La marcha por el Día Internacional de la Mujer en Ciudad de México fueron muchas marchas y muchas luchas, y así debe ser.
Los detalles y la crónica al respecto ya fueron reportados por nuestro sitio hermano CC News, ésta es más bien una reflexión.
Este año nos reunimos alrededor de 90 mil personas, de acuerdo con cifras del Gobierno de la Ciudad de México. Cada una de ellas con historias, opresiones y problemáticas diferentes y se notó en los múltiples y diverso contingentes.
Ya no solo exigimos igualdad de oportunidades, no solo reclamamos alto a la violencia y justicia a los feminicidios, no nada más demandamos aborto legal y gratuito.
Estaban las mamás, las indígenas, las disidencias sexogenéricas, las que viven con discapacidad; había universitarias, veteranas, madres de desaparecidas; se vieron grupos que reclamaban la deuda del Estado con las mujeres que desean abortar; también gritaron los contingentes de inmigrantes, los de mujeres trans, los de mujeres gordas.
Todas tuvimos demandas distintas, válidas y urgentes de atender.

La gordofobia es patriarcal
¿A alguien más le pasó que un día se decepcionó del feminismo?
El feminismo se sentía entre un club snob y una perturbadora secta a la que francamente ya no tenía ningún interés en pertenecer.
Pero las luchas son de quien las pelea, y este año grupos de mujeres gordas se organizaron para señalar una de las opresiones más ignoradas incluso por las mismas feministas: la gordofobia.
Mujeres de corporalidades diversas, lejos de los los estándares de belleza, marchamos para recordarles que esa sensación de insuficiencia que gordas y flacas experimentamos es gordofobia; que el miedo a engordar es gordofobia; que asumir que el tamaño de un cuerpo determina lo que es capaz de hacer es gordofobia; que creer que un cuerpo grande es un error y no debería existir es gordofobia. Y la gordofobia es patriarcal.

La gordofobia y la cultura de las dietas nos violentan y oprimen principalmente a mujeres.
Y cómo no, si fueron hombres blancos y heterosexuales quienes decidieron qué es sano, cómo debe verse una mujer deseable, qué debe comer y con qué propósitos debe ejercitarse, y todo para que encajemos en un mismo molde sin importar contexto, raza, edad, genética o poder de decisión de las mujeres.
Listo, ya está: a adelgazar y a callar. A encoger sus cuerpos y fin. A pasar hambre y punto. A vivir sometidas de una forma socialmente aceptable y muy redituable. Fin.
“Una cultura obsesionada con la delgadez femenina no está obsesionada con la belleza de las mujeres. Está obsesionada con la obediencia de estas”, propone la consultora política Naomi Wolf en su libro El mito de la belleza.
No sé, piénsenlo.

