidar la alimentación de las concentraciones de personas que estaban en combate, pues mientras en las altas esferas del porfiriato se degustaban platillos afrancesados, para el grueso de la población el hambre era su pan de cada día.

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Pero no había cocinas con estructura ni mobiliario, muchos menos vajillas y recipientes para preparar los alimentos. Las mujeres que estaban en los ejércitos revolucionarios cargaban consigo algunas cosas para poder preparar los alimentos en el lugar en el que se establecieran o pasaran la noche, como comales, algunas ollas, metates o piedras que sirvieran para esas funciones.
También podían recolectar algunas cosas en el camino, como hierbas o plantas que pudieran comerse. Y en sus cosas traían especias, algunos chiles secos, quizá semillas o leguminosas. Lo que pudiera ser transportado con facilidad. Esto fue parte de la forma en que se pudieron alimentar los revolucionarios, sin dejar de lado los saqueos que hacían cuando podían, sobre todo para abastecerse de alimentos.

De acuerdo con algunos relatos, en 1915 el maíz era muy escaso por lo que no era fácil conseguirlo y había que hacerlo rendir. Se podía conseguir por medio de trueques pero era tanta la escasez que incluso fondas y abarroteras cerraron por falta de productos.
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¿Y entonces cómo lograron subsistir los revolucionarios que estaban desplazándose por diversas zonas del país? Pues con el ingenio de las cocineras. Se ayudaban de los animales y plantas que había en los alrededores. Ahí se reforzó la tortilla con salsa como una comida completa y se complementaba con teporingos, armadillos, jumiles, charales o ranas, quelites y otras plantas silvestres, sobre todo en la zona sur.


Los frijoles, atoles y caldos también eran parte del menú de los revolucionarios. Los tacos de lo que fuera, las gorditas y los tamales eran prácticos y fáciles de llevar para comerlos mientras podían volver a cocinar. Y no podía faltar el pulque, tan común en la zona centro del país y que era parte de su alimentación.
En el norte del país la situación no fue distinta pero sí eran diferentes los platillos, pues la vegetación no era tan prodigiosa como en el sur pero la carne seca y los mariscos eran parte de los insumos.
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Uno de los platillos que aún se conserva y que se sabe tiene su origen en la época revolucionaria es la discada. Se llama así porque se preparaba sobre el disco del arado, una herramienta utilizada en el campo para preparar la tierra antes de sembrar. Este disco sirvió como cacerola para muchos platillos pero la discada fue la que se repitió para perdurar hasta nuestros días.

La discada es una mezcla de carne de res picada, tocino, jamón, chorizo, cebolla picada, chile jalapeño y tomate. Todo va frito y se acompañaba con tortillas de harina o de maíz, lo que hubiera. Actualmente hay muchas variaciones de este platillo y ya no se hace en discos de arado como tal, aunque suelen vender cacerolas para hacer discada, replicando la forma del disco del arado.
Los revolucionarios comieron lo que encontraban a su paso y las cocineras hicieron gala de su ingenio y conocimientos para poder crear platillos para alimentar a las tropas sin detenerse a pensar si tenían o no tal ingrediente, sino con qué podían sustituir o mejorar el sabor, al puro estilo de los grandes chefs creadores de recetas.
Fotos tomadas de Flickr
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