
¿La tecnología avanza más rápido que los códigos sociales y jurídicos, o simplemente no los considera?
Esta pregunta establece un dilema interesante respecto al surgimiento de los robots humanoides, pues a diferencia de los robots que ensamblan partes en una fábrica, los primeros pueden entablar relaciones cercanas, y hasta emocionales con sus usuarios. Sumado a esto, cabe entonces la posibilidad de que dicha cercanía sobrepase el contexto emocional y que se torne sexual, situación que tiene preocupados a los creadores de el robot japonés Pepper.
Pepper es un robot humanoide que tiene la habilidad de reconocer, a partir de la voz y las expresiones faciales, las emociones de sus usuarios. El propósito principal de su diseño, según sus fabricantes, Aldebaran Robotics y SoftBank Mobile, es hacer feliz a sus usuarios a través de la interacción humana y el juego. No obstante, y contrario a lo que se podría pensar en cuanto a los diversos usos de un robot inteligente de esta clase, los fabricantes excluyen tajántemente cualquier uso “indecente”. Esto quiere decir que si piensas comprar su robot, necesitarás prometer no tener sexo con él, y en caso de que rompas dicha promesa ellos tomaran acciones legales.
Si estás interesado en adquirir a Pepper, lamentamos decirte que por el momento se encuentra agotado, pues sólo se produjeron mil unidades en Japón. Sin embargo, la empresa planea ofrecer su producto no sólo a los usuarios, sino también a empresas comerciales interesadas en el uso de sus robots para el servicio a cliente. El precio de Pepper es de mil 600 dólares, más un cargo mensual adicional de 200 dólares, correspondiente a tarifas de datos y seguros.
Además, dentro de sus limitaciones, o acuerdo de usuario, también se encuentran otros puntos más coherentes, por ejemplo: no utilizarlo para dañar a otras personas o para spammear el correo de tus amigos. De igual manera, se especifica que no está permitido hacer ninguna alteración a la voz, programación o diseño físico que sugiera un comportamiento sexual. Después de todo, lo más curioso de este asunto es la forma en la que piensan obtener información de su uso (no adecuado). Pues ¿cómo podrán detectarlo sin infringir la privacidad del usuario?
Por otra parte, si revisamos los últimos avances tecnológicos, aún estamos lejos de tener un robot que supere la prueba de Turing (esta evalúa qué tan humano es un robot), y mucho más de un robot erótico totalmente funcional. No obstante, debido a la naturaleza de la tecnología, que avanza exponencialmente cada año, esta situación no descarta la intrigante posibilidad de que en el futuro existan robots para satisfacer nuestras necesidades sexuales, y por lo tanto se deban reformar los códigos sociales. De acuerdo a lo anterior, McLuhan resalta que dichos códigos no se restringen a la esfera social, sino que se darán en dos sentidos: “Los entornos tecnológicos no son meramente pasivos recipientes de personas, son procesos activos que reconfiguran a las personas y otras tecnologías similares”.
¿Qué implicaciones éticas y sociales traería consigo la sexualización de los robots?
A pesar de que las restricciones que establecen los fabricantes del robot Pippin parecen ridículas, hacen que surjan preguntas acerca del impacto social de los cambios de paradigma de la ciencia y las transformaciones de la tecnología. Esto quiere decir que tenemos un doble papel en este entorno: como actualizados y actualizadores. Por lo tanto, no podemos renegar de la labor reflexiva sin perder nuestra humanidad, al permanecer solamente como actualizados. Debemos reflexionar sobre nuestras prácticas tecnológicas desde la óptica de la interdisciplina y fijar sus límites dentro de la ética, pues sólo de esta manera participaremos en el proceso de “tecnologización social”.
