Cuando pensamos en liberación sexual, específicamente LGBT+ y Queer, nuestra mente jamás piensa en otros lugares que no sean Stonewall, El Castro o Greenwich Village. Nunca pone como protagonistas a sujetos que no sean Sylvia Rivera, Marsha P. Johnson o Harvey Milk, es casi imposible que no abanderemos con el arcoíris a los movimientos que, según nuestro imaginario, no tuvieron cabida más que en los años 70 y los inicios de la década posterior. Mucho menos logramos pensar que uno de los grandes avances en materia de derechos homosexuales y de diversidad se dio en el escenario que la cultura occidental se ha encargado de pintar como un cuadro de terror humano y error político: el levantamiento de la Unión Soviética.

Entonces, para entender perfectamente la historia del derecho gay y otras orientaciones sexuales, para rastrear a los primeros activistas del Siglo XIX en este tema, hace falta tomar en cuenta un capítulo esencial llamado Rusia. Fueron muchos los momentos en que se intentó instalar el mito de una nación heterosexual y masculina en Rusia –mito fundante que es común en el mundo moderno y contemporáneo– y justamente fue la idea en torno a la persecución gay por parte de Stalin lo que hoy hace que leamos esa historia como la oficial y única. Un mito que incluso da cabida y continuidad a las leyes antihomosexuales de Putin u otras acciones de odio. Sin embargo, antes de los años 30, fueron de hecho los bolcheviques quienes promulgaban la despenalización de la “otra” sexualidad.

Eran principios de siglo cuando en Rusia el Código Penal ya no consideraba como pecado social a la “sodomía” y se aceptaba con toda tranquilidad que la subcultura homosexual existiera en el Imperio Zarista; baños públicos, avenidas, bulevares, clubes y bares específicos eran los espacios dispuestos para esta comunidad y nadie se metía en su vida. Por lo menos en las ciudades de Moscú y Petrogrado donde las normas morales eran más experimentales y no existían las persecuciones de las aldeas, ya consideradas retrogradas para aquellos años (los 80 y 90 del Siglo XIX).

Sí, hubo momentos oscuros en los que la ciudadanía demostraba de vez en cuando actitudes hostiles, denuncias conservadoras, pero nada escandaloso o ningún tipo de cacería. De hecho, aunque no eran exactamente grupos activistas, era común que los gays reclamaran la no-penalización de su vida y que se les respetara en lo privado; demanda que los políticos e intelectuales no tenía en mal acatar bajo la convicción de que la autonomía personal e íntima no era un asunto policial. Siguiendo esta familiaridad o aceptación por parte del poder, y atendiendo a las reformas que logró la revolución bolchevique en 1918, se excluyeron formalmente en 1922 las penas de los actos “sodomitas” consentidos entre adultos.

Así, adquirieron mayor notoriedad y poder aquellos hombres que abiertamente luchaban por su sexualidad desde finales de los 1800; eran reconocidos por su audacia Magnus Hirschfeld, Karl-María Kertbeny y Karl Heinrich Ulrichs, siendo este último quien había dado desde el 29 de agosto de 1867 un discurso frente al Congreso de Juristas en Alemania para admitir su homosexualidad. Término que en realidad fue por primera vez utilizado e instaurado por Kertbeny en sus escritos literarios de protesta.

Por extraño que parezca –pues las distorsiones del partido político y las lecturas que éste ha tenido en el mundo de Occidente han tenido a bien desprestigiar absolutamente todas sus acciones–, la URSS se adelantó medio siglo a un movimiento que en América o la Europa neoliberal sólo se pudo dar tras los oleajes de violencia, segregación y odio de los 50 y 60.

La catástrofe vino después, ya que las exigencias de los homosexuales y las legislaturas soviéticas en que el Estado declaraba no interferir en cuestiones sexuales –dada su tradición revolucionaria de liberación y emancipación–, en realidad no llegaba a un sector de masas. Un verdadero vuelco ideológico al respecto no se logró debido a que no existían los conocimientos, desarrollos científicos o teorías suficientes para avalar el respeto a la sexualidad diversa; eso y que paradójicamente en tiempos de cambio la gente volvía a argumentos reproductivos o de ramplona moralidad religiosa –justo como hoy– para derrocar este gran avance.

Fue la llegada de Stalin con su contrarevolución, el desvío del pueblo subversivo y las fallas en comunicación política lo que hizo que en 1934 se aprobara una nueva ley que penara e incluso persiguiera a los hombres homosexuales. ¿El argumento? Más allá de recurrir a alguno que les clasificara como pacientes mentales como se haría años más tarde, se dio un trasfondo fascista y de perversión occidental a las orientaciones sexuales de aquellos individuos. Sin saberlo, fue entonces cuando la bandera comunista no-preocupada por brindar educación o avances científicos a su pueblo, ratificó y dio estructura al sistema que tanto odiaba, aquél que se fortalecía de ese mismo poder represivo que dividía a la sociedad mediante el pensamiento encajonado.
**
Ahora lee:
Lo deprimente que es cumplir XV años en cuba en 8 fotografías
Fotografías del lugar donde el amor prohibido fue libre por primera vez

