Hormigas bala: el ritual de iniciación más cruel y doloroso del mundo

Martes, 30 de enero de 2018 17:06

|Alejandro I. López
hormigas bala

Para la tribu de los Sateré-Mawé, la prueba final que deben pasar todos los varones para "convertirse en hombres" es enfrentarse a la picadura más dolorosa del mundo.



¿Qué se siente ser picado por una hormiga bala?


Los primeros segundos son de quemazón intensa, como exponer una extremidad directamente al fuego o tocar una pieza de metal al rojo vivo. Para entonces la víctima no sólo se ha dado cuenta del piquete, también grita y empieza a moverse bruscamente tratando de calmar el ardor. El piquete de una hormiga bala nunca se olvida.


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En menos de un minuto, el ardor inicial se transforma en dolor intenso y pulsátil que impide mover el brazo, la pierna o el sitio afectado. El grupo cercano de músculos se contrae rápidamente hasta endurecerse y ponerse completamente tenso, como si se tratara de un calambre que aumenta cada segundo.


Con cada pulsación el tamaño de la herida aumenta. Al tacto, la piel arde y el sudor se hace generalizado: el veneno comienza a surtir efecto y la tensión se apodera de todo el sistema nervioso, provocando una parálisis o desmayo.


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El aguijón más doloroso


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La picadura de hormiga bala ocupa el primer lugar en el índice Schmidt, una clasificación que mide la intensidad del dolor causado por picaduras de insectos. El aguijón de una hormiga roja o una avispa son insignificantes a comparación del piquete de esta hormiga, 30 veces más potente que el de una abeja de miel. Su simple nombre hace alusión al dolor que más asemeja; una herida con arma de fuego.


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El ritual de la hormiga bala



En lo profundo de la espesa selva del Amazonas, una tribu utiliza la picadura de la hormiga bala como parte de un ritual de iniciación milenario. Para los Sateré-Mawé, la prueba final que deben pasar todos los varones para "convertirse en hombres" es enfrentarse a la picadura de decenas de estos insectos.


Por la mañana, los adultos mayores de la tribu salen a recolectar cientos de especímenes de hormigas bala. Con maestría y cuidado para evitar ser picados, las hormigas son introducidas en una especie de guantes o manoplas tejidos con hojas y previamente preparados, en cuyo interior se vierte savia y una infusión de hierbas para adormecerlas momentáneamente.


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Dentro de un círculo formado por hombres y mujeres de la tribu, jóvenes de entre 9 y 16 años esperan ansiosos su momento de formar parte del ritual. En el centro, un soporte de madera espera que pasen uno por uno a ponerse los guantes llenos de hormigas. Los niños elegidos se presentan ante sus superiores y colocan sus codos sobre el soporte esperando el suplicio.


Con los ojos cerrados y sus extremidades superiores mirando hacia el cielo, un chico se dispone a iniciar el ritual. Dos hombres se acercan y colocan los guantes cuidadosamente sobre sus manos. El humo vertido por el sacerdote despierta a las hormigas súbitamente con un solo fin: picar al intruso que perturba su calma.


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El rictus de dolor no se hace esperar. El titánico esfuerzo de lidiar con la quemazón rompe por instantes su concentración, mientras algunas lágrimas ruedan por sus mejillas. Los cascabeles que suenan al fondo aceleran el ritmo y de inmediato los demás miembros de la tribu lo toman de los hombros para danzar junto a él: al mismo tiempo que es reconocido como un miembro adulto por los demás, el movimiento distrae por un segundo del dolor y mueve sus músculos para evitar que el veneno se apodere completamente de éstos y caiga desmayado.


Después de aproximadamente diez minutos, la prueba llega a su final y está superada. No obstante, la recuperación no será sencilla. Es altamente probable que algunos jóvenes sufran pérdida de conocimiento y pasen la peor noche de sus vidas entre escalofríos, sudor y la quemazón constante que cederá en aproximadamente 24 horas.


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Sin embargo, para ellos todo ha valido la pena: decenas de jóvenes ahora forman parte de los hombres de Sateré-Mawé, mismos que habrán de transmitir el doloroso ritual de iniciación de generación en generación como una forma de preservar su cultura.


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Alejandro I. López

Alejandro I. López


Editor de Historia y Ciencia
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