Los sacrificios humanos como forma de control social en México

Lunes, 11 de diciembre de 2017 11:21

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“Sacrificio” es una palabra que nos envía a aquella visión de personas cuyo corazón es retirado por un sacerdote, pero en realidad engloba mucho más que eso.



Existe una mítica sensación que recorre tu cuerpo cuando transitas por lugares con una historia milenaria, una sensación reservada para aquellos que saben observar, un privilegio puro que la historia obsequia a aquellos que abren su mente para ser portadores del recuerdo de la humanidad. La Historia —como disciplina— es ese camino que hace al presente y que, al mismo tiempo, conecta distintas temporalidades; un portal que nos transporta y que, entre muchas otras cosas, queda de manifiesto en las monumentales construcciones que el ser humano deja en su paso por el tiempo. Y es la Historia misma la que se encarga de convertirlas en ruinas; ruinas que a pesar de perder con el tiempo ciertas verdades y contenido estético, se hacen más hermosas con la edad y pasan a encerrar un enigma civilizatorio que los científicos y profesionales se esfuerzan en resolver.


Toda sociedad tiene una cosmovisión que rige la forma en que ve al mundo y obtiene conocimiento. Esta cosmovisión varía entre las sociedades por razones territoriales, temporales y de desarrollo; y es por ello que el mundo es un verdadero mosaico de diferencias que, si bien aportan ideas interesantes y nuevas a nuestra historia, también son las justificadoras de las relaciones de dominación tanto al interior de una sociedad como al exterior. De esta forma, podemos percibir una noción recurrente en la que los pueblos descienden de los dioses y son llamados a la tierra prometida. Esta noción evoluciona eventualmente a la conversión, conquista y dominación de los demás pueblos que se encuentran en su satélite —por supuesto que nos enfocamos en el plano de justificación religiosa y no política.





Cada acción que un pueblo realiza encierra un significado que, en su generalidad, está relacionado directamente con la dominación que un Estado ejerce sobre la sociedad para mantener el control de sus ciudadanos y dominios. Esta relación de dominación ha evolucionado a lo largo del tiempo y no se puede explicar sin comprender los modos de producción, comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo y capitalismo. Además, el gran vuelco de la dominación actualmente es que gracias al desarrollo tecnológico, a la masificación de los medios, al neoliberalismo y a la corriente de pensamiento posmodernista esta dominación ya no es social, sino individual. Los medios no se dirigen a la comunidad, sino al individuo; el trato entre dominador y dominado se torna en una experiencia personal en la cual ambos comparten una habitación. Ya no es necesaria la represión física en cualquiera de sus facetas para mantener el orden, ahora ésta se ha desarrollado al punto en que ya no es el cuerpo el sometido, sino más bien nuestra mente. La visión de los vencidos es la del pueblo. Incluso podemos intentar explicar nuestra situación actual por medio de una de las prácticas sagradas utilizadas en Mesoamérica y la carga simbólica que existía detrás de ella: el sacrificio.





“Sacrificio” es una palabra que al menos en México nos envía a aquella visión de personas cuyo corazón es retirado por un sacerdote, pero en realidad engloba mucho más que eso. El sacrificio ha estado presente en diversas culturas, en Mesoamérica —por supuesto, con sus respectivas variantes dependiendo de la sociedad— el sacrificio significaba mantener el orden y hacía que todo funcionara de manera adecuada; el sacrificio era la renovación de un ciclo que transitaba en una dualidad de conceptos: el morir y renacer, el hombre y la mujer, el día y la noche. El sacrificio era necesario para la existencia del Universo que ellos consideraban como verdadero, y que a pesar de parecer mítico no lo es más o menos que las religiones actuales. La sangre significaba vida y la continuidad del cosmos, el agradecimiento y alimento de los dioses necesario para mantenerlos contentos. La sangre obtenida por medio de los sacrificios —que no necesariamente culminaban con la muerte— representaba el vínculo entre el ser humano y los dioses, entre lo mortal y lo divino; pero al mismo tiempo el ser humano era relegado a una posición de inferioridad, de respeto, temor y sumisión. Somos la creación de los dioses y como tales nos debemos de comportar. Sin pretender dar una explicación al origen de las religiones, podemos decir con certeza que la religión —y el papel que tienen los dioses en la concepción que los creyentes tienen acerca del mundo— es una justificación del dominio de un grupo sobre el otro. Estado e Iglesia se benefician del control humano por motivos divinos; así que es de suponerse que durante aquellos tiempos también existía algo de esta verdad en las sociedades mesoamericanas.


