Margaret Hawkins Boemer, embarazada de 4 meses, llegó a su revisión de rutina en el estado de Texas para verificar que su embarazo fuera por buen camino, pero las palabras que el doctor pronunció aquel día fueron todo, menos alentadoras.
Tras una detenida revisión, el médico informó a Margaret que su hija, Lynlee, tenía un tumor en la columna vertebral.
Los resultados indicaban que su padecimiento, un teratoma sacrococcígeo (muy raro), estaba desviando la sangre del feto y hacía muy probable que la bebé sufriera un fallo cardíaco y muriera.
La difícil noticia obligó a la Margaret a buscar otras opiniones, sin embargo, todas las recomendaciones médicas fueron las mismas: abortar.
A estas alturas del embarazo, la madre de Lynlee, quien originalmente había sido diagnosticada con un embarazo gemelar, ya había perdido a uno de los bebés.
El embarazo era de alto riesgo, pero contra todas las posibilidades, Margaret encontró a un doctor que dijo podía salvar la vida de su única hija.
Con menos del 50 % de probabilidades de sobrevivir, y bajo la advertencia de los médicos, los padres de Lynlee tomaron la decisión de llevar a cabo la operación para remover el tumor. Se preparó el quirófano, se puso a la madre en la mesa de operaciones y tras el primer corte, los doctores se encontraron con un imprevisto: el tumor era casi del mismo tamaño que el de la pequeña Lynlee.
Los doctores continuaron con la operación y después varias horas de cirugía, lograron remover la masa de la columna de la bebé y regresarla al útero de su madre sana y salva. Tras el procedimiento, Margaret permaneció 12 semanas en reposo, tiempo en el cual terminó su proceso natural de gestación para ver nacer –por parto natural y en buenas condiciones de salud– a su hija por segunda vez.
*Con información de El País.

