La Mara Salvatrucha quiere a los niños. Su inocencia y “anonimato” los hace pasar desapercibidos, exentos del reconocimiento. El resto de los integrantes están marcados de pies a cabeza. Un niño facilita toda transacción y entre más indefensos luzcan, mejor. Realmente, ¿quién pensaría que un niño es un criminal?
La mayoría de los integrantes de la Salvatrucha no superan los 20 años de edad, jóvenes y niños forzados a la hombría con asesinatos cruentos por encargo, obligados a propinar golpizas hasta el cansancio y a amenazar brutalmente. Algunos de ellos nacieron entre la marabunta, otros se unieron desde edades tempranas, empujados por las ínfimas condiciones laborales, las escasas oportunidades educativas, por la epidemia de miseria o seducidos por una vida alejada del trabajo de jornadas eternas y salarios mínimos.
Las pandillas son un negocio prometedor, ofertan poder económico, el control de grandes regiones del país, lujos que jamás tendían trabajando como el resto de los salvadoreños y lo más importante: el reconocimiento social tanto de los propios gobiernos como de las pandillas enemigas. Como si tuvieran su propio Estado. Es por eso que tal y como hacen algunos animales e insectos, la Mara va marcando su territorio (así como los perros orinan). A mayor control geográfico, mayor empoderamiento.
Si ven que los niños están fallando con el encargo, entonces ellos retoman el control de la operación, entran y “se los quiebran”. Carlos asegura que hasta el momento no ha habido necesidad de matar a ningún niño, ya que son “fáciles de manipular, quieras o no, son inocentes” y con apenas 5 o 10 pesos “ya los tenés felices”.
Así como a él, desde “chavito” le enseñaron y le instalaron el gen de violencia, inherente en las pandillas, ahora Carlos tiene el reto de pasarle esos conocimientos a su hijo e irlo formando desde temprana edad. Quiere es ser un buen ejemplo, criar un hijo que sepa defenderse, al que nadie le llegue a mandar, un líder. Para que sepa a lo que se va a atener el resto de su vida. Para que sea “grueso”.A Carlos, su hijo le dice que quiere ser como él, que quiere ser “un culero”. Le pregunta a su primogénito para confirmar y él, con una voz apenas perceptible responde que sí, que sí, que sí…
La Mara Salvatrucha se originó en El Salvador, pero sus alcances multinacionales pronto llegaron hasta Guatemala y Honduras. En esa zona, denominada el Triángulo Centroamericano, poco más de 70 mil pandilleros operan activamente: el año pasado los distintos grupos de pandillas asesinaron a 17 mil personas y se estima que anualmente cobran 650 millones de dólares en extorsiones.*
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