Carl Sagan y Stephen Hawking buscaron entender el sitio de la humanidad en el tiempo y el espacio. Entre sus sueños más intensos, el conocimiento del hombre por los misterios del cosmos se reveló como una de sus máximas aspiraciones, lo que los llevó a trabajar por la construcción, divulgación y el avance de la ciencia con el fin de comprender el lugar que ocupa nuestra especie en el Universo.
Mientras Sagan se dedicó al terreno práctico como asesor de la NASA en las misiones Voyager, Viking, Pioneer y Pathfinder, además de interpretar los datos de la atmósfera de Venus, Júpiter y la superficie marciana; Stephen Hawking trabajó años enteros en la academia, adentrándose en la cosmología a través de la relatividad de Einstein y aportó la radiación que lleva su nombre al estudio de los agujeros negros.
Ambos compartieron la pasión por difundir de forma sencilla, con el rigor necesario, los retos, intereses y la delimitación del campo de estudio de la ciencia, pero sobre todo, supieron transmitir a distintas generaciones el interés por temas hasta entonces reservados para los especialistas. Con ello lograron enamorar a millones de jóvenes de todo el mundo e influir en el pensamiento científico contemporáneo.
Contacto: la obsesión por comunicarse con otros mundos

La existencia de vida extraterrestre y un posible contacto con otras civilizaciones es un tema que quita el sueño a Hawking, tal como ocurrió con Sagan en su tiempo. El autor de “Pale Blue Dot” (1994) trabajó en el proyecto del disco de oro de las Voyager, una recopilación
de sonidos e imágenes sobre la Tierra que acompaña ambas sondas espaciales en su camino más allá del Sistema Solar. También participó en el Mensaje de Arecibo, una difusión radial con información codificada sobre el sitio que ocupamos en la Vía Láctea y otros pormenores de la naturaleza humana como la altura promedio, los elementos que nos componen, la forma de nuestro ADN y la población mundial, al tiempo que escribía una novela de ciencia ficción sobre el anhelado instante, “Contacto” (1985).
Más allá de la intención real de comunicarse con seres extraterrestres, estos proyectos fueron ejercicios simbólicos con un fin: convencer al mundo de que el hombre no es un ser privilegiado ni la vida una condición excepcional de nuestra especie. Dejar en claro que desde una perspectiva cósmica, la posibilidad de que en
la
inmensidad del tiempo y la vastedad del espacio el ser humano sea “el elegido”, obedece más a un credo personal que al desarrollo colectivo de la ciencia.
Para ambos científicos, el hombre aparece como una especie irrepetible —por cuanto la imposibilidad de obtener el mismo resultado evolutivo en idénticas condiciones—, pero no única. Desde esta visión, el Universo se antoja más como un sitio rebosante de vida y los otros mundos, el hogar donde civilizaciones análogas a la nuestra se plantean los mismos enigmas que la consciencia humana.
El riesgo de enviar señales al espacio

Sagan y Hawking no sólo compartieron ambiciones y puntos de vista, también un mismo miedo, tan profundo como maravilloso y al mismo tiempo, terrorífico: un posible contacto extraterrestre.
Lejos del terreno de la ciencia ficción, en la delgada línea que separa los anhelos del hombre y en ocasiones cristaliza los sueños, el encuentro con una civilización de otro mundo sería el más alucinante en la historia de la humanidad. Sin caer en el cliché cinematográfico, donde una misteriosa nave aterriza desplegando una nube de polvo a su alrededor y aparecen desafiantes siluetas alienígenas desde una compuerta, el ideal de comunicarse puede convertirse en pesadilla.
Distintos proyectos encabezados por agencias espaciales y grupos astronómicos coinciden en que resultaría más efectivo dar a conocer la ubicación y los pormenores de nuestra civilización a otros seres inteligentes, en lugar de buscar señales provenientes de puntos aleatorios en el cielo. Estos intentos se agrupan en proyectos llamados METI (Messaging to Extraterrestrial Intelligence) y lejos de entusiasmar a muchos científicos, se trata de una mala idea.
La humanidad ante la inteligencia extraterrestre

¿Qué pasaría si la Paradoja de Fermi se resuelve con el supuesto de que el Universo tiene un sinfín de civilizaciones similares a la nuestra y al mismo tiempo, unas cuantas tecnológicamente más avanzadas, capaces de arrasar con las demás para mantener su dominio?
Para Hawking, un escenario similar a la conquista de América podría ocurrir de seguir con proyectos METI: “nuestro primer contacto con civilizaciones avanzadas puede ser equivalente a cuando Colón conoció a los nativos americanos y evidentemente, las cosas no salieron muy bien”. A pesar de su entusiasmo por la búsqueda de vida extraterrestre, el físico británico se ha manifestado en total desacuerdo y tildado de absurda la intención de estos programas.
Carl Sagan pensaba algo similar. Contrario a lo que muchos pueden creer, el escritor de “The Dragons of Eden” (1977) llamó a los intentos de comunicación “profundamente imprudentes e inmaduros” y recomendó que “los chicos nuevos en
un cosmos incierto deberían escuchar en silencio durante mucho tiempo, aprendiendo pacientemente sobre el Universo, antes de gritar en una jungla desconocida que aún no comprendemos”.
La opinión de dos autoridades en el campo de la astronomía se complementa con la visión de grupos de investigación y la preocupación constante de lobbies científicos, que desde 2011 exigen a la Organización de las Naciones Unidas la creación de un grupo de trabajo dedicado a una posible visita alienígena, con el fin de establecer un protocolo de seguridad para delegar responsabilidades y estar globalmente preparados para un contacto hostil.

La visita de seres de otro mundo se plantea desde un punto de vista científico y, tratándose de la Tierra y el futuro de la raza humana, ninguna precaución es demasiada, mucho menos cuando se intenta enviar señales de vida con todos los pormenores de nuestra especie a un océano cósmico del que apenas conocemos la orilla.
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Referencia:
David Brin, Shouting At the Cosmos

