Hubo una época en la que ir al estadio implicaba conocer un código que hoy parece absurdo. Cuando alguien gritaba “¡Ahí va el agua de riñón!”, no estaba haciendo una broma: estaba alertando a quienes estaban más abajo de que un vaso con orina estaba a punto de caerles encima.
Durante años esa expresión sobrevivió como una anécdota pintoresca del futbol mexicano, una de esas historias que se cuentan entre risas para demostrar lo intensa que puede ser la pasión en las gradas. Nunca debió serlo.
Quisiera pensar que esa práctica quedó enterrada en otra época, aunque no me atrevería a asegurarlo. Lo que sí parece haber cambiado es el contenido de los vasos.
Andamos muy contentos con el Mundial. De verdad lo estamos. Y tanto en el estadio, como festejando en la calle, ya más que tradición parece obligación terminar bañados y oliendo a cerveza. De hecho, rogando que sea solo cerveza y no meados.
Los casos recientes de Tere Fifas y Mafer Alonso nos tienen hablando de eso. En el primero, una creadora de contenido terminó bañada en cerveza mientras trabajaba; en el segundo, la periodista denunció que un colega, Javier Risco, le vació su vaso encima durante la cobertura de un partido. Más allá de quiénes estuvieron involucrados o de las disculpas posteriores, ambos episodios apuntan hacia un problema mucho más grande: tenemos súper interiorizado la idea de que, cuando cae un gol, cualquier persona que esté cerca puede convertirse en el recipiente de nuestra celebración.
Lo preocupante no es únicamente que siga ocurriendo, sino que todavía haya quien responda con un encogimiento de hombros y un “es parte del estadio”. No, no lo es. Es parte de la cultura que construimos alrededor del futbol y que hemos decidido justificar durante décadas. Ningún deporte exige faltarle al respeto a los demás para disfrutarse más, y basta mirar otras disciplinas para comprobarlo.
Pienso, por ejemplo, en el crecimiento que ha tenido el béisbol en la Ciudad de México. Es verdad que mucho tiene que ver con la experiencia, la oferta gastronómica o el ambiente, pero sospecho que también hemos descubierto algo muy simple: un estadio puede ser un lugar donde conviven familias, grupos de amigos y parejas sin que nadie tenga que salir pegajoso, oliendo a cerveza o preguntándose de dónde vendrá el siguiente vaso. Resulta revelador que esa sensación de normalidad se haya convertido casi en un lujo para quienes estamos acostumbrados a asistir a partidos de futbol.
Lo mismo ocurre cuando cada Mundial se vuelven virales las imágenes de la afición japonesa recogiendo la basura de las gradas. Solemos compartirlas con admiración, como si la limpieza y el respeto fueran cualidades casi exóticas, propias de una cultura excepcional. Pero la civilidad no es un rasgo genético ni una virtud reservada para unos cuantos; es una práctica cotidiana que una sociedad decide fomentar hasta convertirla en costumbre. Si ellos pudieron construir esa relación con el espacio público, nosotros también podríamos hacerlo.
Quizá el problema de fondo es que hemos confundido pasión con descontrol y folclor con mala educación.
Hay quienes defienden la cerveza volando por los aires como si fuera un ritual indispensable del futbol, cuando en realidad se trata de una costumbre relativamente reciente que incomoda, ensucia y termina alejando a muchas personas de los estadios.
Basta hablar con quienes dejaron de asistir porque no quieren regresar empapados o con quienes prefieren llevar a sus hijos a otros espectáculos deportivos para entender que estas conductas sí tienen consecuencias.
Ya somos adultos. Si de verdad queremos que los estadios sean espacios donde cualquiera pueda celebrar un gol sin preocuparse por lo que caerá desde la fila de arriba, tendremos que empezar por abandonar la idea de que estas conductas forman parte de nuestra identidad futbolera.
No son tradiciones porque las tradiciones fortalecen a una comunidad; esto hace exactamente lo contrario. Son salvajadas que seguimos tolerando porque nos acostumbramos a ellas, y quizá ha llegado el momento de aceptar que la mejor manera de demostrar cuánto amamos este deporte es procurando que la persona sentada al lado quiera volver al siguiente partido.

