Es posible que 2016 haya sido un año complicado para muchos. Casi nadie se salvó en estos últimos doce meses. Ni siquiera los más optimistas.
Según un artículo que se publicó este mes en el Journal of Personality, las personas tienen una tendencia a esperar que las cosas que pasen sean las peores posibles en casos específicos que involucren situaciones de incertidumbre.
El estudio lleva el título de “Incluso los más optimistas se ponen tristes: la tendencia individual de esperar lo peor”.
Las autoras, Kate Sweeny y Angélica Falstein, realizaron una serie de nueve experimentos con varios –no se especificó el número– voluntarios a los que se les presentaron situaciones donde tenían que predecir el resultado de diversas situaciones cotidianas.
Concluyeron que el pesimismo, tanto para las personas que son consideradas “pesimistas a la defensiva” y “optimismo disposicional”, es una trayectoria de pensamiento común, incluso entre las personas más reacias a tener “pensamientos negativos”.
Algunas de las pruebas eran realizadas durante situaciones “reales”: esperar por los resultados de un examen final, comprar boletos de lotería, los resultados de una elección y situaciones personales, como relaciones amorosas y familiares.
El ejercicio realizado sobre estudiantes ya se había hecho en el pasado. Pero una variante fue realizada, con el permiso de los pacientes, a diversas personas que esperaban resultados médicos sobre su condición. Entre ellos, las ansias por saber si tenían alguna enfermedad grave los hacía desviarse hacia el camino del pesimismo.
Las autoras, dos psicólogas de la Universidad de California Riverside (UCR), concluyeron también que la cercanía del evento acaba determinando el grado de pesimismo. Conforme los resultados del examen final se acercan, el pesimismo crece cada vez más, sustituyendo las emociones “positivas” con respecto al evento.
“A pesar de que solemos pensar que sucederá lo peor y de que ese sentimiento sólo crecerá, el resultado del estudio revela un dato fundamental, desconocido hasta ahora” le dijo Sweeny, doctora en psicología y coautora, a la revista universitaria UCRToday. “El sentimiento también se da entre aquellos que suelen una mayor resistencia contra la ansiedad. Es por naturaleza tener este tipo de dudas frente a la incertidumbre”.
En ninguno de los experimentos –incluso en aquellos en los que no se informó a los participantes– los dos tipos de personas, tanto optimistas como pesimistas, pudieron diferenciarse con respecto a sus sentimientos.
Para las investigadoras, que la gente espere lo peor no es necesariamente una mala noticia. Creen que se pueden obtener beneficios de este tipo de conductas. Una persona que no espere mucho de una situación tiene una probabilidad de tener un “desgaste emocional” menor. Además, es un tipo de defensa personal contra las malas noticias.
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