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DeFlock America: cuando destruir cámaras se vuelve resistencia

Irinea Funes by Irinea Funes
agosto 19, 2026
in Tecnología
Deflock america: cuando destruir cámaras se vuelve resistencia

Hay una imagen que resume bien la paradoja del momento: alguien destruye una cámara de vigilancia y termina siendo identificado, en parte, gracias a la misma red de cámaras que intentaba desmantelar. No es un chiste sobre irony. Es el estado actual de la infraestructura de vigilancia en Estados Unidos, y la razón por la que un movimiento llamado DeFlock America ha logrado lo que pocos movimientos de resistencia tecnológica consiguen: volverse incómodo para todos.

Qué es Flock Safety y por qué importa más allá de las fronteras

Flock Safety es una startup con sede en Atlanta que fabrica y opera lectores automáticos de placas vehiculares, conocidos como ALPRs (Automated License Plate Readers). Su modelo de negocio es sencillo en apariencia: instala cámaras en municipios, escuelas y vecindarios privados, recopila datos sobre el movimiento de vehículos y los pone a disposición de agencias de seguridad. Más de 6,000 agencias en 49 estados de la unión americana son clientes.

Lo que convirtió a la empresa en blanco de activistas no fue solo la escala, sino lo que se documentó después: agencias federales accedieron a bases de datos locales sin que los municipios que pagaban por el servicio supieran que eso era posible. El contrato local se volvió, sin advertencia, una puerta trasera federal. Ahí es donde la conversación dejó de ser sobre tecnología y se convirtió en una sobre soberanía de datos, consentimiento y el tipo de vigilancia que una comunidad acepta sin leer la letra pequeña.

El vandalismo como argumento político

Destruir infraestructura no es nuevo como forma de protesta. Lo que hace distinto al caso DeFlock es el nivel de organización documentada y la velocidad con que escala. Al menos 33 cámaras destruidas en 23 estados y cerca de 80 municipios que cancelaron sus contratos son números que ninguna empresa puede ignorar, pero tampoco ningún fiscal.

La convocatoria para usar Halloween como cobertura —los disfraces complican la identificación biométrica y el reconocimiento facial— es un ejemplo de cómo los movimientos de resistencia tecnológica aprenden a usar las mismas lógicas del sistema que cuestionan. Si el problema es la identificación automatizada, la respuesta táctica es oscurecer los identificadores. Es ingeniería inversa aplicada a la desobediencia civil.

Pero el argumento político tiene un límite claro: el vandalismo privatiza la decisión. Cuando alguien destruye una cámara instalada en un municipio que sí votó por tenerla, esa acción no es resistencia democrática, es imposición. El movimiento no ha resuelto esa tensión, y probablemente no pueda.

Los fusion centers y la vigilancia de la vigilancia

Que los fusion centers —centros de inteligencia compartida entre agencias locales, estatales y federales— estén monitoreando las cuentas que organizan DeFlock es, en sí mismo, parte del argumento que el movimiento usa para justificarse. La respuesta institucional a quienes protestan contra la vigilancia es más vigilancia. El círculo se cierra.

Esto no es exclusivo de Estados Unidos. En México y América Latina, la expansión de sistemas de reconocimiento facial y lectores de placas avanza con poca discusión pública sobre quién accede a los datos, bajo qué condiciones y con qué supervisión. Las ciudades que hoy instalan estas tecnologías como solución de seguridad rara vez tienen marcos legales que regulen el uso secundario de esa información. Lo que pasa en Atlanta con Flock Safety es un adelanto de conversaciones que aquí todavía no hemos tenido.

La pregunta que el movimiento obliga a hacer

Más allá del vandalismo y la startup valuada en miles de millones, DeFlock America plantea algo que vale la pena tomar en serio: ¿quién decide qué nivel de vigilancia es aceptable en un espacio público? ¿El municipio que firma el contrato? ¿Los vecinos que viven en la calle donde está la cámara? ¿La agencia federal que accede a los datos sin avisar?

La ironía del activista identificado por la red que quería destruir no es solo un dato curioso. Es la demostración de que estas infraestructuras ya son suficientemente densas como para que escapar de ellas requiera un esfuerzo deliberado. Y eso, independientemente de lo que se piense del vandalismo como táctica, debería incomodar a cualquiera que crea que la privacidad en el espacio público todavía existe por defecto.

Porque si ya no existe, la pregunta no es si destruir cámaras está bien o mal. La pregunta es qué estamos dispuestos a hacer para que esa conversación ocurra antes de que alguien más la tenga por nosotros.


Irinea Funes

Irinea Funes

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