La sangre como medio de dominación estaba disfrazada como sacrificio para mantener el orden natural del Universo. La sangre era dada a los dioses y estos la aceptaban a cambio de lluvias, buenas cosechas y batallas victoriosas. ¿Pero quiénes eran estos dioses? Seres mitológicos en los que el ser humano creía y a quienes brindaba un poder sumamente abstracto. De esta forma tenemos que Zeus, Quetzalcóatl, Odín o Yahvé en un inicio fueron creados para justificar y dar una explicación a los fenómenos naturales y sociales que el ser humano no entendía; pero después se usaron para legitimar a los gobernantes, ya que la clase dominante y los sacerdotes no son más que conceptos que dejarían de tener un poder coercitivo en cuanto las sociedades que los adoran dejen de creer en ellos para creer en algo más. La evolución de las sociedades y el desplazamiento del poder entre imperios repercute directamente en la religión y las creencias, hace que éstas se modifiquen y se mezclen. Como prueba de ello, en México la religión católica que se profesa es sumamente diferente a la religión católica que se profesa en Europa, porque está plagada de creencias prehispánicas milenarias; es por ello que los santos a los que la sociedad actualmente se encomienda no son más que la metamorfosis de los dioses que el hombre de Mesoamérica adoraba.





A final de cuentas, los dioses somos nosotros mismos. Los dioses habitan en los cielos, en las ideas del ser humano, los dioses nos castigan y benefician; pero lo más importante, los dioses en Mesoamérica legitiman al gobernante, a su linaje, sus conquistas y su supremacía. Los dioses somos nosotros mismos por el simple hecho de que somos los únicos con la capacidad de creer de forma lógica en las jerarquías, las clases sociales y en el orden. Si bien un dios es un concepto divino, tiene su reflejo concreto y se manifiesta en las diversas formas en las que una sociedad se organiza. Un sacerdote o gobernante ostenta un poder similar al divino y es tratado como tal; incluso llega el punto en el que él mismo cree su divinidad. Estas figuras de hombres mortales se difuminan con el tiempo para dejar en su lugar a seres con un aura de mitología. El carácter de mortalidad con el que alguna vez vivieron se reduce con las generaciones de gobernantes para dejar en su lugar al poder divino. Entonces, no son los gobernantes mortales y sacerdotes quienes exigen dominación, tributo y sangre, sino los dioses hablando a través de un cuerpo humano.





El sacrificio es sinónimo de control social, pues el temor a las consecuencias que pueda traer no alimentar a los dioses es igual al temor y respeto que se le debía tener a los sacerdotes y gobernantes. Así fue que legitimaron su poder durante siglos. Por supuesto que estos gobernantes y sacerdotes “bañados” con el poder divino no estaban exentos de sacrificar su propia sangre a los dioses, pues al final debían de profesar con el ejemplo. Esto era un proceso implícito en el ejercicio del sacrificio que mantuvo al ciclo universal estable hasta la llegada de un nuevo universo a las tierras mesoamericanas. Ambos universos se fusionaron para dar como resultado a la sociedad mexicana actual; consecuencia de una conquista y evangelización, actos que —sin pretenderlo— alimentaron con sangre a los dioses mesoamericanos al mismo tiempo que eran del agrado de los santos que alguna vez profesaron la palabra de Cristo. Ahora son los santos y Dios quienes nos exigen un sacrificio y es la sangre de Cristo la que bebemos; son esas cosmovisiones las que evolucionaron desde lo anteriormente establecido en estas tierras milenarias, acopladas para mantener la nueva dominación social.


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El texto anterior fue escrito por José Daniel Arias.


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