El día en que el papel de baño transformó las ciudades para siempre

Viernes, 8 de junio de 2018 19:15

|Andrea Prado
relacion entre el sistema circulatorio el papel de bano y la organizacion de las ciudades

¿Qué tienen en común el sistema circulatorio, el papel de baño y la organización de las ciudades en el mundo?



Aunque suene increíble, fue sólo a partir del descubrimiento del sistema circulatorio a mediados del siglo XVIII que las personas pertenecientes a la clase media comenzaron a utilizar papel desechable para limpiarse el ano después de defecar. En efecto, a partir de este descubrimiento el limpiar de manera escrupulosa los excrementos del cuerpo pasó a ser una práctica cotidiana. ¿Pero qué hizo que ambos elementos se asociaran causalmente? La respuesta a esta pregunta la encontramos dentro de la obra Carne y Piedra: El cuerpo en la civilización occidental, escrita por el sociólogo estadounidense Richar Sennett; pero como veremos más adelante, no sólo se trató de una simple asociación, sino del nacimiento de nuevas ideas sobre el cuerpo que, a su vez, coincidieron con el nacimiento de la formación de lo que denominamos “el individuo moderno”; quien por encima de todo se convirtió un “humano móvil” cuyas acciones en el mundo serían equiparadas a la fluidez líquida que caracteriza a los sistemas circulatorio y nervioso recién descubiertos por ese entonces.


En el año de 1628 surgió la obra del médico inglés William Harvey Motu cordis¸ libro que además de contener los principios básicos del sistema circulatorio, guardó entre sus páginas la ideas que inspiraron los cambios más importantes del siglo XVIII en lo que a salud pública y planificación de la urbe se refiere. Aunque a decir verdad, Harvey hizo un descubrimiento muy sencillo: el corazón bombea sangre a través de las arterias del cuerpo y recibe este líquido escarlata de las venas. Dicho principio cuestionó lo que por más de dos mil años el gremio de la medicina había creído. Desde la época de Pericles, se pensó que la sangre fluía por el cuerpo como respuesta al calor innato que éste poseía. Así, mientras que los antiguos creían que el propio calor que la sangre poseía era el que la hacía circular, Harvey aseguraba que el sistema circulatorio era quien se encargaba de calentar a dicho líquido. En consecuencia, el cuerpo fue descrito como una máquina en la que al corazón se le delegaba la tarea de “bombear la vida”.



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Basándose en dichas ideas, a lo largo de la tercera década del mismo siglo, los alumnos de Harvey se dedicaron a extraer los corazones de cadáveres de personas que acababan de morir para con ello observar cómo el músculo del corazón continuaba contrayéndose y expandiéndose aunque éste ya no tuviera sangre que bombear. De hecho, fue uno estos estudiantes quien descubrió que la sangre de los pájaros es más caliente que la humana debido a que el corazón de este animal bombea más rápido.

               

Un camino bastante parecido siguió el descubrimiento del sistema nervioso, pues lo dicho por de Harvey inspiró, durante la misma época, a otro médico inglés en la compresión del funcionamiento de los tejidos del cerebro. Thomas Willis, experimentando con ranas vivas y después con cadáveres de personas recién fallecidas, se percató de que en un cuerpo vivo los ganglios de las fibras nerviosas respondían de la misma manera que lo hacían dentro de un cuerpo donde “el alma ya lo había abandonado”. Como consecuencia, se cuestionó la idea cristiana de que el cuerpo necesitaba del espíritu para la obtención de una experiencia sensorial. Fue sólo así que se logró, en principio, una concepción más secular del cuerpo: los movimientos mecánicos, tanto los de los nervios como los de la sangre, cuestionaron la idea antigua de que el alma es la fuente de la energía vital, la única que es capaz de hacer funcionar al cuerpo.


Sin embargo, ésta no fue la única transformación. El descubrimiento del sistema circulatorio y nervioso subrayaban, entre otras cosas, la independencia que poseía cada una de las partes del cuerpo frente al todo, como si se tratase de una maquinaria cuyas piezas trabajaran de forma independiente para lograr el funcionamiento del conjunto. Y es que la nueva medicina se enfocaba en el flujo y el movimiento libre de la sangre y de los nervios, aspectos que parecían favorecer el crecimiento saludable de los tejidos y órganos individuales. Tras estos argumentos, como lo observó la historiadora Dorinda Outram, la relación entre el cuerpo y la sociedad se transformó, la salud comenzó a verse como responsabilidad del individuo más que como un don que Dios le otorgaba.



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Pero el verdadero vínculo entre la ciudad y la nueva forma de ver el cuerpo comenzó a establecerse cuando los herederos de Harvey y Willis aplicaron sus descubrimientos a la piel. Por entonces, el médico Ernst Platner argumentó: “el aire es como la sangre, éste debe circular a través del cuerpo, y la piel es la membrana que permite al cuerpo respirar el aire”. Según este hombre de ciencia, la suciedad constituía el principal enemigo del funcionamiento en la piel, pues “bloqueaba los poros, retenía los humores excrementicios, favorecía la fermentación y la putrefacción de substancias y, lo que era peor, impedía que se expulsaran las sustancias nocivas de la piel”. Así, la palabra “impuro” ganó un nuevo significado: la impureza significaba piel sucia y no una mancha en el alma. Por lo tanto, nos dice Sennett, la piel se hacía impura debido a una experiencia social y no como consecuencia de una falta moral.


Gracias a las ideas médicas acerca de las impurezas que bloqueaban la piel, a mediados del siglo XVIII dio inicio el fenómeno de la repugnancia a los excrementos: los orinales se comenzaron a vaciar diariamente y las personas empezaron a utilizar papel para limpiarse el ano después de defecar. Pero no sólo eso, las creencias sobre dejar que la piel respirara contribuyeron a cambiar la forma en la que la gente se vestía. A partir del último cuarto del mismo siglo, tanto hombres como mujeres redujeron el peso de sus vestimentas utilizando para ellas tejidos como la muselina o el algodón. Y dado que las personas comenzaron a bañarse con más frecuencia, se hizo menos necesario el uso de perfumes, que si bien disfrazaba el olor a sudor, su elaboración a base de aceites irritantes causaba constantes erupciones y ampollas en la piel de quienes los usaban. 



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Todo lo anteriormente descrito tuvo su repercusión en la transformación de las ciudades. Los planificadores urbanos del siglo de la ilustración tomaron las ideas de la medicina y las aplicaron en sus planos. Fue de hecho durante el siglo XVIII cuando los urbanistas comenzaron a utilizar los términos “arterias y venas” como el sinónimo de “calles” en las ciudades. El mismo Christian Patte utilizó una imagen de las arterias y venas para justificar la importancia de las calles en un solo sentido. Por lo tanto, según lo indica Richard Sennett, los planificadores se guiaron por la mecánica sanguínea y nerviosa; aseguraban que si el movimiento de una ciudad se bloqueaba en algún punto, el cuerpo colectivo sufriría una crisis circulatoria como la que experimentaba el cuerpo individual durante un ataque en el que se le obstruía una arteria. Habría que comenzar pues a limpiar las ciudades, quitar la basura de las mismas, drenar los hoyos y dirigir a las cloacas la orina y las heces de las personas, porque el crecimiento desordenado sólo empeoraría el tejido urbano, lo obstruirían y lo haría insalubre hasta colapsar, detenerse.


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Andrea Prado

Andrea Prado


Colaborador
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