Cuando hablamos de Juan Gabriel, lo primero que nos viene a la mente son sus baladas eternas, sus trajes brillantes y esa manera única de conquistar a todos con su voz. Pero detrás del Divo de Juárez había historias que parecen salidas de una película, algunas tan intensas que hasta parecen imposibles de creer.
La nueva serie de Netflix, ‘Juan Gabriel: Debo, Puedo y Quiero’, nos recuerda por qué su vida es tan fascinante y nos trae a la memoria una anécdota que parece sacada de un thriller: el día que Juan Gabriel estuvo a punto de meterse en un problema bastante serio en una fiesta privada organizada por narcos colombianos.
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El día que Juan Gabriel casi no la libra, así fue como sobrevivió a un evento rodeado de narcotraficantes

La historia, contada por Fernando Rodríguez Mondragón en su libro El hijo del ajedrecista, nos lleva a la Colombia de los años 80, cuando los grandes capos del Cártel de Cali celebraban fiestas familiares que parecían ceremonias de poder más que reuniones sociales. Juan Gabriel fue contratado para cantar ante un grupo muy selecto de líderes del narcotráfico y sus familias, sin tener idea de quiénes eran realmente sus anfitriones.
Al principio, todo parecía normal: el Divo haciendo lo que mejor sabe, conectando con su público y llenando el lugar de música y emociones, pero la cosa se complicó cuando José “Chepe” Santacruz, uno de los capos presentes, le sugirió a Juan Gabriel que le jugara una broma al anfitrión de la noche, Gilberto Rodríguez Orejuela.
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Y aquí es donde la historia se pone intensa: al terminar su actuación más emotiva, Juan Gabriel, siempre cercano con su público, puso una mano en el hombro de Rodríguez Orejuela y le dio un beso en la mejilla, un gesto inocente en cualquier otro escenario, pero en ese contexto encendió alarmas.

El capo reaccionó de inmediato, creando un ambiente tenso y peligroso en la sala. Lo que pudo haber terminado en un desastre fue controlado gracias a la rápida intervención de otros capos, incluido Chepe Santacruz. En menos de veinte minutos, Juan Gabriel estaba rumbo al aeropuerto, dejando atrás la fiesta que podría haber sido su última actuación en Colombia.
Lo interesante de este relato no es solo el peligro, sino cómo se resolvió, Rodríguez Orejuela entendió que el beso no era un acto premeditado ni personal, sobre todo porque Juan Gabriel desconocía la identidad real de quienes lo habían contratado. El pago por aquella actuación también merece mención: 500 mil dólares por doce canciones, una cifra impresionante que en ese momento equivalía a unos 461 millones de viejos pesos mexicanos, más de cinco millones de pesos actuales.
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