
Por: Enrique G de la G
Estoy leyendo un libro para nerds sobre la migración en tiempos de Trump y cómo encendió sentimientos antiinmigrantes para ganar su primera campaña y para (mal) conducir su presidencia.
Por las políticas antimigratorias de los últimos años, los gringos expulsan a los migrantes sin papeles sin importarles si sus hijos son americanos legales. Algunos de esos expulsados regresan a México con sus hijos, otros los dejan en Estados Unidos y vuelven solos. Para nadie es fácil. Y, sin embargo, poco se ha hablado de las dificultades por las que atraviesan los 750 mil niños americanos que llegaron por primera vez a nuestro país: son hijos de mexicanos, parecen mexicanos, pero no conocen el país y muchas veces ni siquiera hablan español.
Si alguien sabe de migración y de estas dificultades es el fotógrafo mexicano Adam Wiseman. Como su nombre lo deja ya entrever, es hijo de extranjeros –su papá es neoyorquino; su mamá, escocesa–, pero con esa cara y con ese nombre nadie le cree que es chilango y mexicanísimo.
Desde hace años, Adam ha estado documentando precisamente el retorno de los migrantes mexicanos desde Estados Unidos pero desde un ángulo pintoresco. No los retrata a ellos ni sus familias, sino las casas fastuosas que se construyen en sus pueblos y, no pocas veces, casi en despoblado con los dólares que traen. Lo llama “arquitectura libre”
¡Sus fotos son un éxito! No solo porque se imprimen en papel algodón y cuelgan en galerías de arte y museos y las compran coleccionistas, sino porque sus fans crearon el grupo “Arquitectura blurseada y libre” en Facebook y porque alguna de sus fotos se volvió incluso un meme viral que seguramente has visto: San Ekatepeksburgo. Las redes –más que las galerías, me parece– han conseguido visibilizar a los retornados.
Nos reímos de las ocurrencias del meme, sí, pero detrás van posteándose más y más fotos porque cada día hay más y más palacios rusos, pirámides faraónicas o tajmajales dislocados en Ecatepec y Nopaltepec y San Arnulfino de las Tunas. Y aunque nos riamos, ya no los volveremos a ver igual, pues sabemos que ahí dentro muy probablemente vive una familia que no quiso volver, o que está dividida, o que simplemente está pasándola mal, a pesar de la alharaca del diseño de su casa.
Porque si migrar es difícil –yo mismo migré en el 2003 a Alemania–, quizá más difícil sea regresar a tu país de origen. Y no quiero ni imaginarme cuán duro debe ser tener que regresar por obra y gracia de Donald Trump. Porque, como lo escribe Adam en su libro y lo podemos atestiguar todos los migrantes: “Sin importar dónde esté, me consideran extranjero”.
Y este no es un lloriqueo de “Ay, pobres de nosotros los migrantes”. No.
La diáspora mexicana es la más grande del mundo en términos porcentuales y la segunda en números absolutos, así que prácticamente todos los mexicanos tenemos amigos y familiares en el extranjero. Se nos ha vuelto ley de vida. Esta concientización es por nosotros y por los nuestros, porque más tarde o más temprano nos va a tocar el virus de la migración. De ese tampoco nos salvamos.
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*Las columnas de opinión de Cultura Colectiva reflejan sólo el punto de vista del autor.
