El xoloitzcuintle acaba de recibir el reconocimiento que sus milenios de historia merecían: el Gobierno de la Ciudad de México publicó en la Gaceta Oficial el decreto que declara Patrimonio Cultural Inmaterial los saberes, leyendas, creencias y simbolismos asociados a esta raza prehispánica. Pero más allá del decreto, hay una pregunta que vale la pena hacerse: ¿qué es exactamente lo que estamos protegiendo cuando protegemos las historias del xolo?
El perro que los aztecas mandaron al más allá
El xoloitzcuintle no llegó al imaginario mexicano como mascota. Llegó como guía. En la cosmovisión náhuatl, esta raza sin pelo era el animal que acompañaba al alma del difunto durante el peligroso viaje al Mictlán, el inframundo de nueve niveles donde residían los muertos. No era un lujo tenerlo: era una necesidad espiritual. Por eso los antiguos mexicas enterraban a sus xolos junto a sus dueños, para que el perro pudiera cruzar con ellos el río Chiconahuapan, el último obstáculo antes de descansar en paz.
El nombre mismo lo dice todo: xoloitzcuintle viene del náhuatl Xolotl —el dios deforme y relámpago, gemelo de Quetzalcóatl— e itzcuintli, que simplemente significa ‘perro’. Era, literalmente, el perro del dios. Esta asociación divina le dio al xolo un estatus que ninguna otra raza tiene en la historia de México: no era animal doméstico ni de carga. Era un ser a medio camino entre los vivos y los muertos, y eso lo hacía tan presente en la iconografía del Día de Muertos como en los murales de Diego Rivera.
Qué cambia con el decreto de la CDMX
El decreto publicado en la Gaceta Oficial de la Ciudad de México no protege al animal en sí —eso depende de otras instancias— sino algo más intangible y más frágil: los saberes, las leyendas, los simbolismos y las creencias que rodean a esta raza. Dicho de otro modo, la ciudad está reconociendo oficialmente que la mitología del xolo forma parte de la identidad colectiva capitalina, y que perderla sería perder algo que no se recupera.
A partir de este reconocimiento, la Secretaría de Cultura de la CDMX tiene 180 días para elaborar un Plan de Salvaguardia que documente y difunda estas tradiciones. No es un plazo menor: es la diferencia entre que esta historia quede registrada o que siga circulando solo de boca en boca hasta que una generación decida que ya no importa. El xolo ya aparece en la iconografía de Coco, la película de Pixar que introdujo el Mictlán a millones de niños en todo el mundo; pero la versión viva, la que viene de las comunidades, merece más que una pantalla de cine.
