México es un país que ha amado a los perros desde tiempos inmemoriales y los tlalchichis son la prueba.
Mucho antes de la llegada de los colonizadores, los pueblos originarios ya tenían una conexión profunda con estos animales, al punto de considerarlos compañeros de vida y protectores en el viaje hacia la muerte.
Entre todas las razas que existieron en tierras mesoamericanas, hubo una especialmente querida y, aunque desapareció hace siglos, sigue siendo parte de nuestro legado cultural: el tlalchichi.
Este perrito de Colima, con sus patas cortas y barriga redonda, era más que una mascota. Era un símbolo de amor, espiritualidad y lealtad que nos habla de un México que reverenciaba a sus amigos de cuatro patas, honrándolos en la vida y la eternidad.
¿Quiénes eran los tlalchichis?
El tlalchichi, cuyo nombre significa “perro de tierra” en náhuatl, es una raza prehispánica originaria del occidente de México, principalmente Colima y Jalisco.
Con sus patas cortas, cuerpo robusto y barriguita prominente, este pequeño perro no era solo una mascota, sino un guía espiritual para su dueño.
En vida, acompañaban a las personas, y en la muerte, se creía que podían guiarlas en el más allá.

Un compañero para la eternidad
Los tlalchichis fueron tan importantes en la cultura de la región que su presencia se encuentra en las famosas tumbas de tiro –esas misteriosas habitaciones subterráneas de hasta 20 metros de profundidad donde se han encontrado figuras de cerámica de tlalchichis.
¿La razón? Los antiguos habitantes los consideraban protectores y guías hacia el mundo espiritual. Así, cuando alguien fallecía, era común que una figura de tlalchichi lo acompañara a su descanso final, como símbolo de lealtad eterna.
¿Perros con cara humana?
Otra particularidad de estos perritos es que algunas de las figuras encontradas tienen caras humanas.
Algunos estudiosos creen que esto podría indicar que, en ocasiones, los tlalchichis se sacrificaban en lugar de una persona, como una especie de “engaño” a la muerte.
Esta práctica revela mucho sobre la profunda conexión que nuestros antepasados tenían con estos animales y el papel simbólico que desempeñaban en sus creencias.

La extinción del tlalchichi
Con la llegada de los colonizadores, la historia de estos perritos tuvo un final trágico.
En el siglo XVII, se implementó una política de eliminación de los perros callejeros en la Nueva España, lo que, sumado a la prohibición de costumbres indígenas, contribuyó a la extinción del tlalchichi.
Sin embargo, hoy podemos conocerlos y honrarlos gracias a las figuras de cerámica repartidas en museos de México y el mundo.
Los perritos de Colima: un legado inmortal
Hoy en día, los tlalchichis siguen vivos en el arte y la historia, especialmente en Colima, donde son uno de los símbolos culturales más queridos. La monumental escultura de los “perritos bailarines” en el camino a Comala, realizada por el artista Guillermo Ríos Alcalá, es un homenaje a estos fieles compañeros.
Esta obra representa a un perro viejo susurrando sus conocimientos a uno más joven mientras ambos “bailan” en honor a la vida, inmortalizando a los tlalchichis en el corazón de todos los colimenses y en nuestra cultura.

Así que, la próxima vez que veas un tlalchichi, ya sea en una figura de cerámica o en una obra de arte, recuerda que no es solo un perro prehispánico más; es un símbolo de la conexión espiritual, la lealtad y el legado que nuestros ancestros valoraron profundamente.
