Ver a ese chico con tote bag en el metro, leyendo un libro de poesía de una editorial independiente y pensar en que sería perfecto para ti… sí, también nos ha pasado y les dicen: ‘performative man’. Pero… ¿qué son? ¿de dónde salieron? Y lo más importante: ¿por qué son un red flag?
Así como a veces las mujeres tratamos de meternos en el mundo de los hombres para tener más cosas en común y de repente vemos un partido del América, los hombres encontraron su manera de copiarnos y volvieron el ‘performative man’ un experimento que la verdad ya no estamos soportando.
¿Qué es un ‘performative man’?
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Piensa en ese chico que te manda un DM con tu carta astral completa, presume que “ama los libros de Sally Rooney” y sube un reel de su morning routine con matcha y journaling… pero cuando le pides que se quede a limpiar después de la fiesta, se va sin pensar. Ese es el famoso performative man: un chico que actúa (performea) una versión “deconstruida, sensible y ecológica” de la masculinidad solo para verse cool y ganar puntos contigo, no porque de verdad crea o viva esos valores.

Quizá usa tote-bags, escucha Men I Trust o Clairo y cita a Bell Hooks cada que puede. Bueno, pues temo decirte que el ‘performative man’ es básicamente el equivalente a una ‘pick me girl’ pero en hombre.
Usa la estética woke como disfraz; por dentro sigue buscando validación, ligues y aplausos, igual que cualquier macho de antes, pero ahora con matcha latte en mano. Si te suena familiar, ya viste por qué lo señalamos como LA red flag que debes evitar.
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¿Por qué son un red flag?
Un performative man se convierte en red flag porque su identidad “desconstruida” vive solo en la superficie: dice todas las frases correctas, viste la estética correcta y hasta comparte lecturas de autocuidado, pero cuando toca actuar con coherencia—escuchar, asumir errores, repartir responsabilidades—no hay sustancia que lo sostenga y termina siendo el mismo machito que ya conocemos. Esa brecha entre discurso y conducta te deja con la sensación de caminar sobre suelo falso: nunca sabes si la próxima situación lo hará caerse la máscara.
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El desgaste aparece porque terminas dudando de tu intuición (“¿seré yo la exigente?”) y poniendo energía extra en validar a alguien que, en el fondo, no está comprometido con los valores que presume. La relación se vuelve unidireccional: él recibe reconocimiento por “intentar”, tú cargas con la frustración de que las cosas no cambien. Por eso, por más bonito que parezca el empaque, el costo emocional suele ser alto y las recompensas, mínimas.
