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Home Historia

La última vez que nevó en el centro de la CDMX

Irinea Funes by Irinea Funes
agosto 4, 2026
in Historia
La última vez que nevó en el centro de la cdmx

Hay fotos que funcionan como heridas dulces: las ves y algo en ti sabe que ese momento no va a volver. La imagen del Ángel de la Independencia rodeado de nieve es exactamente eso. No es nostalgia genérica. Es el registro de un evento climático que, según los especialistas, se ha vuelto prácticamente imposible de repetir en el centro de la Ciudad de México. Y esa imposibilidad es lo que le da peso.

Una mañana que rompió todos los registros

El 11 de enero de 1967, una masa de aire polar descendió sobre el Valle de México con una intensidad que la ciudad no había experimentado en décadas. Las temperaturas cayeron hasta los -4 °C en algunas zonas del centro y el Paseo de la Reforma amaneció cubierto por entre cinco y ocho centímetros de nieve. Para una ciudad que en condiciones normales apenas roza el cero durante sus noches más frías de enero, aquello fue una ruptura total con lo conocido.

Los capitalinos que vivieron esa mañana describen una ciudad detenida: sin el ruido habitual del tráfico, con los árboles del Reforma doblados bajo el peso blanco, y el Ángel —esa figura dorada que preside la columna de la Victoria— emergiendo entre la neblina como si perteneciera a otra ciudad, a otro país, a otro siglo.

El Ángel que apareció en la nieve ya era el segundo

Lo que convierte esa fotografía en algo aún más cargado de historia es el dato que suele pasarse por alto: la Victoria Alada que aparece en la imagen no era la original. Un sismo en 1957 había derribado la primera escultura, que cayó y se fragmentó en el Paseo de la Reforma. La ciudad tardó años en restaurar el monumento, y apenas había recuperado su silueta completa cuando llegó aquella nevada de enero del 67.

Así que la foto no captura solo un fenómeno climático excepcional. Captura también la resiliencia de un símbolo urbano que había sobrevivido al desastre sísmico y que, casi sin darse cuenta, protagonizó uno de los paisajes más improbables que haya producido la capital. Dos eventos extraordinarios, separados por una década, convergiendo en una sola imagen.

Por qué no va a volver a pasar

El crecimiento acelerado de la mancha urbana durante la segunda mitad del siglo XX transformó de manera irreversible el microclima del Valle de México. El fenómeno conocido como isla de calor urbano —ese efecto por el cual las ciudades generan y retienen más temperatura que las zonas rurales que las rodean— ha elevado de forma sostenida las temperaturas mínimas en el centro de la ciudad.

El concreto, el asfalto, los motores, los sistemas de climatización y la densidad edilicia actúan como una esponja térmica que impide que el frío polar penetre con la misma intensidad que en 1967. No es que las masas de aire frío hayan desaparecido: es que la ciudad que encuentran a su paso ya no es la misma. Los especialistas en climatología urbana son consistentes en este punto: una nevada de esa magnitud en el centro histórico no forma parte de los escenarios probables.

A eso hay que sumarle el cambio climático global, que ha alterado los patrones de circulación atmosférica y ha reducido la frecuencia e intensidad de los eventos de frío extremo en latitudes medias. La combinación de ambos factores —urbanización y calentamiento global— convierte aquella mañana de enero en algo que no tiene fecha de regreso.

Lo que una foto hace por la memoria de una ciudad

Cada enero, cuando el frío aprieta aunque sea un poco, la imagen vuelve a circular. Y no lo hace porque alguien la programe o porque un algoritmo la rescate: lo hace porque la ciudad tiene una relación complicada con su propio pasado, y de vez en cuando necesita recordarse a sí misma que fue capaz de ser otra cosa.

La nieve sobre el Reforma es, en ese sentido, mucho más que meteorología. Es la prueba de que la ciudad que conocemos hoy —ruidosa, caliente, interminable— no siempre fue así. Que hubo una mañana en que todo se detuvo, se puso blanco y, por unas horas, el Ángel pareció flotar sobre un paisaje que no era el suyo.

Eso es lo que guarda la foto. Y por eso, cada vez que aparece, duele un poco.

Tags: Ciudad de México

Irinea Funes

Irinea Funes

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