Hace diez años, el empresario tecnológico Elon Musk, dueño de Tesla Motors, SpaceX y SolarCity, diseñó un “plan maestro” sobre el camino que habrían de seguir sus compañías en el corto plazo. El sudafricano, conocido como el “Tony Stark de la vida real” por la forma en que concibe los desarrollos tecnológicos, especialmente los relacionados con la energía eléctrica, solar y todas aquellas alternativas amigables con el medio ambiente, marcó cuatro directrices esenciales para el desarrollo de sus empresas: crear un auto deportivo eléctrico y autónomo, desarrollar un vehículo asequible para los estratos de ingreso medio y convertirse en proveedor de energía solar.

Diez años después, Tesla Motors está por lanzar el Model 3, el vehículo eléctrico y parcialmente autónomo de “bajo costo” que Musk prometió, con un precio de 35 mil dólares, que si bien aún se mantiene imposible para el grueso de personas en países con niveles de ingreso medios, significa una opción más económica con respecto al Model S, cuya versión más austera está disponible desde 85 mil dólares. Por otro lado, SolarCity es el proveedor principal de energía solar a través de paneles en los Estados Unidos y al mismo tiempo, pasa por serios problemas financieros y trabaja en la consecución de paneles y baterías aún más eficientes para generar energía a bajo costo.
Si bien la mayoría de los productos de las empresas a cargo del sudafricano aún están fuera de la órbita de consumo masivo (tanto por su alto costo como por los problemas de producción, especialmente en Tesla), el plan que trazó el empresario parece ser consecuente con las acciones que ha llevado hasta el momento. En un comunicado firmado por el mismo Musk, el empresario detalla la segunda parte de su plan maestro, partiendo de cuatro ejes: Perfeccionar los paneles solares con baterías altamente funcionales, expandir la línea de vehículos para alcanzar otros segmentos, desarrollar la autonomía en el manejo de los Tesla y habilitar a los automóviles para generar ganancias mientras no se utilizan.
¿Cómo pretende Elon Musk lograr todo esto y cuáles serán las consecuencias, adversidades y el impacto del desarrollo de tecnología similar?
El primer movimiento para mejorar la generación de energía, tanto doméstica como para los automóviles eléctricos, fue la compra de SolarCity por Tesla Motors. La intención de Musk es suplir todas las formas de generación de energía eléctrica y dominar el mercado de los Estados Unidos, para después penetrar en el resto del mundo. El negocio de la energía solar está abierto para cualquier millonario armado con una flota de científicos e ingenieros en busca de módulos fotovoltaicos más eficientes que los de SolarCity, SunPower y Panasonic. Conseguirlo no sólo garantiza miles de millones de dólares en ganancias, también la fama de contrarrestar los métodos convencionales por energía más limpia y parecer (aún sin saberlo) una persona preocupada por el ambiente.

El siguiente paso de Musk, de la mano de Tesla Motors, es uno de los más ambiciosos: expandir la línea de automóviles para incursionar de lleno en la esfera del transporte sobre ruedas en el mundo. Se trata de un plan que apunta a impactar tanto en los camiones de carga como en el transporte público a gran escala. Es este último sector en el que una posible incursión de autobuses, taxis y trenes eléctricos puede traer consigo el control total del transporte urbano en manos de una sola empresa. Los beneficios para el ambiente son obvios, pero ¿qué consecuencias puede traer consigo el dominio de una empresa privada en todos los sistemas de transporte?
No sólo eso, el último punto del plan incluye la utilización de los autos Tesla para, en palabras de Musk, “hacer dinero mientras no lo estás usando”. La escueta explicación de este punto parece dirigir la vista a un sistema de transporte privado al estilo de Uber, pero sin conductores trabajando en tiempo real, solamente máquinas asignando viajes y otras recogiendo al pasajero, llevándolo de un punto a otro. Por supuesto, esta idea requiere del desarrollo de los sistemas de navegación y autonomía para hacerlos hasta diez veces más confiables que un conductor humano, según revela el fundador de SpaceX.

A primera vista, las ideas de Musk no sólo parecen revolucionarias, también aseguran un futuro sustentable para el planeta a través de la desaparición de combustibles fósiles y energía dañina para el ambiente; sin embargo, al mismo tiempo suponen una nueva etapa de competencia empresarial, pues las propuestas de ninguna manera representan un avance con fin social, sino la venta de una nueva gama de mercancías no contaminantes mediante el mismo esquema de distribución de la riqueza, bienestar y salud a escala global.
¿Qué pasaría con el resto del mundo y los países subdesarrollados, incapaces de comprar los medios para producir energía limpia, mejorar su sistema de transporte y reducir las muertes al volante? Posiblemente los grandes males actuales como la explotación de hidrocarburos y el fracking, el uso de motores a combustión y otros tantos no sólo exclusivos del ambiente, sino en materia de salud, seguridad y calidad de vida, desaparecerían de los países más desarrollados en pos de una industria cada vez más consciente y perceptiva ante el reclamo social sobre lo evidente, pero igual de sorda ante las desigualdades sociales y el sistema que permite una polarización entre clases cada vez mayor.

Entonces, los “males del pasado” para el primer mundo serían los “necesarios” en las regiones más pobres, replicándose con velocidad de la mano de empresas petroleras, mineras y de salud, que encontrarán un mercado ávido de consumirlos una vez que fueron desplazadas por la competencia del lado más “consciente” y “sustentable” del planeta, llevando la desigualdad social a límites aún impensados en la actualidad.
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